Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 18 — Fuego en el depósito #3
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Capítulo 18 — Fuego en el depósito #3

—Si usted no lo hizo —dijo Montero—, alguien se está esforzando mucho por convencernos de lo contrario.

—Alguien se esfuerza mucho por que ustedes lleguen siempre un poco tarde.

La frase encontró a Delacroix. Un poco tarde.

Esa había sido la respiración de todo el caso.

Elena cayó y la verdad llegó tarde. Las notas llegaron antes del crimen pero su sentido llegó tarde.

El contrato se encontró tarde. La página de Villalba ardió tarde.

La piedra apareció después de que Mora ya había sido mirada.

El pañuelo habló después de que Ramiro había muerto.

El fuego destruyó o reveló pruebas cuando todos estaban agotados.

El asesino no solo guiaba la investigación; la dosificaba.

—¿Quién sabía que estos restos podían estar aquí? —preguntó Delacroix.

—Quien los puso —dijo Montero.

—O quien supo que Ramiro los había puesto.

Violeta giró hacia él.

—Ramiro no habría quemado nada. Habría dejado que doliera.

—Sí —dijo Delacroix—. Por eso el fuego no es suyo.

El comisario entendió la dirección.

—Ramiro pudo haber preparado la burla: piedra en el espejo, quizá hebilla o pañuelo, quizá zapato de prueba. Pero alguien, después de su muerte, intentó quemar lo que lo vinculaba con esa burla.

—O lo que vinculaba al asesino con haber usado la burla de Ramiro.

Montero guardó silencio. Sosa, desde el suelo, levantó otro fragmento de papel con las pinzas.

—Hay más tinta.

Delacroix se inclinó. El fragmento conservaba parte de una frase:

“...él mismo lo hará si cree que la idea es suya...”

La pieza encajó con un sonido mental casi audible.

Ramiro no había sido cómplice. Había sido instrumento de su propia vanidad.

—Esta nota no iba dirigida a Ramiro —dijo Delacroix.

Montero lo miró.

—¿Entonces?

—Es un borrador. Una reflexión. Tal vez una instrucción para uno mismo. Alguien escribió la clave del método: Ramiro haría el gesto si creía que la idea era suya.

Sosa dejó de mover las cenizas. Violeta cerró los ojos. Montero respiró hondo.

—Eso cambia las cosas.

—Sí.

—¿A favor de quién?

—A favor de nadie. En contra del asesino.

El fuego, lejos de destruirlo todo, había revelado una capa de planificación más profunda.

El asesino no solo había preparado un objeto.

Había preparado una psicología. Sabía que Ramiro aceptaría una crueldad si se la presentaban como oportunidad de dominio.

Sabía que tocaría los zapatos, que profanaría la hebilla, que escondería la piedra, que se limpiaría los dedos con el pañuelo, que saldría a bailar con el orgullo intacto y que, si sentía un pinchazo, lo incorporaría al gesto antes que romper la escena.

—¿Quién escribió esto? —preguntó Montero.

Delacroix miró los fragmentos mojados y quemados.

La letra estaba demasiado dañada para compararla bien, pero algunas curvas sobrevivían.

No parecían las de Villalba. Tampoco, de forma evidente, las de Violeta.

Había una inclinación más vertical, una economía distinta.

Tendrían que compararla luego, pero una intuición empezaba a formarse: aquella escritura no buscaba belleza. Buscaba eficacia.

—Alguien que piensa como un administrador de escena —dijo.

Matilde, que había llegado al umbral sin que la notaran, palideció.

—No.

Delacroix la miró. No había dicho su nombre. Ella lo había oído de todos modos.

—Matilde —dijo Montero.

—Yo no escribí eso.

—No he preguntado todavía.

—Pero va a hacerlo.

La dueña de El Último Farol cruzó los brazos, no con soberbia sino con frío.

Tenía hollín en una mejilla y el vestido manchado de agua.

Durante el incendio había dirigido a los empleados, había salvado parte de su casa, había actuado con decisión.

Eso no la absolvía. También demostraba que conocía cada recorrido, cada caja, cada trapo, cada puerta.

Matilde sabía administrar el caos. Y el crimen, en muchos sentidos, había administrado el caos con un talento notable.

—¿Pasó por el depósito después de encontrar la piedra? —preguntó Delacroix.

—Sí.

—¿Para qué?

—Para ordenar cubos. Para buscar manteles. Para evitar que mis clientes se pisotearan antes de que usted terminara de sospechar de todos.

—¿Tocó esa caja?

—No.

—¿Vio el trapo con solvente?

—No.

—¿Vio a alguien aquí?

—Camareros. Un agente. Sosa pasó hacia la habitación del cuerpo.

Mercedes estaba en el pasillo. Lisandro asomó la cabeza como un perro culpable.

Violeta no, porque ustedes la tenían casi clavada a una silla.

Mora tampoco. Villalba no habría entrado sin anunciar que entraba.

Anselmo no se movió. ¿Le sirve mi censo de ruinas?

—Sí.

Matilde se sorprendió por la respuesta simple. Delacroix siguió:

—¿Quién pudo encender el fuego sin ser visto?

—Alguien que pareciera tener una razón para estar aquí.

—Usted.

—Yo.

—Un camarero.

—Sí.

—Sosa.

El médico levantó la vista con indignación tranquila.

—Si intenté quemar pruebas, elegí un momento pésimo y un fuego incompetente. Lo cual, admito, podría ser una estrategia para parecer inocente, pero me ofende como profesional.

—Mercedes —continuó Delacroix.

—Pudo acercarse —dijo Matilde—. Pero no conoce el depósito lo bastante para moverse sin hacer ruido.

—Lisandro.

—Sí. Demasiado inquieto. Nadie nota a los inquietos cuando todos lo están.

—Violeta.

Matilde miró a la vestuarista.

—Si Violeta quisiera destruir ese cuarto, se quemaría con él antes que hacerlo a medias.

No era una defensa legal. Era un conocimiento íntimo. Delacroix lo aceptó como tal.

Montero ordenó que todos regresaran al salón y que el depósito quedara clausurado.

Las pruebas encontradas fueron llevadas al despacho, húmedas, ennegrecidas, frágiles.

Violeta pidió ver la pieza de la hebilla una vez más.

Montero dudó. Delacroix asintió. El comisario la sostuvo con las pinzas bajo la lámpara.

Violeta no la tocó. Sus ojos se posaron en el pequeño resto metálico con una quietud que ya no parecía odio, sino agotamiento absoluto.

—Le faltaba la piedra —dijo.

—La encontramos en el camerino de Mora —respondió Delacroix.

—Y ahora le falta la punta.

—Sí.

—Entonces todavía no encontraron lo que mató.

—No.

Violeta levantó la mirada. Había en ella una lucidez terrible.

—Busquen donde Ramiro no habría querido mirar.

—¿Dónde es eso?

—En alguien que no lo admiraba.

Delacroix no respondió. Ramiro había construido su mundo alrededor de admiradores, amantes, rivales y ofendidos.

Pero había personas que no lo admiraban en absoluto.

Matilde lo necesitaba. Mercedes lo administraba.

Mora lo odiaba sin dejar de conocer su cuerpo.

Violeta lo despreciaba. Anselmo lo juzgaba desde la música.

Lisandro lo imitaba incluso odiándolo. Villalba lo explotaba.

¿Quién quedaba fuera de la admiración? ¿Quién podía leerlo con frialdad suficiente para usar su vanidad sin caer bajo su encanto?

El fuego había dado demasiadas pruebas y una pregunta más afilada.

Regresaron al salón. El público estaba de pie otra vez, pero esta vez no por curiosidad sino por miedo al incendio.

Montero permitió abrir la puerta principal durante unos minutos bajo vigilancia para renovar el aire, sin dejar salir a nadie salvo a una mujer mayor que Sosa declaró demasiado afectada para permanecer allí sin riesgo.

La ciudad nocturna entró en forma de humedad, ruido lejano y murmullos de curiosos desde la vereda.

El humo del incendio se mezcló con el de los cigarrillos y convirtió El Último Farol en una especie de barco encallado en su propia niebla.

Delacroix se quedó junto al escenario, mirando la línea entre el lateral de Elena, el centro de Ramiro y la cortina donde apareció el zapato de prueba.

El asesino había intentado quemar restos, o aparentar que los quemaba.

Había dejado fragmentos útiles, quizá por accidente, quizá por cálculo.

Había revelado que Ramiro fue manipulado para manipular.

Había empujado el caso hacia Violeta y luego, con el pañuelo, hacia Ramiro.

Ahora el fuego volvía a poner a Violeta en el centro, pero de una manera tan insistente que resultaba sospechosa.

Montero se acercó con el rostro manchado de hollín.

—¿Qué piensa?

—Que el incendio no fue para destruir pruebas.

—¿No?

—No solo. Fue para cambiar el ritmo.

—¿El ritmo de qué?

—De nosotros. Del salón. De la investigación.

Estábamos mirando la nota a Ramiro, la piedra en el espejo y el pañuelo.

Empezábamos a ver que la víctima había sido usada.

Entonces el fuego nos devolvió al depósito, a Violeta, a sus herramientas, a Elena.

Nos obligó a correr hacia donde el asesino quería que volviéramos a mirar.

Montero miró el depósito humeante.

—¿Otra vez una mujer?

—Otra vez una mujer marcada por Ramiro.

—¿Cree que el asesino está protegiendo a alguien?

—No. Creo que está usando a todas.

El comisario no respondió. En el salón, Mora miraba a Violeta. Violeta miraba al suelo. Matilde miraba su casa quemada. Mercedes miraba la carpeta de contratos. Lisandro miraba el escenario. Villalba miraba su libreta. Anselmo miraba el bandoneón.

Todos miraban algo.

Delacroix, por fin, empezó a preguntarse quién miraba demasiado poco.

Desde la puerta abierta llegó un rumor de la calle, y entre las voces de los curiosos alguien pronunció el nombre de Ramiro Acuña con una admiración nacida apenas minutos después de su muerte.

La ciudad empezaba a hacer lo que siempre hacía: convertir a un hombre cruel en leyenda antes de que se enfriaran las pruebas de su crueldad.

Delacroix cerró los ojos un instante.

El asesino también había contado con eso.