Capítulo 17 — Una segunda nota #2
—Ramiro no obedecía. Convertía la orden ajena en capricho propio y luego se felicitaba por la iniciativa.
—Entonces sí.
Mercedes apartó la mirada hacia el espejo.
—Sí.
—¿Pudo tomar la hebilla de Elena si alguien le sugirió que la usara para burlarse de Mora o Violeta? —preguntó Montero.
La mujer tardó. A veces los familiares necesitan unos segundos para decidir si proteger al muerto o decir la verdad sobre él.
—Pudo.
—¿Lo hizo?
—No lo sé.
Delacroix observó el bolsillo de la chaqueta azul colgada.
Había algo en ese camerino que todavía no encajaba.
La nota no estaba escondida como una prueba plantada por alguien con exceso de inteligencia.
Tampoco estaba guardada con el cuidado de una amenaza temida.
Ramiro la había conservado cerca del espejo.
Eso significaba que la valoró, la disfrutó o la usó como estímulo antes de salir.
¿La recibió en mano? ¿Bajo la puerta? ¿Entre las tarjetas de admiradoras?
¿En el bolsillo de su chaqueta? Si fue anónima, ¿por qué no la mostró burlándose?
Tal vez porque la crueldad propuesta exigía secreto.
A Ramiro le gustaba humillar, pero también le gustaba controlar el momento de revelación.
—¿Ramiro le dijo algo extraño antes de la función? —preguntó.
Mercedes respiró hondo.
—Muchas cosas.
—Algo relacionado con Elena o los zapatos.
—Dijo que Violeta iba a tener un motivo para santiguarse sin iglesia. Le pregunté qué quería decir. Dijo que nada, que las viejas de los teatros necesitan fantasmas para no morirse de aburrimiento. Pensé que era una de sus crueldades habituales.
—¿Cuándo?
—Después de estar en su camerino. Antes de entrar al de Mora.
—¿Tenía algo en la mano?
Mercedes miró hacia el pañuelo guardado por Sosa.
—El pañuelo. Creo. Lo sacó, se limpió los dedos y lo dobló. Yo le dije que dejara de tocar cosas sucias antes de salir. Pensé que hablaba de maquillaje o de polvo.
—¿Los dedos? —preguntó Delacroix.
—Sí. Se frotaba el pulgar y el índice. Como si tuviera pegamento.
Sosa se acercó un paso.
—¿Qué mano?
Mercedes cerró los ojos, reconstruyendo con visible esfuerzo.
—La izquierda.
La izquierda otra vez. Ramiro con el pañuelo en la mano. Ramiro agachado detrás de la cortina. Ramiro cerrando la mano izquierda durante el baile. Ramiro frotándose los dedos como si tuviera pegamento. Delacroix sintió que el hilo, al fin, no era solo negro y material. Era una secuencia de gestos.
—¿Se lavó las manos? —preguntó.
—No. No había tiempo. Se limpió con el pañuelo y se acomodó el bolsillo. Después discutió con Mora o fue a su camerino. No recuerdo el orden exacto.
—¿Quién más vio eso?
—Violeta quizá. Estaba cerca con la chaqueta. Un camarero tal vez. No sé.
Montero escribió con rapidez.
—No lo mencionó antes.
Mercedes lo miró con una irritación agotada.
—Porque hasta hace cinco minutos mi hermano limpiándose los dedos no parecía una revelación divina. ¿Quiere también que recuerde cada vez que respiró por la nariz?
—Si respiró veneno, sí.
Mercedes no respondió. Delacroix la dejó ir, aunque Montero ordenó que no se alejara del salón.
Luego llamó a Violeta. La vestuarista entró en el camerino de Ramiro con una expresión difícil.
No era miedo. Era repulsión. Aquel cuarto, con los objetos del hombre que había muerto, debía de resultarle más ofensivo ahora que cuando él lo ocupaba.
Delacroix le mostró la nota.
Violeta la leyó. No dijo nada. Esa falta de respuesta duró demasiado.
—¿La reconoce? —preguntó Montero.
—No.
—¿La escribió usted?
—No.
—Miente muy poco para alguien tan sospechosa —dijo el comisario.
—Es que la verdad ya me acusa bastante. No necesito ayudarle.
Delacroix se acercó un poco.
—Ramiro le dijo, antes de salir, que esta noche hasta su hija tendría un buen lugar desde donde mirar.
—Sí.
—¿Le vio las manos?
—No.
—Mercedes dice que se limpiaba los dedos con el pañuelo. Mano izquierda.
—Puede ser.
—¿Tenía pegamento?
—No lo sé.
—¿Usted lo notó nervioso?
Violeta miró hacia el espejo. Tal vez veía allí el reflejo de Ramiro acomodándose el cabello, la chaqueta, el pañuelo, la crueldad.
—Lo noté excitado. No nervioso.
—¿Excitado por qué?
—Por hacer daño. Ramiro tenía una manera muy particular de respirar cuando estaba a punto de lastimar a alguien y sabía que ese alguien entendería tarde.
—¿A quién iba a lastimar?
—A Mora. A mí. A Matilde. A Elena, si pudiera. Ramiro no elegía una sola persona cuando podía salpicar a varias.
Delacroix guardó silencio. La frase era exacta.
La nota a Ramiro prometía precisamente eso: usar los zapatos, el lugar de Mora y lo que Elena no había usado.
Un solo gesto podía humillar a Mora, profanar a Elena, herir a Violeta y confirmar el dominio de Ramiro sobre todos los cuerpos femeninos de su historia.
Era una tentación perfecta para él. Y, si esa tentación llevaba veneno, también era una trampa perfecta.
—Si Ramiro tomó la hebilla de Elena —dijo Delacroix—, ¿dónde la encontró?
Violeta cerró los ojos.
—En la caja.
—¿Pudo abrirla él?
—Sí.
—¿Conocía la escalera del depósito?
—Sí.
—¿Tenía llave del altillo?
—No necesitaba llave si subía por el depósito. La caja no tenía cerradura. Solo cinta.
—¿Por qué no la puso bajo llave?
La pregunta fue más dura de lo que parecía. Violeta la recibió con un parpadeo lento.
—Porque pensé que el respeto alcanzaba.
No había nada que responder a eso. El respeto rara vez alcanza cuando las personas empiezan a creer que el pasado puede servirles de herramienta.
—¿Ramiro sabía que la hebilla era especial? —preguntó Montero.
—Sí. Se lo dije hace años. Me preguntó por qué guardaba una hebilla rota. Le dije que Elena quería usarla en su noche. Él dijo que el mal gusto también podía heredarse. Después no volvió a preguntarme.
—Pero lo recordaba —dijo Delacroix.
—Ramiro recordaba todo lo que podía usar para herir más tarde.
Violeta devolvió la nota al escritorio. Delacroix observó sus dedos.
No temblaban, pero estaban blancos en las articulaciones.
Si ella había escrito la nota, acababa de enfrentarla con una serenidad notable.
Si no, acababa de leer una invitación a la profanación de su hija escrita por otra mano y destinada al hombre que la destruyó.
Ninguna de las dos posibilidades la absolvía.
Ambas la hacían más peligrosa o más dañada.
—¿Quién más sabía de la hebilla? —preguntó.
—Ya se lo dije. Matilde. Anselmo quizá. Mora sabía de los zapatos, no sé si de la hebilla. Mercedes pudo saberlo por Ramiro. Villalba pudo saberlo por husmear. Lisandro pudo oírlo. En esta casa, hasta las paredes escuchan y luego se descascaran para no declarar.
Montero le permitió salir. Delacroix se quedó mirando la nota.
La colocó junto a las anteriores. Las cuatro notas enviadas a Matilde y la nota hallada en el camerino de Ramiro parecían pertenecer a una misma obra, pero no necesariamente al mismo acto.
Las primeras preparaban al público, a la casa, a la futura investigación.
La nueva preparaba a la víctima. Una escribía el destino desde fuera; la otra lo colocaba en las manos de Ramiro.
El asesino, si ambas notas procedían de la misma inteligencia, había hecho algo más sofisticado que anunciar una muerte: había repartido papeles.
A Matilde le entregó miedo.
A Mora, sospecha.
A Violeta, memoria.
A Ramiro, tentación.
—Quiero comparar las letras con algo escrito por todos —dijo Delacroix.
Montero soltó una risa seca.
—¿Ahora sí quiere literatura?
—Quiero listas, firmas, notas de trabajo, contratos, recibos, cualquier papel escrito por Matilde, Mercedes, Violeta, Mora, Lisandro, Villalba, Anselmo y los empleados principales.
—Eso llevará tiempo.
—El asesino también lo tomó.
Montero dio la orden. El salón recibió la noticia con una mezcla de irritación y pánico menor.
A nadie le gusta entregar su letra en una casa donde la tinta ha empezado a matar.
Villalba protestó por principio y ofreció luego cinco muestras distintas de su caligrafía con una vanidad que casi anulaba la protesta.
Mercedes entregó firmas de contrato. Matilde, registros del bar.
Lisandro escribió su nombre y una frase dictada por Montero con la torpeza de quien siente que cada trazo puede ser una confesión.
Mora, desde el camerino, escribió unas líneas sentada frente al espejo, descalza, con la pluma tomada demasiado fuerte.
Anselmo tardó en aceptar porque dijo que los músicos decentes no escriben cuando pueden maldecir, pero finalmente firmó una partitura vieja. Violeta entregó un cuaderno de medidas.
Ese cuaderno interesó a Delacroix antes incluso de abrirlo.
Era pequeño, gastado, con tapas negras y esquinas vencidas.
Violeta lo entregó sin resistencia, pero sus ojos lo siguieron.
Dentro había nombres, medidas, fechas, arreglos, notas sobre vestidos, zapatos, chaquetas, colores, alturas de tacón, dobladillos y observaciones prácticas.
La letra era firme, apretada, inclinada apenas a la izquierda.
No se parecía de forma evidente a las notas anónimas, pero eso no significaba nada.
La letra natural rara vez se parece a la letra de quien desea ocultarse.
Lo que sí llamó la atención de Delacroix fue otra cosa: Violeta medía los espacios con una regularidad exacta.
Sus líneas no invadían márgenes. Sus palabras mantenían distancias casi constantes.
Igual que en las notas anónimas originales.
No dijo nada.
Siguió leyendo.
Mora Ledesma: zapato derecho. Hebilla cedida. Reforzar tira exterior.
Ramiro Acuña: chaqueta negra. Botón superior flojo. Pañuelo blanco.
Ramiro Acuña: no usar chaqueta azul. Lo envejece.
Mora Ledesma: vestido oscuro. Broche espalda. Revisar antes de final.
R. A.: insiste en cierre largo. M. L. corregir altura del adorno.
Delacroix se detuvo en esa última línea.
—¿Cuándo escribió esto? —preguntó.