Capítulo 18 — Fuego en el depósito
La piedra falsa de la hebilla de Elena Cárdenas quedó sobre el tocador de Mora Ledesma como si una parte mínima del pasado hubiera logrado atravesar los años para caer, al fin, en el sitio equivocado.
No brillaba demasiado. Era una imitación barata, apenas un pequeño fragmento transparente, sin valor para cualquiera que no supiera de dónde venía.
Pero en aquel camerino tenía más peso que una joya verdadera.
Había pertenecido a una hebilla destinada a una noche que Elena nunca llegó a bailar; había sido separada de su pieza original, escondida detrás del espejo de Mora y convertida en mensaje, burla o resto de una crueldad interrumpida.
Delacroix la observaba con una incomodidad creciente.
Los crímenes tienen una tendencia grosera a utilizar objetos inocentes, pero aquel objeto no era inocente.
Era demasiado íntimo. Su presencia allí demostraba que alguien no solo había querido matar a Ramiro, sino que había querido escribir sobre la muerte con el alfabeto privado de El Último Farol.
Mora no tocó la piedra. La miró una vez y luego apartó la vista, como si hubiera comprendido que el objeto no estaba dirigido solo a ella y que, precisamente por eso, la ensuciaba más.
Violeta Cárdenas permanecía junto a la puerta, con el rostro cerrado y los ojos fijos en el tocador.
Delacroix tuvo la impresión de que la vestuarista no veía la piedra, sino la hebilla completa, el zapato blanco, la muchacha sentada con la ilusión en el regazo, la función que no ocurrió y la frase escrita en aquel programa viejo: Esta noche me van a mirar.
La mirada, en El Último Farol, siempre llegaba tarde y siempre encontraba a la persona equivocada.
—Ramiro iba a dejar esto aquí —dijo Montero.
—O alguien quería que creyéramos que Ramiro iba a dejarlo —respondió Delacroix.
El comisario no protestó. A esas alturas, su fastidio ante las cautelas del detective había adquirido una forma más resignada. La noche le había demostrado que cada vez que la explicación parecía cerrar, aparecía un objeto diminuto para abrirla por otro lado.
—Si Ramiro escondió la piedra en el camerino de Mora —dijo—, entonces tuvo la hebilla en la mano.
—O tuvo parte de ella.
—Y si tuvo parte, pudo tener la punta.
—Pudo.
—¿Y alguien untó esa punta con veneno?
—Quizá antes de que él la tocara. Quizá después. Quizá la punta estaba preparada y Ramiro creyó que usaba un adorno inocente.
Mora soltó una risa seca desde la silla.
—Inocente. Qué palabra generosa para Ramiro.
Delacroix la miró. Ella había recuperado algo de su dureza, pero ahora la dureza parecía más cansada que orgullosa.
Estaba descalza, envuelta en la bata, con el vestido oscuro todavía debajo, como si la noche se negara a permitirle salir de la escena.
Violeta dio un paso hacia el tocador, pero Montero la detuvo con un gesto. La vestuarista no insistió.
—Esa piedra no puede quedarse ahí —dijo Violeta.
—No se quedará —respondió Delacroix.
—No me refería al tocador.
Nadie preguntó qué quería decir. Todos lo entendieron.
La piedra ya no podía volver a ser solo de Elena.
Una vez convertida en prueba, había perdido la pureza inútil de los recuerdos.
Delacroix la envolvió en papel limpio y la entregó a Montero.
El comisario la guardó con una delicadeza que quizá aprendió en ese mismo instante.
No todos los objetos merecen el mismo respeto, pero algunos lo exigen aunque uno no crea en ellos.
Salieron del camerino. El salón seguía retenido, cada vez más deteriorado por la espera.
Las personas ya no hablaban con el volumen nervioso de las primeras horas; hablaban en ráfagas bajas, como si el cansancio hubiera vuelto más mezquinas las voces.
Villalba escribía en su libreta secundaria con una gravedad nueva, menos ostentosa.
Mercedes Acuña miraba la puerta del camerino de Ramiro, no el escenario.
Matilde Alzaga estaba sentada en una silla junto a la pared de fotografías, con un cigarrillo apagado entre los dedos, inmóvil como una estatua que no se hubiese ganado todavía el derecho a ser de piedra.
Lisandro Varela se había quedado cerca de la columna, pero ya no con la ansiedad del suplente; parecía un muchacho que acaba de descubrir que el lugar que deseaba estaba cubierto de sangre invisible.
Anselmo Quiroga permanecía con el bandoneón cerrado, los dedos apoyados sobre el fuelle, los ojos bajos.
Delacroix no llegó a cruzar el salón.
El olor apareció antes que el ruido.
No era el olor habitual de El Último Farol, ese perfume rancio de tabaco, cera, madera húmeda, café y cuerpos encerrados.
Era más seco, más áspero, con una nota amarga de tela quemada y barniz caliente.
Delacroix se detuvo. Montero también. Durante un segundo, nadie dijo nada.
Luego, desde el pasillo trasero, un camarero gritó:
—¡Fuego!
El salón despertó con una violencia casi física.
Las sillas se arrastraron. Varias personas se pusieron de pie al mismo tiempo.
Alguien dejó caer una copa. Matilde se levantó de golpe, más rápido de lo que su cansancio parecía permitir.
Montero rugió una orden a sus agentes, pero el grito del fuego había hecho lo que ninguna explicación de la policía había conseguido: devolver al público la idea de que la puerta cerrada podía matarlos.
Algunos intentaron moverse hacia la salida.
Los agentes los contuvieron con dificultad.
El concejal, que llevaba horas reclamando su derecho a marcharse, descubrió de pronto que sus piernas eran más rápidas que su dignidad.
Villalba recogió su libreta antes que su sombrero, lo cual, incluso en el caos, resultó coherente.
—¡Nadie sale! —gritó Montero.
—¡Si el edificio arde, saldrán todos! —respondió Matilde con una autoridad que regresó de golpe.
—Primero se abre el patio y se controla el fuego. Después discutimos quién manda sobre las cenizas.
Delacroix ya corría hacia el pasillo. No era una carrera teatral, sino una prisa precisa.
El olor venía de la zona del depósito, cerca de la escalera de servicio y del cuarto de costura.
Precisamente la zona que esa noche se había convertido en el corazón material del crimen.
Violeta lo entendió al mismo tiempo. Intentó adelantarlo, pero un agente la retuvo.
Ella se soltó con una fuerza inesperada.
—¡Mi cuarto!
Montero, al verla correr tras Delacroix, maldijo y la siguió. Sosa apareció con su maletín, no por heroísmo sino por instinto médico ante cualquier catástrofe que pudiera producir heridos. Mora salió del camerino y avanzó unos pasos, descalza, hasta que Matilde la detuvo con una mano.
—No.
—Violeta...
—No.
Esta vez Mora obedeció, no por sumisión, sino porque la escena ya contenía demasiados cuerpos corriendo hacia el mismo fuego.
El depósito estaba lleno de humo. No llamas inmensas, todavía, sino lenguas de fuego creciendo en una pila de cajas cerca de la estufa apagada de la cocina trasera y extendiéndose hacia unas lonas viejas apoyadas contra la pared del cuarto de costura.
El fuego tenía la mezquindad peligrosa de los incendios nacidos en lugares donde abundan tela, papel, madera seca, barniz, alcohol y descuido acumulado.
Un camarero lanzaba cubos de agua con más voluntad que puntería.
Otro tosía junto a la puerta. El agente que custodiaba la escalera de servicio intentaba retirar un baúl para cortar el avance hacia el altillo, pero el humo le hacía cerrar los ojos.
Delacroix se cubrió la boca con un pañuelo y entró lo suficiente para ver el origen probable: una caja de papeles y retazos, encendida cerca del rincón donde antes habían encontrado restos quemados.
—¡Agua aquí! —ordenó Montero.
Los empleados formaron una cadena improvisada desde el patio.
Matilde llegó y, por una vez, sus órdenes fueron más útiles que cualquier reflexión.
Conocía la casa, sabía dónde estaban los cubos, qué puerta abrir para que el humo saliera sin alimentar demasiado la llama, qué manteles podían sacrificarse para cubrir una zona encendida.
En esa emergencia concreta, volvió a ser dueña de El Último Farol de una manera casi admirable.
La culpa antigua no apagaba incendios; Matilde sí.
Violeta intentó entrar al cuarto de costura. Delacroix la detuvo por el brazo.
—No.
—Mis cosas están ahí.
—Precisamente.
Ella lo miró con una furia tan desnuda que durante un segundo pareció más joven.
—No entiende nada.
—Entiendo que si entra y se quema las manos, todos creerán que intentó destruir o salvar la misma prueba.
—¡No son pruebas!
—Esta noche sí.
El golpe fue cruel, pero la detuvo. Violeta temblaba, no de miedo al fuego, sino de una impotencia que le subía desde lugares más antiguos.
El cuarto de costura ardía por los bordes.
No del todo. Las llamas habían alcanzado parte de una cortina vieja y varios retazos colgados cerca de la entrada, pero la mesa principal aún era visible entre el humo.
Allí estaban los frascos, las herramientas, los cajones, la caja de agujas de la que faltaba la aguja larga, los estantes donde había guardado durante años no solo trabajo, sino pequeños restos de sí misma.
Para Violeta, aquello no era un cuarto. Era el lugar donde había sobrevivido a la historia sin que la historia lo notara.
—Atrás —dijo Montero.