Capítulo 17 — Una segunda nota #3
Violeta estaba de pie junto a la puerta del despacho. Miró la entrada del cuaderno.
—Después del ensayo de la mañana.
—“R. A. insiste en cierre largo. M. L. corregir altura del adorno.” ¿Por qué lo anotó?
—Porque si Ramiro alargaba el cierre, el vestido de Mora podía abrirse demasiado en el costado y mostrar el broche interior. No era elegante.
—¿Y la altura del adorno?
—Si subía más, la tela acompañaba distinto.
—Entonces usted sabía con exactitud que el zapato derecho subiría más durante la pieza final.
Violeta sostuvo su mirada.
—Todos los que miraron el ensayo lo sabían.
—Pero usted lo escribió.
—Porque mi trabajo consiste en recordar lo que los artistas fingen improvisar.
La respuesta era impecable. Demasiado útil y demasiado verdadera. Delacroix siguió revisando el cuaderno. Varias páginas atrás encontró notas sobre Elena: no muchas, pero sí algunas antiguas, con otra tinta y otra presión.
Elena: zapatos blancos. Hebilla original floja. Cambiar antes de función.
Elena: ensayo lateral. Cuidado tabla derecha. Avisar M. A.
Elena: no apurar cierre. R. A. no escucha.
No había lágrimas en el papel. Solo trabajo.
Eso lo volvió más terrible. La advertencia sobre la tabla existía por escrito, aunque quizá nunca hubiera sido presentada como prueba.
Violeta había anotado la catástrofe antes de que ocurriera con la misma sobriedad con que ahora anotaba broches y botones.
Delacroix comprendió algo: para Violeta, el crimen de Elena no había sido una pasión antigua. Había sido una corrección ignorada.
—¿Matilde vio esto? —preguntó.
La dueña, que estaba cerca del escritorio, bajó la mirada.
—No.
—Me avisó de palabra —dijo Violeta—. El cuaderno era mío.
Matilde no respondió. La culpa vieja volvió a sentarse entre ellas.
Delacroix comparó la letra del cuaderno con la nota a Ramiro.
No coincidía de manera directa. La inclinación era distinta.
El ritmo, también. La nota a Ramiro parecía más suelta, más segura de su efecto.
La letra de Violeta era precisa, contenida, funcional.
Sin embargo, algunas formas de letras podían cambiarse con poco esfuerzo. No bastaba.
Siguió con las muestras. La letra de Mercedes era angular, rápida, administrativa; no se parecía a la nota a Ramiro, aunque la elegancia fría de la frase podría haberle pertenecido.
Matilde escribía con trazo amplio y algo antiguo, muy distinto.
Lisandro tenía una letra impaciente, irregular.
Mora escribía de manera firme, casi agresiva, con presión fuerte.
Anselmo apenas firmaba, y su letra parecía haber sobrevivido a varias guerras personales.
Villalba, en cambio, escribía con inclinación parecida a la nota encontrada en el camerino. Demasiado parecida a primera vista.
Montero lo notó.
—Villalba.
Delacroix no respondió. Comparó con más cuidado.
Las letras de Villalba eran elegantes, sí, pero exageradas.
Tenían voluntad de estilo incluso en un recibo.
La nota a Ramiro no tenía esa vanidad gráfica.
Era elegante por economía, no por exhibición.
Podía ser una imitación de Villalba. O podía ser de alguien que, al escribir para Ramiro, había adoptado una forma más refinada.
El asesino parecía conocer no solo a las personas, sino la manera en que las demás personas podían ser sospechadas.
—No concluyamos —dijo.
Montero suspiró.
—Me sorprendería tanto que lo hiciera que quizá pediría un médico.
Sosa, desde la mesa, levantó una mano.
—No me invoquen para asuntos espirituales.
Delacroix guardó las muestras. El cuaderno de Violeta quedó abierto por la página del ensayo de la mañana.
Allí estaba la frase que importaba: R. A.
insiste en cierre largo. M. L. corregir altura del adorno.
Cualquiera que leyera eso podía entender la mecánica, pero Violeta la había escrito.
Villalba había anotado algo parecido y su página fue robada y quemada.
La información circulaba por dos caminos: el de la mirada periodística y el del trabajo de vestuario.
Uno había perdido una página; la otra había conservado el cuaderno.
¿Por qué robar a Villalba y no a Violeta?
Porque el cuaderno de Violeta la acusaba.
La página de Villalba podía acusar a quien no debía.
—Necesito esa página —dijo Delacroix.
—Está quemada —respondió Montero.
—No toda. Y quizá no era la única copia.
Villalba, llamado de nuevo, apareció con un orgullo herido pero atento.
Delacroix le preguntó si acostumbraba pasar en limpio sus notas.
El periodista respondió que no siempre, pero que esa tarde había dejado en su abrigo un borrador anterior de algunos apuntes, porque el ambiente de El Último Farol merecía más de una versión de su inteligencia.
Montero ordenó traer el abrigo. Villalba protestó por el trato, no por el registro.
El abrigo estaba colgado cerca de la entrada, bajo custodia desde el cierre del local.
En un bolsillo interior apareció una libreta pequeña.
Villalba palideció al verla en manos del comisario.
—Esa libreta es privada.
—Ramiro también lo era y mírelo —respondió Montero.
Delacroix abrió la libreta. Había frases sueltas, descripciones, nombres. Muchas eran vanidosas. Algunas, útiles. Encontró la entrada de la tarde:
“El cierre largo favorece a R. A., expone a M. L. y obliga el adorno derecho a subir contra la pierna. Violeta observa los zapatos con más atención que la música. Ramiro sabe que el peligro se ve mejor si parece deseo. M. A. finge que no tiembla. En esta casa todos llaman arte a la repetición de una herida.”
La frase no era idéntica a la página robada, pero confirmaba lo esencial. El cambio de tempo, el adorno derecho, la pierna, la mirada de Violeta, la teatralidad de Ramiro. Delacroix siguió leyendo. Unas líneas después había otra anotación:
“R. A. lee por encima. Se ríe. Dice: ‘Si usted escribe que Mora sube la pierna, al menos hágalo con gratitud. Hay mujeres que suben por ambición y otras porque uno les deja el camino.’ V. C. oye. No reacciona. O reacciona hacia adentro, que es peor.”
Delacroix levantó la vista.
—Violeta oyó a Ramiro leer su observación sobre el adorno.
Villalba asintió, menos satisfecho ahora.
—Sí. Estaba cerca.
Violeta, en la puerta, no negó.
—Lo oí.
—¿Y entonces supo que Ramiro también lo sabía?
—Sí.
—Y que podía usarlo.
—Ramiro usaba todo.
—Después recibió la nota en el camerino —dijo Montero.
—Eso no lo sé —respondió Violeta.
Delacroix volvió a la libreta. La entrada siguiente mencionaba algo que lo hizo detenerse.
“Mercedes mira carpeta. Hoja sobre Lucía. M. L. no está. R. A. disfrutará el anuncio. M. A. lo sabe o lo teme. La tragedia necesita solo una buena mesa y un mal hombre.”
Villalba sabía más de lo que había admitido. Montero lo miró con furia.
—Usted sabía lo de la hoja.
—Sabía que había una hoja sobre Lucía. No sabía que acabaría medio quemada ni que sería evidencia de asesinato.
—Ocultó información.
—Seleccioné el momento de compartirla.
—Eso se llama ocultar.
—En periodismo se llama ritmo.