Capítulo 19 — La coreografía repetida #2
Delacroix pidió entonces que la reconstrucción avanzara.
Mora se colocó en el punto de salida. La silla ocupó el lugar de Ramiro.
Anselmo marcó con la voz, no con el bandoneón, el momento en que habría comenzado la música.
No hacía falta repetirla; su ausencia era más útil.
Delacroix recorrió la ruta de Ramiro desde la cortina al centro.
Se detuvo en el lugar del roce, luego en el punto de la caída.
Hizo que Lisandro ocupara nuevamente, sin tocar a Mora, la posición de Ramiro durante la figura alargada.
El joven obedeció con una rigidez que lo volvía torpe.
Mora marcó apenas el movimiento con la mano, sin usar el pie.
Nadie necesitaba ver otra vez el adorno. Ya lo habían visto demasiado.
—Aquí se produjo la punción —dijo Sosa, señalando la altura de la pierna de Lisandro que correspondía a la herida de Ramiro.
—Después de la punción —dijo Delacroix—, Ramiro continúa. Siente algo. Decide ignorarlo. Se limpia los dedos antes, no después. Eso significa que la sustancia estaba en sus manos antes de bailar, no necesariamente por la herida.
—O en el pañuelo —dijo Sosa.
—O en ambos. Si él manipuló el mecanismo antes de salir, pudo mancharse. Se limpió con el pañuelo. El pañuelo tocó el zapato de prueba. La fibra de lino quedó en la suela. Luego el pañuelo apareció detrás de la cortina.
Montero miró el recorrido.
—¿Pero por qué dejó el pañuelo ahí antes de salir? Un hombre como Ramiro no sube al escenario sin su pañuelo si forma parte de su imagen.
Mercedes respondió desde su mesa:
—Si lo ensució, no lo usaría. Ramiro prefería parecer descuidado antes que sucio.
—¿Y no pidió otro? —preguntó Delacroix.
Violeta contestó:
—No había tiempo. Además, si pedía otro, alguien preguntaría qué había pasado con el primero.
—Entonces lo escondió detrás de la cortina.
—O pensó recogerlo después —dijo Matilde.
—Después de humillar a Mora con la piedra en el espejo —añadió Mora, con una calma amarga.
La secuencia tenía sentido, pero seguía sin explicar el veneno.
Ramiro pudo tomar la hebilla de Elena, separar la piedra para esconderla en el camerino de Mora y usar el resto como pieza de burla en el zapato o en el zapato de prueba.
Pudo ensuciarse con pegamento, barniz o una sustancia ya aplicada sin saberlo.
Pudo envolver la pieza con su pañuelo. Pero ¿quién cargó la punta con la sustancia mortal?
¿Quién dejó la nota que lo indujo? ¿Quién prendió fuego para destruir los borradores? La reconstrucción no resolvía. Afinaba.
Delacroix miró a Anselmo.
—Ahora el tempo.
El viejo sostuvo su mirada.
—¿Otra vez?
—Solo el momento en que Ramiro podía actuar sin romper la figura.
Anselmo abrió el bandoneón con un gesto lento.
El salón se calló de inmediato. No por respeto a la policía, sino porque el instrumento tenía una autoridad que la muerte no había logrado destruir.
Tocó apenas el tramo del cierre, sin plenitud, sin belleza innecesaria.
Delacroix hizo que Lisandro se colocara como Ramiro después del roce y le pidió que marcara el gesto de cerrar la mano izquierda, tal como Villalba y Anselmo recordaban haber visto.
—¿Dónde tenía la mano izquierda? —preguntó.
Mora respondió antes que Lisandro:
—En mi espalda. Luego bajó un poco. Después volvió. Ramiro hacía eso cuando quería controlar el peso.
—¿Pudo tocar su propio bolsillo?
—No sin romper el abrazo.
—¿Pudo tocar la hebilla o el zapato?
—No. Imposible.
—¿Pudo sostener algo en la mano?
Mora pensó.
—No durante mucho tiempo. Pero pudo tener algo pequeño entre los dedos antes de formar el abrazo y soltarlo al colocarse.
—¿Soltarlo dónde?
—En el escenario. O en mi vestido. O en su propio bolsillo.
Violeta intervino desde el pasillo:
—Ramiro no habría soltado una pieza de Elena en el suelo. No si quería recuperarla.
—¿Dónde la habría puesto? —preguntó Delacroix.
—Donde pudiera encontrarla sin agacharse delante del público.
Mercedes palideció un poco.
—El bolsillo de la chaqueta.
Montero miró la prenda doblada en el despacho, luego a Delacroix.
—Revisamos los bolsillos.
—Después de que el cuerpo fue movido —dijo Delacroix—. Después del caos.
—No había nada.
—Entonces alguien lo retiró, o Ramiro lo retiró antes, o nunca estuvo allí. Pero si la pieza punzante estaba escondida en el bolsillo, el pañuelo pudo envolverla antes de usarla. Y la punción pudo no requerir que la pieza quedara en el zapato después del roce si estaba diseñada para desprenderse.
Sosa frunció el ceño.
—Una pieza desprendible, sujeta al zapato con hilo y pegamento, que se libera al contacto y queda adherida a la tela o cae. Pero no la encontramos en el cuerpo ni en el suelo.
—Porque alguien la recogió.
—Durante el caos.
—Sí.
Montero observó a todos los presentes.
—Volvemos al momento de la caída.
Delacroix asintió. La reconstrucción debía llegar allí.
Hizo que Mora bajara del escenario y se sentara a un lado.
No quería obligarla a ocupar otra vez el lugar del cuerpo.
Colocaron una silla caída en el punto donde Ramiro se desplomó.
Montero pidió a todos los principales que repitieran su primer movimiento después de la interrupción: Mercedes intentando subir, Matilde inmóvil junto al piano, Lisandro dando un paso y deteniéndose, Villalba levantándose, Violeta en el pasillo o desapareciendo hacia la palangana, Anselmo sentado con el bandoneón, Delacroix y Montero subiendo al escenario, Sosa acercándose desde la barra.
La escena se repitió sin cadáver, y quizá por eso reveló más.
Mercedes se lanzó hacia el escenario con una rapidez que coincidía con el recuerdo de todos.
Uno de los agentes la detuvo en la base.
Su cuerpo bloqueaba por completo la vista de la cortina desde varias mesas.
Villalba se levantó y tiró la silla, ocupando parte del pasillo visual.
Lisandro dio un paso hacia Mora y se detuvo justo en una línea que impedía ver a quien se moviera desde el lateral hacia el depósito.
Matilde quedó junto al piano, mirando el cuerpo.
Anselmo no se movió. Sosa llegó por el lado opuesto.
Delacroix subió por el frente. Montero por un lateral.
—Violeta —dijo Delacroix.
La vestuarista se colocó donde decía haber estado: en la sombra del pasillo. Durante la caída, según su primera versión, no avanzó. Luego, cuando todos corrieron al cuerpo, se retiró hacia la palangana para lavarse las manos. En la reconstrucción, Delacroix le pidió que hiciera exactamente eso.
Violeta caminó.
No fue un trayecto largo. Apenas unos pasos hacia atrás, un giro por el pasillo y la entrada al pequeño espacio donde estaba la palangana.
Pero al repetirlo, algo se volvió visible: desde el salón, todos la perdían de vista en el mismo instante en que Mercedes forcejeaba, Villalba se levantaba, Mora caía de rodillas y Montero daba órdenes.
Desde el escenario, Delacroix habría tenido la vista ocupada por Ramiro.
Desde el lugar de Sosa, la cortina bloqueaba el ángulo.
Desde la mesa de Mercedes, el propio movimiento de la hermana anulaba la visión.
Violeta había tenido unos segundos de invisibilidad casi absoluta.
—Ahí —dijo Montero.
Violeta se detuvo junto a la palangana.
—Ahí, ¿qué?
—Ahí pudo retirar algo.
—¿De dónde? ¿Del cuerpo? Estaba lejos.
—Del lateral. Del pañuelo. Del zapato de prueba. De cualquier lugar que usted conocía mejor que nadie.
Violeta no respondió. Delacroix tampoco.
Observaba no a la vestuarista, sino el trayecto que había seguido.
En el camino entre la cortina y la palangana había una mesa estrecha, un perchero y una repisa con paños.
Si alguien hubiera tenido en la mano una pieza pequeña, podía esconderla, limpiarla o envolverla allí sin ser visto.
Pero el trayecto también era tan natural para Violeta que acusarla con él equivalía a acusar a un pez por nadar.
—Repítalo —dijo Delacroix.
Violeta lo miró.
—¿Para qué?
—Repítalo más despacio.
Ella obedeció. Caminó desde la sombra, giró, llegó a la palangana. Delacroix observó sus manos. La primera vez las había mantenido junto al cuerpo. Ahora, tal vez por conciencia de ser mirada, las llevó quietas. Algo en esa diferencia le molestó.
—La primera vez —dijo—, cuando ocurrió realmente, ¿qué llevaba en las manos?
—Nada.
—Cuando se lavó, ¿qué hizo antes?
—Abrí el grifo de la jarra. Mojé mis manos. Tomé jabón.
—¿Dónde estaba el jabón?
—En la repisa.
—Muéstreme.
Violeta tomó una pastilla de jabón gris de una repisa cercana a la palangana.
Delacroix se acercó. Junto al jabón había varios paños doblados y un pequeño cepillo de uñas.
También una caja metálica baja, cerrada, con restos de hollín en un borde, probablemente trasladada durante el incendio o caída allí antes.
La abrió. Estaba vacía, salvo por restos secos de una sustancia oscura en una esquina.
—¿Qué es esto?
Violeta miró.
—Una caja para broches y piezas pequeñas. La uso cuando trabajo en el pasillo.
—¿Estaba aquí antes del crimen?
—Sí.
—¿Vacía?
—No lo sé.
—¿Qué suele guardar?
—Lo que estoy usando. Broches, alfileres, hebillas, botones. Cosas que no deben perderse.
Delacroix sostuvo la caja bajo la lámpara. En el borde interno había una rayadura reciente y una fibra blanca diminuta pegada al residuo oscuro. Otra fibra blanca. Lino quizá. Pañuelo. O papel. Sosa se acercó con evidente resignación.
—Naturalmente —dijo—. Otra caja.
—Mírela.
El médico lo hizo. La fibra, el residuo, el rayón. No necesitó decir mucho.
—Algo manchado estuvo aquí.
Montero miró a Violeta.
—¿La pieza de la hebilla?
—No lo sé.
—Señora Cárdenas.
—No lo sé.