Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 19 — La coreografía repetida #3
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Capítulo 19 — La coreografía repetida #3

Esta vez la respuesta no sonó a defensa.

Sonó a agotamiento real. Violeta miraba la caja como si no la reconociera del todo.

Delacroix no pudo decidir si eso la favorecía o la acusaba.

Si ella había retirado la pieza y la había dejado allí antes de lavarse, ¿por qué no vaciar la caja?

Si alguien más la usó, ¿cuándo? La caja estaba junto a la palangana, un lugar donde Violeta fue vista después de la muerte.

Otro objeto de su oficio, otro resto oscuro, otra fibra blanca.

Demasiado insistente. Demasiado limpio en el sentido que ella había dicho.

—¿Quién más usa esta palangana? —preguntó Delacroix.

—Todos los que no quieren ir hasta la cocina —dijo Violeta.

—Antes de la función, ¿Ramiro pudo venir aquí?

—Sí.

—¿Lo vio?

—No.

—Julián lo vio agachado detrás de la cortina. Mercedes lo vio limpiarse los dedos. Si vino aquí antes de salir, pudo usar esta caja.

—Pudo.

—¿Y después de la muerte?

—Todos corrían hacia el escenario. Nadie habría venido a lavarse como si nada salvo yo.

La frase era honesta y condenatoria. Violeta misma lo entendió. Delacroix cerró la caja y se la entregó a Sosa.

—Guárdela.

Montero se acercó a Delacroix mientras el médico envolvía la caja.

—Esto vuelve a ella.

—Sí.

—¿Sigue pareciéndole demasiado perfecto?

—Más que antes.

—¿Y eso la salva?

—No. La vuelve más interesante.

El comisario soltó una risa sin humor.

—Agradecería que, al menos una vez, alguien fuera culpable de una manera aburrida.

La reconstrucción continuó. Delacroix hizo repetir no solo la caída, sino el caos posterior: Mercedes bloqueando, Villalba levantándose, Lisandro deteniéndose, Violeta desapareciendo, Matilde inmóvil, Sosa acercándose.

Luego pidió una tercera repetición, esta vez observando desde la mesa de Villalba.

Después desde la posición de Mercedes. Después desde el pasillo de Violeta.

La casa, obligada a repetir sus propios movimientos sin música, empezó a revelar sus puntos ciegos.

Había tres momentos de invisibilidad útiles: antes de la función, detrás de la cortina; durante la caída, junto al pasillo de la palangana; después del incendio, en el depósito.

—Tres actos —murmuró Villalba desde su mesa, incapaz de callar—. Preparación, ejecución, destrucción.

Delacroix lo miró.

—O preparación, ejecución, corrección.

El periodista frunció el ceño.

—¿Corrección?

—Sí. El asesino corrigió la escena después de ver cómo la estábamos leyendo.

Montero se volvió hacia él.

—¿El fuego fue una corrección?

—Creo que sí. No estaba previsto desde el comienzo. Fue una respuesta a nuestro avance hacia Ramiro.

—Entonces el asesino seguía aquí, escuchando.

—Sí.

—Eso al menos reduce la lista.

Delacroix miró el salón cerrado.

—No tanto como quisiera.

Anselmo, desde el escenario, habló sin levantar la voz.

—Si el fuego fue corrección, quien lo encendió perdió la calma.

—O fingió perderla —dijo Delacroix.

—No. Un fuego en una casa vieja no se finge del todo. Se empieza, y luego el fuego decide cuánto obedece. Quien lo hizo estaba dispuesto a arriesgar el bar.

Todos miraron a Matilde. Ella sostuvo la mirada con una tristeza furiosa.

—Yo no quemaría mi casa.

—Quizá no —dijo Mercedes desde su mesa—. Pero podría quemar una parte para salvar el resto.

Matilde se volvió hacia ella.

—Usted reduciría el alma a inventario si alguien le diera una columna adecuada.

—Y usted sacrificaría personas para que las lámparas siguieran encendidas.

La discusión pudo haber escalado, pero Delacroix la cortó.

—Basta. El fuego no empezó donde más daño podía hacer al edificio. Empezó donde más daño podía hacer a las pruebas y donde más podía confirmar una sospecha. Eso requiere conocer no solo la casa, sino nuestra investigación.

—Todos la oyeron —dijo Montero.

—No todos entendieron qué era peligroso.

—¿Y quién sí?

Delacroix no respondió. Todavía no. Miró a los personajes distribuidos en sus posiciones originales.

Violeta en la sombra. Mora en el escenario.

Mercedes con la carpeta. Matilde junto al piano.

Lisandro en la columna. Villalba en su mesa.

Anselmo con el bandoneón. Sosa cerca del cuerpo ausente.

Julián en el pasillo. Cada uno había repetido su lugar.

Cada uno había mostrado su ángulo. La coreografía de la casa estaba ahora más clara.

Pero faltaba el paso de la aguja.

—Violeta —dijo.

La vestuarista levantó la vista.

—Necesito que haga lo que hizo cuando ajustó el zapato de Mora antes de la función.

Mora se tensó.

—¿Otra vez mis zapatos?

—No. El gesto de Violeta.

Violeta no se movió. Durante un instante, la negativa pareció posible.

Luego caminó hasta el camerino de Mora. Delacroix pidió un zapato cualquiera, de ensayo, y una silla.

Mora no quiso sentarse, así que una camarera ocupó su lugar con evidente terror.

Violeta se arrodilló frente al zapato, tomó la tira, revisó la hebilla, tensó el cuero, pasó un dedo por la costura y ajustó con un gesto rápido, seguro, casi invisible.

Delacroix le pidió que lo repitiera.

Violeta lo hizo.

—Más despacio.

Lo hizo otra vez, más despacio. La mano derecha sostenía la hebilla. La izquierda cubría el borde exterior de la suela. El pulgar izquierdo presionaba exactamente en el punto donde Sosa había encontrado el corte de sujeción.

—Ahí —dijo Delacroix.

Violeta se quedó quieta.

—¿Qué?

—Su mano cubre el lugar de la pieza.

—Porque así se ajusta una hebilla sin torcer la tira.

—Si hubiera habido una punta, ¿la habría sentido?

—Quizá no. Si estaba cubierta por el borde y la hebilla no sobresalía todavía.

—¿Pudo activarse con su ajuste?

—No sé qué quiere decir activar.

Sosa se acercó, interesado.

—Que la pieza estuviera plegada o encajada y que el ajuste la dejara en posición.

Violeta palideció apenas.

—Eso no es un arreglo normal.