Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 17 — Una segunda nota
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Capítulo 17 — Una segunda nota

La posibilidad de que Ramiro Acuña hubiera tocado, envuelto o limpiado una parte del mecanismo antes de morir no alivió a nadie.

Al contrario: volvió más espesa la noche.

Hasta entonces, la víctima había sido un cuerpo sobre el escenario, una vanidad interrumpida, un hombre rodeado de razones ajenas para matarlo.

Ahora empezaba a convertirse en algo menos cómodo: un participante parcial de su propia caída, no necesariamente por deseo de morir, sino por esa forma particular de crueldad que lo llevaba a manipular objetos, frases y personas sin creer jamás que el mundo pudiera devolverle la mano con la misma precisión.

Delacroix conocía ese tipo de hombres. No son suicidas.

Son peores para una investigación: se acercan demasiado a la trampa porque están convencidos de que toda trampa ha sido dispuesta para que otro caiga.

El pañuelo y el zapato de prueba fueron llevados de nuevo al despacho bajo custodia de Sosa.

La fibra de lino hallada en la suela del zapato no demostraba que Ramiro hubiera preparado el mecanismo, pero sí que el pañuelo de Ramiro y aquel zapato de costura habían estado en contacto.

Eso bastaba para alterar la dirección de todas las miradas.

Violeta Cárdenas seguía siendo dueña del zapato de prueba, de la caja de agujas, del hilo, del cuarto de costura y de demasiados recuerdos vinculados a Elena.

Mora seguía siendo la mujer del roce, del motivo recién confirmado, de la humillación contractual y de la caída en sus brazos.

Pero Ramiro, con su pañuelo manchado, con su presencia detrás de la cortina, con la frase dirigida a Violeta antes de salir —“Esta noche, hasta su hija tendrá un buen lugar desde donde mirar”—, ya no podía permanecer quieto en el papel de víctima inocente.

La muerte lo había silenciado; sus objetos, en cambio, empezaban a hablar con una insolencia muy suya.

Montero decidió revisar el camerino de Ramiro con una minuciosidad que hasta ese momento se había pospuesto por la urgencia del cadáver, el zapato de Mora y la caja de Elena.

Delacroix estuvo de acuerdo. Si Ramiro había intervenido en algo antes de la función, el rastro debía buscarse allí: en la habitación donde se vistió, bebió, recibió a Mercedes, discutió con su reflejo y quizá guardó o retiró el pañuelo antes de salir al escenario.

El camerino de hombres estaba frente al de Mora, aunque parecía pertenecer a otro teatro.

No porque fuera más grande —apenas lo era—, sino porque Ramiro lo había ocupado con una autoridad que persistía incluso en su ausencia.

Había una chaqueta azul colgada en una percha, dos camisas dobladas con mala paciencia sobre una silla, una botella de ginebra medio vacía, una copa, un peine, pomada para el cabello, una caja de fósforos, un espejo manchado por el humo y varias tarjetas de admiradoras apiladas sin cuidado.

Sobre el tocador descansaba una fotografía reciente de Ramiro con Mora, firmada por ambos para alguna función pasada.

La firma de Mora parecía firme; la de Ramiro, más grande, invadía parte del vestido de ella.

—Hasta su firma pisa a los demás —dijo Montero.

—Algunos hombres no distinguen entre espacio y conquista.

Sosa, que había aceptado acompañarlos solo después de protestar por la proliferación de habitaciones sospechosas, revisó la copa y la botella sin entusiasmo.

—Varios han bebido de esto, según el camarero. No descarto nada, pero por la punción y los residuos sigo prefiriendo el zapato como vía principal. Preferir, en medicina forense improvisada dentro de un bar, significa apenas que una hipótesis me insulta menos que las otras.

—Gracias por la claridad —dijo Montero.

—No era claridad. Era resignación.

Delacroix no participó. Estaba observando el espejo.

En el marco de madera oscura había marcas de dedos, pequeños restos de polvo y una esquina donde el barniz estaba más gastado.

Ramiro debía de apoyarse allí mientras se arreglaba el cabello o se miraba con la concentración de quien convierte el reflejo en público anticipado.

Cerca de la base del espejo, semioculto detrás de un frasco de pomada, había un trozo de papel doblado.

No llamaba la atención. Precisamente por eso la llamó.

Lo tomó con un pañuelo.

—Comisario.

Montero se acercó. Sosa levantó una ceja.

—Por favor, que no sea otra nota —dijo el médico—. Empiezo a pensar que esta casa no escribe cartas; destila amenazas.

Delacroix desplegó el papel. Era de mejor calidad que las notas anónimas recibidas por Matilde. No tenía la misma letra. O, mejor dicho, tenía una letra menos deformada, más rápida, inclinada hacia la derecha, con trazos elegantes pero no teatrales. Había apenas dos líneas:

Si quiere que Mora recuerde su lugar, no le quite los ojos a los zapatos.

Elena no usó lo que dejó preparado. Tal vez esta noche sirva por fin.

Durante unos segundos nadie habló. La frase era demasiado precisa, demasiado íntima y demasiado cruel.

No estaba dirigida al público, ni a Matilde, ni a la policía.

Estaba dirigida a Ramiro. No anunciaba una muerte.

Anunciaba una burla. O una tentación. Le hablaba en su propio idioma: Mora, su lugar, los zapatos, Elena como material reutilizable para una humillación tardía.

Delacroix sintió que la habitación se estrechaba alrededor del papel.

—Esta no es como las otras —dijo Montero.

—No.

—¿La escribió el mismo autor?

—Tal vez no.

—¿Tal vez?

Delacroix acercó la nota a la luz. La tinta era negra, pero más fluida.

La presión, distinta. Las otras notas habían sido forzadas para ocultar la mano; esta parecía menos preocupada por disimularse o quizá estaba escrita por alguien que sabía imitar otra forma de naturalidad.

La frase, sin embargo, pertenecía al mismo universo simbólico: zapatos, Elena, mujer humillada.

No era una amenaza al estilo de “antes del último acorde”.

Era una provocación diseñada para que Ramiro actuara.

—Pudo recibirla antes de la función —dijo Delacroix.

—Y por eso fue al altillo —añadió Montero.

—O al cuarto de costura. O detrás de la cortina. O a todos esos sitios.

Sosa tomó la nota con la pinza después de que Delacroix la colocara sobre un papel limpio.

—Si esa frase hizo que Ramiro tomara algo de Elena, entonces el muerto colaboró sin entender la obra completa.

—Eso parece.

—Una manera muy suya de morir, según lo que he oído.

Montero miró alrededor del camerino.

—¿Dónde encontró esto?

—Detrás de la pomada, junto al espejo.

—No estaba escondida de manera seria.

—No. Estaba apartada.

—Como si Ramiro la hubiera leído y dejado ahí.

—O como si alguien la hubiera colocado allí para que la encontráramos después.

El comisario soltó una exhalación cansada.

—Nada puede estar simplemente donde está.

—En un crimen, casi nada.

Delacroix volvió a leer la segunda línea: “Elena no usó lo que dejó preparado. Tal vez esta noche sirva por fin.” Si la frase se refería a la hebilla de Elena, Ramiro pudo interpretar que había una forma de usarla para humillar a Mora o a Violeta durante la función.

¿Cómo? Quizá colocando la hebilla o una pieza visible en el zapato de Mora, para hacerle sentir que bailaba con un recuerdo de Elena sin saberlo.

Quizá dejando el zapato de prueba en escena.

Quizá mostrándole a Violeta, antes de salir, que había profanado la caja.

La crueldad de Ramiro podía haber completado la preparación del asesino mejor que cualquier instrucción directa.

—¿Quién podía dejar esta nota aquí? —preguntó Montero.

—Cualquiera que entrara al camerino de Ramiro antes de la función.

—Otra vez todos.

—No todos. Esta nota exige conocer a Ramiro de manera muy precisa. No solo saber que era cruel, sino saber qué clase de crueldad le resultaría irresistible.

Sosa señaló la frase con un gesto mínimo.

—“Si quiere que Mora recuerde su lugar.” Eso no parece escrito por alguien que quiera matar a Ramiro. Parece escrito por alguien que quiere tentarlo a dañar a Mora.

—O por alguien que sabe que Ramiro no resistirá la tentación —dijo Delacroix.

Montero dobló los brazos.

—Violeta.

—Violeta habría invitado a Ramiro a tocar algo de Elena, sabiendo que eso lo atraería.

—Sí.

—Y luego habría usado ese mismo gesto para matarlo.

—Quizá.

—Pero eso significaría que necesitaba la colaboración de Ramiro.

—No la colaboración. Su carácter.

El comisario calló. La diferencia era importante.

La colaboración requiere confianza. El carácter, en cambio, puede ser usado contra alguien sin avisarle.

Delacroix pensó en la forma en que Ramiro había leído las notas de Villalba, tocado el zapato de Mora, esperado detrás de la cortina, cerrado la mano durante el baile.

El asesino no necesitaba dominar todos sus movimientos si podía prever la dirección de su vanidad.

—Llamemos a Mercedes —dijo Montero.

Delacroix no se opuso. La hermana de Ramiro había estado en el camerino esa tarde, había administrado sus papeles, había conocido la sustitución de Mora y, sobre todo, conocía las reacciones de su hermano mejor que casi todos.

Entró con el gesto cada vez más rígido de quien siente que cada nueva convocatoria reduce su distancia respecto del crimen.

Montero le mostró la nota.

Mercedes la leyó una vez. Luego otra. El rostro no le cambió de inmediato. Pero los dedos se cerraron sobre el borde de la mesa.

—¿La reconoce? —preguntó el comisario.

—No.

—¿La letra?

—No.

—¿La frase?

Mercedes levantó la vista.

—La frase es Ramiro sin estar escrita por Ramiro.

—Explíquese —dijo Delacroix.

—Es exactamente el tipo de frase que él habría querido pensar. Eso no significa que la escribiera. Significa que quien la escribió sabía qué parte de él debía acariciar. Mora en su lugar. Elena usada por fin. Los zapatos. Es una invitación repugnante, pero eficaz.

—¿Ramiro habría obedecido?