Capítulo 17 — Una segunda nota #4
Montero pareció a punto de cumplir por fin su promesa de la despensa.
Delacroix lo detuvo con un gesto. Villalba era culpable de muchas indecencias, pero tal vez no de la muerte.
Su libreta confirmaba algo más importante: antes del crimen, al menos tres personas conocían la relación exacta entre el cierre largo y el adorno del zapato: Villalba, Violeta y Ramiro.
Mercedes quizá también. Anselmo desde la música.
Mora desde el cuerpo. Pero solo alguien con acceso a la hebilla, al zapato, a la aguja y al veneno podía convertir esa observación en mecanismo.
—Hay otra cosa —dijo Villalba.
Montero cerró los ojos.
—Deberíamos cobrarle por capítulos.
—La nota que encontró en el camerino de Ramiro. No vi quién la dejó, pero vi a Ramiro leer algo antes de que la guardara junto al espejo. Sonrió. No como sonríe cuando alguien lo halaga. Sonrió como sonríe cuando va a lastimar a alguien.
—¿Quién estaba cerca?
—Violeta, Mercedes y un camarero. Matilde entraba y salía. Yo estaba en la puerta, sin autorización, como suele ocurrir cuando se busca la verdad.
—¿Pudo leer la nota?
—No. Solo vi la reacción.
Delacroix cerró la libreta. La cadena se afirmaba: Ramiro recibió una provocación, sonrió, se ensució los dedos, se limpió con el pañuelo, fue visto detrás de la cortina, luego murió por el mecanismo que quizá ayudó a colocar o al menos a activar.
El asesino había necesitado que Ramiro actuara como Ramiro.
Esa era la elegancia más oscura del caso.
—Comisario —dijo Delacroix—, necesitamos encontrar la hebilla o la aguja.
—Ya estamos buscándolas.
—No en el suelo. En los lugares donde Ramiro habría escondido una broma.
Montero frunció el ceño.
—¿Dónde esconde una broma un hombre así?
Delacroix miró el camerino de Ramiro, el espejo, el pañuelo, el escenario, la fotografía de Elena, los zapatos de Mora.
—Donde pueda verla alguien que entiende tarde.
Violeta levantó la cabeza.
—El camerino de Mora.
Mora, desde el pasillo, oyó la frase y se quedó inmóvil.
Delacroix la miró. Por primera vez esa noche, Violeta había adelantado su pensamiento no para defenderse, sino para seguirlo.
—Sí —dijo él—. El camerino de Mora. Pero no donde ella miraría antes de bailar. Donde miraría después.
Montero dio la orden de revisar el camerino de Mora otra vez, esta vez con una idea precisa.
No el tocador, no la bolsa, no los zapatos ya retirados.
El espejo. Los cajones. El interior de la flor de tela.
Los bordes del marco. Los lugares donde una mujer humillada, al volver de la función, encontraría una señal destinada a completar la crueldad de Ramiro.
Mora permitió la revisión sin hablar. Estaba de pie junto a la pared, descalza, con los brazos cruzados.
Violeta se quedó en la puerta. Delacroix examinó el espejo.
En el marco inferior, detrás de una tira de tela negra pegada para ocultar una grieta, había algo pequeño envuelto en papel fino.
No era la hebilla. Era una piedra falsa, diminuta, transparente, separada de su engarce.
Violeta hizo un sonido apenas audible.
—La piedra de Elena.
Montero se inclinó.
—¿Solo la piedra?
—Sí —dijo Delacroix.
La hebilla seguía sin aparecer. Pero una parte de ella había sido colocada en el camerino de Mora, oculta detrás del espejo, como un mensaje póstumo de Ramiro o de quien quiso escribir en su nombre.
Si Mora hubiera terminado la función, si Ramiro hubiera anunciado el reemplazo, si ella hubiera vuelto sola al camerino y encontrado aquella piedra, habría entendido que la humillación no era solo profesional.
Era una profanación: bailó con la memoria de Elena convertida en burla y ahora recibía el resto como recuerdo.
Mora miró la piedra sin comprender del todo.
—¿Qué es?
Violeta respondió con voz baja:
—Lo que faltaba de una noche que no ocurrió.
La bailarina cerró los ojos. Delacroix guardó la piedra con cuidado.
La nueva prueba no exculpaba a nadie. Pero demostraba algo crucial: alguien había preparado una segunda escena, posterior al baile.
Una escena que solo tendría sentido si Ramiro sobrevivía el tiempo suficiente para humillar a Mora después del último acorde.
O si el asesino quería que pareciera que Ramiro la había preparado.
Delacroix miró hacia el escenario.
—La muerte interrumpió una crueldad —dijo.
Montero lo observó.
—¿Y eso nos ayuda?
—Sí. Porque el asesino sabía que existía esa crueldad y decidió esconderse dentro de ella.
Mora abrió los ojos. Violeta seguía mirando la piedra como si acabaran de quitarle a Elena otro fragmento. Villalba, desde el salón, intentaba ver sin acercarse. Mercedes permanecía inmóvil junto al piano. Anselmo, muy lejos de todos y muy cerca de la música, murmuró algo que apenas se oyó.
—Ramiro quería dejar una firma.
Delacroix volvió hacia él.
—Sí.
El viejo levantó la cabeza.
—Y alguien escribió encima.
La frase quedó suspendida.
Por primera vez desde la muerte de Ramiro, Delacroix sintió que la dirección del caso no estaba en la pregunta de quién había odiado más, sino en algo mucho más fino: quién había sabido leer la crueldad de Ramiro con suficiente precisión para convertirla en coartada.
La segunda nota no había matado a nadie.
Pero había puesto el arma en manos del hombre que creyó estar preparando una última humillación.
Y esa, pensó Delacroix, era una forma muy elegante de asesinar a un vanidoso.