Capítulo 19 — La coreografía repetida
Después del fuego, El Último Farol quedó con el aspecto de un lugar que había envejecido varios años en una sola noche.
El humo del depósito se había mezclado con el humo de los cigarrillos, y el resultado era una niebla interior más amarga, más baja, casi tangible, que obligaba a entrecerrar los ojos para mirar hacia el escenario.
Algunos invitados tosían. Otros se abanicaban con programas de la función que ya nadie recordaba haber venido a disfrutar.
Las lámparas seguían encendidas, pero la luz parecía sucia, como si también ella hubiera pasado por el incendio.
En el patio, los empleados tiraban agua sobre los últimos restos humeantes bajo la vigilancia de un agente.
En el salón, las sillas habían sido movidas tantas veces que el orden original de la función se había perdido.
El bar ya no era un teatro. Era una escena desarmada.
Delacroix permaneció de pie junto al escenario, con la mirada fija en el espacio vacío entre la cortina lateral y el centro de la tarima.
Allí se habían reunido, en pocas horas, demasiadas cosas: el paso de Mora, el orgullo de Ramiro, el pañuelo manchado, el zapato de prueba, la mirada hacia Violeta, la caída, el grito tardío del público.
Pero después del incendio comprendió que había mirado demasiado el punto final y no lo bastante el tránsito.
El asesinato no había ocurrido en un solo gesto.
Había sido una sucesión de gestos pequeños, cada uno disfrazado de costumbre, de trabajo, de vanidad o de urgencia.
El tango había ofrecido la figura visible.
La casa había ofrecido la coreografía oculta.
—Necesito repetirlo todo —dijo.
Montero lo miró con cansancio.
—¿El baile otra vez?
—No. La noche.
El comisario tardó en comprender, pero cuando lo hizo no preguntó si era necesario.
A esas alturas, la necesidad había dejado de tener modales.
Ordenó que nadie saliera del salón, que se colocaran las mesas lo más cerca posible de su disposición original y que cada persona principal volviera al lugar que ocupaba antes de la pieza final.
La orden provocó protestas, naturalmente.
El público retenido, agotado por el crimen, el incendio y la policía, recibió la idea de una reconstrucción como una nueva forma de castigo.
Montero no discutió. Repitió que había un muerto, un posible asesinato, un fuego sospechoso y demasiadas personas con tendencia a recordar solo lo que les convenía.
Los invitados obedecieron con la lentitud resentida de quienes descubren que su importancia social no protege contra una noche administrada por cadáveres.
Matilde Alzaga intentó ayudar a recomponer el salón.
Su conocimiento de la casa resultó imprescindible.
Ella recordaba qué mesa había estado junto al espejo, dónde se sentó Lastra, cuál era la silla de Villalba, qué lámpara había quedado demasiado cerca del borde, por dónde debía circular un camarero sin golpear a los músicos.
En otro contexto, habría sido admirable.
Esa noche, cada precisión la comprometía un poco más, porque demostraba hasta qué punto Matilde sabía ordenar un espacio para que todos vieran lo que ella quería que se viera.
Mercedes Acuña recuperó su mesa lateral con una resistencia seca; colocó la carpeta sobre el mismo sitio, aunque la hoja quemada ya no estaba allí.
Lisandro volvió junto a la columna, pálido, humillado por tener que ocupar otra vez el lugar del suplente, incluso en una reconstrucción.
Villalba regresó a su mesa con la libreta en la mano y una expresión de falso martirio.
Anselmo se sentó con el bandoneón, pero no lo abrió.
Violeta Cárdenas quedó en el pasillo lateral, bajo la sombra donde todos recordaban haberla visto.
Mora Ledesma, descalza y envuelta en la bata, permaneció al principio junto al camerino, pero Delacroix le pidió que subiera al escenario sin bailar.
Ella lo miró con una hostilidad cansada y obedeció.
—No voy a repetir la caída —dijo.
—No se lo pediré.
—Ya me han pedido cosas peores con más cortesía.
—Esta no será una de ellas.
Mora subió a la tarima y se colocó en el punto aproximado desde donde había salido a bailar con Ramiro.
El escenario, sin música y con la madera aún marcada por el agua y el tránsito, parecía más pequeño que durante la función.
Allí donde antes el público había visto belleza, ahora solo quedaban distancias, ángulos y posibilidades.
Delacroix colocó una silla en el lugar que había ocupado Ramiro antes de iniciar la pieza.
No necesitaba un cuerpo completo, no todavía. Necesitaba medir miradas.
—Empezaremos antes de la salida —dijo—. No desde el baile. Desde los minutos previos.
Montero abrió una página nueva en su libreta.
—Ramiro estaba detrás de la cortina —dijo el comisario—. El camarero Julián lo vio agachado.
Julián, llamado desde el fondo, asintió con una incomodidad casi física.
Delacroix lo colocó en el punto donde decía haber estado con la bandeja.
El muchacho se situó junto al pasillo, a unos pasos de la entrada lateral.
Desde allí podía ver parte del suelo detrás de la cortina, no todo.
Delacroix le pidió que señalara la posición exacta de Ramiro. Julián se agachó, imitando la postura.
—Aquí, señor. O un poco más hacia dentro. Estaba con una rodilla flexionada. Tapaba el suelo.
—¿La cortina lo cubría? —preguntó Delacroix.
—Desde el salón, sí. Desde donde yo estaba, no del todo.
—¿Quién más podía verlo?
Julián miró alrededor. Señaló el pasillo.
—Si alguien estaba aquí, sí. Desde la mesa de monsieur Villalba, quizá la sombra. Desde la mesa de Mercedes, no. Desde donde estaba la señora Matilde, tal vez si miraba justo en ese momento. Desde el escenario, no.
Delacroix hizo que Villalba se sentara y comprobara la línea. El periodista alargó el cuello con evidente placer, hasta que Montero le recordó que no estaban ensayando una crónica.
—Desde mi sitio podía ver movimiento —dijo Villalba—. No detalle. Una sombra inclinada detrás de otra sombra. En ese lugar, incluso Ramiro parecía discreto, lo cual ya era sospechoso.
—¿Lo vio? —preguntó Delacroix.
Villalba dudó.
—No estoy seguro.
—No escriba eso todavía. Solo recuérdelo.
—Es una forma muy pobre de tratar una duda.
Delacroix no contestó. Hizo que Mercedes se colocara donde había estado antes de la pieza.
Desde su mesa lateral, la cortina quedaba parcialmente cubierta por el piano y por el ángulo del escenario.
Mercedes podía ver a Ramiro cuando salía hacia el centro, pero no necesariamente cuando se agachaba detrás del pliegue.
Matilde, desde su posición junto al piano, sí podía haber visto el movimiento si hubiera estado mirando hacia allí y no hacia el salón o los músicos.
Violeta, desde el pasillo, tenía la mejor vista.
Esa constatación hizo que varias miradas volvieran hacia ella.
—Yo lo vi cerca de la cortina —dijo Violeta.
—No lo dijo así antes —respondió Montero.
—Dije que me habló antes de salir. No me preguntaron si estaba agachado.
—¿Lo estaba?
Violeta miró el punto que Julián señalaba.
—Cuando me habló, no. Estaba de pie. Antes o después, no lo sé.
—¿Qué tenía en la mano?
—El pañuelo.
—¿Algo más?
—No lo vi.
Delacroix hizo que Violeta se colocara exactamente en el sitio donde recordaba haber estado.
Ella lo hizo con una precisión que no necesitó pensar demasiado.
Allí, junto a la puerta del pasillo, la sombra la cubría desde el salón, pero no desde el escenario.
Era un lugar perfecto para ver sin ser vista, y también para no ser recordada salvo por quienes sabían buscarla.
Violeta permaneció allí, quieta, y por un instante Delacroix comprendió cómo había vivido durante años: en los bordes de todos los focos, sosteniendo el brillo ajeno sin entrar del todo en él.
—Ramiro le dijo la frase sobre Elena —dijo Delacroix—. ¿Antes o después de agacharse?
—Después. Creo.
Montero levantó la vista.
—Creo.
Violeta no se defendió.
—Después. Estaba de pie. Se acomodó el pañuelo y me dijo: “Esta noche, hasta su hija tendrá un buen lugar desde donde mirar.” Luego sonrió y salió.
—¿Dónde estaba Mora en ese momento? —preguntó Delacroix.
Mora, desde el escenario, respondió:
—En el camerino. Aún no había llegado al lateral.
—¿Quién la llamó?
—Ramiro. O Anselmo. No recuerdo. Alguien dijo que era hora.
Anselmo habló desde su silla:
—Yo no la llamé. Estaba ajustando el arranque con los músicos.
Matilde levantó la mano apenas.
—Fui yo. Le dije a Mora que saliera. Ramiro ya estaba esperando.
—Entonces usted cruzó el pasillo después de que Ramiro habló con Violeta.
—Sí.
—¿Vio algo en el suelo detrás de la cortina?
Matilde miró el lugar.
—No. Miraba a Mora.
—¿Y Ramiro?
—También. Demasiado.
La dueña se dio cuenta de lo que decía después de decirlo. Delacroix no la interrumpió.
—¿Demasiado cómo?
—Estaba satisfecho. Como si la función ya hubiera empezado para él antes de la música.
Mora bajó la cabeza. La piedra escondida detrás de su espejo daba sentido a esa satisfacción. Ramiro había preparado o creía haber preparado una última ofensa. La muerte no la había creado; la había interceptado.