Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 18 — Fuego en el depósito #2
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Capítulo 18 — Fuego en el depósito #2

Los cubos empezaron a ganar terreno. El agua golpeó las cajas con un sonido oscuro.

El humo se volvió más espeso durante unos segundos y luego las llamas cedieron en la zona del depósito.

Sosa atendió a un camarero con una quemadura leve en la muñeca.

Delacroix, sin perder de vista la puerta del cuarto de costura, observó a quienes habían llegado hasta allí: Matilde, Montero, dos agentes, Violeta, Sosa, un camarero, luego Lisandro al fondo del pasillo, pálido, y Mercedes más atrás, con un pañuelo sobre la boca.

Villalba no se había acercado al fuego. Desde el salón, intentaba ver por encima de los hombros de los demás.

Anselmo tampoco se había movido. Mora seguía junto a la entrada del pasillo, descalza, mirando a Violeta.

El incendio fue controlado antes de volverse tragedia mayor.

Dejó, sin embargo, una devastación suficiente para que nadie lo considerara casual con facilidad.

Varias cajas del depósito habían quedado negras.

La pared cercana al cuarto de costura estaba manchada de humo.

Algunas telas se habían consumido parcialmente.

El suelo estaba cubierto de agua, ceniza, papel deshecho y pequeños objetos arrastrados por los cubos.

El olor a quemado se mezcló con el del barniz y el humo del salón, creando una atmósfera casi irrespirable.

—¿Dónde empezó? —preguntó Delacroix.

Montero señaló la caja de papeles cerca del rincón.

—Ahí, parece.

—¿La estufa estaba encendida?

Un camarero negó con rapidez.

—No, señor. La usamos antes para calentar agua, pero estaba apagada. O debía estarlo.

—Debía —repitió Montero.

El camarero palideció.

Sosa, que había terminado de vendar la muñeca del otro empleado, se acercó al rincón.

No tocó nada sin mirar antes a Delacroix, lo que constituía un progreso notable en la noche.

Entre los restos chamuscados había papeles, retazos de tela, parte de una lona, cartón y algo que parecía un trapo impregnado. El médico lo levantó con pinzas.

—Esto huele a alcohol o a algún solvente.

—¿Accidental? —preguntó Montero.

—Todo es accidental hasta que alguien se toma la molestia de hacerlo a propósito. Pero un trapo con solvente cerca de papeles y estufa no necesita mucha ayuda para volverse idiota.

Violeta habló desde la puerta.

—Ese trapo no estaba ahí.

Todos la miraron.

—¿Está segura? —preguntó Montero.

—Sí.

—Hoy muchas personas están seguras de cosas que no notaron antes de que importaran.

—Yo noto los trapos de mi trabajo, comisario. Ese no estaba en esa caja. Los trapos con solvente van en un frasco de metal, no con papeles.

Delacroix observó el recipiente que ella señalaba: una lata con tapa, caída de lado cerca de la mesa del cuarto de costura, ennegrecida pero intacta.

Si decía la verdad, alguien había colocado el trapo en la caja para iniciar el fuego o acelerar uno pequeño.

Si mentía, intentaba explicar una imprudencia propia.

De nuevo, la línea entre culpa y conocimiento profesional era demasiado estrecha.

—¿Qué había en esa caja? —preguntó.

—Restos de papel, moldes viejos, retazos sin uso. Nada importante.

—¿Nada importante para usted o para el caso?

—No lo sé. Ya no sé qué llaman importante ustedes. Esta noche hasta una piedra barata puede condenar a una persona.

La respuesta era amarga y exacta. Delacroix miró entre los restos.

El fuego había destruido parte de la caja, pero no todo.

En el agua negra se veían fragmentos de papel pegados al fondo.

Algunos estaban demasiado quemados para servir.

Otros, protegidos por la humedad, conservaban bordes legibles.

Montero ordenó que nadie pisara la zona.

Delacroix se arrodilló, usando un paño, y empezó a separar con paciencia los fragmentos menos destruidos.

Sosa lo ayudó, protestando por la locura de hacer arqueología en barro de ceniza antes de que el techo terminara de gotear.

—Aquí —dijo Delacroix.

Había encontrado un trozo de papel más grueso, doblado, quemado en un borde. No pertenecía a un molde de costura. Era papel de nota o de correspondencia. La tinta estaba corrida, pero quedaban algunas palabras. Lo acercó a la luz que Montero sostenía.

“...no basta con que lo mire...”

“...debe tocar...”

“...antes del cierre...”

No era una de las notas conocidas, pero se parecía por el tono. Sosa dejó de protestar. Violeta se quedó inmóvil. Montero soltó una maldición baja.

—Otra nota.

Delacroix no respondió. Siguió separando fragmentos. Otro trozo mostraba apenas una palabra: “pañuelo”. Un tercero, más pequeño, tenía una línea casi completa:

“...si pregunta, diga que fue un arreglo...”

Aquello cambió el aire incluso más que el fuego.

—¿Diga? —preguntó Montero—. ¿A quién le habla?

Delacroix no contestó enseguida. Las notas anteriores habían sido amenazas o provocaciones.

Esa parecía instrucción. No al público. No a Matilde.

No necesariamente a Ramiro. “Si pregunta, diga que fue un arreglo.” La frase podía estar dirigida a alguien que debía explicar un contacto con el zapato, con la hebilla, con un pañuelo, con una pieza alterada.

Podía ser una instrucción escrita por el asesino a un cómplice.

O una nota que Ramiro había recibido para guiar su crueldad.

O un fragmento de un borrador descartado por quien planificó la escena.

Violeta dio un paso.

—Eso no es mío.

—Nadie ha dicho que lo sea —dijo Delacroix.

—Lo dirán.

La certeza no era paranoia. Era experiencia. El papel había aparecido en una caja junto a su cuarto de costura, después de un fuego que parecía destinado a destruir restos de planificación. Si el caso seguía el camino que alguien le marcaba, Violeta quedaría otra vez en el centro.

—¿Quién pudo poner esos papeles ahí? —preguntó Montero.

Violeta miró la caja quemada.

—Cualquiera que entrara al depósito.

—¿Otra vez todos?

—No. Esta vez no. El depósito estuvo custodiado después de la muerte.

—Antes no.

—Antes, cualquiera.

Delacroix levantó la vista.

—Después de que encontramos la piedra en el camerino de Mora, ¿quién se movió hacia el depósito?

Montero miró a su agente. El hombre tragó saliva.

En el caos de las nuevas pruebas, la vigilancia se había desplazado hacia el salón, el camerino y el despacho.

El depósito estaba custodiado, sí, pero no con una atención absoluta.

Además, durante el incendio mismo todos habían corrido.

Antes del fuego, algunos empleados habían ido y venido por agua, café, mantas, cubos.

—Necesito una lista —dijo Delacroix—. Cada persona que cruzó este pasillo desde que encontramos la piedra.

El agente asintió y empezó a reconstruir.

Matilde había pasado para dar órdenes. Un camarero entró por agua.

Otro llevó manteles. Sosa pasó hacia la habitación del cuerpo.

Mercedes se acercó al pasillo, pero decía no haber entrado al depósito.

Lisandro había ido hasta el umbral buscando a Mora o fingiendo buscarla.

Villalba no pasó, según el agente, aunque desde su mesa podía haber observado parte del movimiento.

Violeta estuvo bajo vigilancia, salvo breves desplazamientos con Delacroix y Montero.

Mora permaneció en el camerino. Anselmo no se movió del salón.

—Demasiados —dijo Montero.

—Menos que antes —respondió Delacroix.

Siguieron revisando los restos. El fuego había quemado una porción significativa, pero al hacerlo también había revelado objetos que antes estaban mezclados en la caja.

En el fondo, entre ceniza húmeda, apareció un pequeño trozo metálico ennegrecido.

Sosa lo tomó con pinzas. Era una pieza curva, deformada por el calor, no más larga que una uña.

Montero acercó la lámpara. Violeta inspiró con fuerza.

—¿La hebilla? —preguntó el comisario.

—No completa —dijo Sosa—. Podría ser parte de una hebilla. O de cualquier pieza metálica pequeña. El calor la oscureció.

Delacroix la observó. En uno de los extremos se veía un resto mínimo de engarce, como si hubiera sostenido una piedra.

La piedra falsa encontrada en el camerino de Mora podía haber pertenecido allí.

Pero faltaba todavía la parte punzante, la aguja o pieza adaptada que habría causado la herida.

O quizá el trozo chamuscado era precisamente lo que quedaba del soporte.

Violeta extendió la mano sin tocar.

—Es de Elena.

Nadie le preguntó cómo lo sabía. Tal vez por la forma. Tal vez porque una madre reconoce los restos de una reliquia incluso quemados. O tal vez porque quería reconocerla. Delacroix no convirtió esa emoción en prueba.

—Si estaba aquí —dijo Montero—, alguien intentó quemarla.

—O alguien quería que la encontráramos quemada —dijo Delacroix.

El comisario lo miró con una desesperación ya casi afectuosa.

—Lo sé. No hacía falta. Pero gracias.

Delacroix siguió buscando. Entre las cenizas hallaron también una aguja rota, ennegrecida, con la punta ausente.

No podía afirmarse que fuera la aguja larga faltante de la caja de Violeta, pero el tamaño coincidía con la descripción.

Sosa la separó de inmediato. Montero ya no ocultó su inquietud.

La hebilla de Elena, la aguja de Violeta, restos de notas con instrucciones, trapo con solvente, fuego en el depósito.

Todo encontrado junto al cuarto de costura.

Una acusación perfecta, segunda parte.

Violeta lo entendió antes de que nadie hablara.

—Qué limpio —dijo.

La palabra, en medio del agua negra y la ceniza, sonó extraña.

—¿Limpio? —preguntó Montero.

—Sí. Todo lo que necesitan, junto. La hebilla de mi hija, mi aguja, mi cuarto, mis trapos, mis papeles. Qué cómodo para ustedes. Qué considerado para el asesino.

Delacroix la miró. No había miedo en su voz. Había desprecio. Y ese desprecio no iba dirigido a la policía solamente, sino a la pobreza estética de la escena. Violeta, como Anselmo, parecía sentir que el crimen la insultaba incluso en su manera de acusarla.