Capítulo 16 — El zapato que no debía estar allí #4
—Ramiro leyó la nota de Villalba sobre el cambio de tempo.
Sabía que Mora iba a ser reemplazada. Tocó su zapato en el camerino para burlarse.
Fue visto agachado detrás de la cortina con el pañuelo.
Cerró la mano izquierda durante el baile.
Miró hacia Violeta antes de caer. Su pañuelo aparece manchado.
Hay un zapato de prueba escondido donde él estuvo.
—Está muerto.
—Eso no lo vuelve incapaz de haber tocado el mecanismo antes.
—¿Sugiere que se mató solo?
—No. Sugiero que el asesino quizá permitió que Ramiro colaborara sin saberlo. O que Ramiro quiso usar una trampa pequeña contra Mora y alguien la convirtió en mortal.
Montero se quedó callado. Era una idea desagradable, pero Ramiro Acuña había demostrado, incluso a través de los vivos, ser la clase de hombre capaz de jugar con objetos, símbolos y humillaciones sin medir consecuencias.
¿Pudo colocar una pieza en el zapato de Mora para hacerle sentir un pinchazo, arruinar un paso, acusarla de torpeza, convertir la despedida en un último dominio?
¿Pudo tomar una hebilla de Elena para burlarse de Violeta y de Mora al mismo tiempo?
¿Pudo el asesino, sabiendo eso, impregnar la pieza con veneno?
La posibilidad era compleja, pero no imposible.
Y tenía una virtud: explicaba por qué el pañuelo de Ramiro estaba manchado y por qué la víctima parecía haber tenido una relación con el mecanismo antes de morir.
Delacroix regresó detrás de la cortina. Miró el suelo donde apareció el zapato de prueba.
Imaginó a Ramiro agachado, pañuelo en mano, tal vez recogiendo algo, tal vez envolviéndolo, tal vez escondiendo el zapato, tal vez riéndose de una broma que solo él entendía.
Imaginó luego la entrada de Mora, el abrazo, el roce, el pinchazo, la sonrisa que corrige el dolor porque el orgullo no permite otra cosa.
Imaginó la mano izquierda cerrándose, no sobre el arma, quizá, sino sobre la necesidad de no tocar la herida.
El cuerpo de Ramiro había cooperado con su asesino de la manera más ramiriana posible: negándose a admitir que estaba en peligro.
Violeta se acercó al borde del pasillo.
—Ramiro estaba detrás de la cortina antes de salir —dijo.
—Sí.
—Entonces él pudo tocar ese zapato.
—Pudo.
—Pudo traerlo de mi cuarto.
—Pudo.
—Pudo robar la hebilla de Elena.
Delacroix la miró.
—Pudo.
Violeta respiró hondo. Durante un instante pareció que aquella posibilidad le ofrecía alivio. Luego el alivio se volvió algo más oscuro. Si Ramiro había robado la hebilla de Elena para una burla, incluso su muerte no alcanzaba a cerrar la ofensa.
—No —dijo ella.
—¿Por qué?
—Porque Ramiro habría querido que yo lo supiera. Si hubiera tocado la hebilla de Elena, si la hubiera puesto en el zapato de Mora, si hubiera preparado una crueldad con eso, habría buscado mi cara antes de que empezara la música. Habría necesitado verme entender.
—Tal vez lo hizo.
Violeta recordó. Su rostro cambió apenas.
—Antes de salir, me dijo algo.
—¿Qué?
La vestuarista tardó.
—Me dijo: “Esta noche, hasta su hija tendrá un buen lugar desde donde mirar.”
El silencio que siguió no pertenecía a la investigación. Pertenecía a Elena.
Delacroix sintió que una puerta se abría, pero no hacia la solución, sino hacia un cuarto aún más oscuro.
Ramiro había invocado a Elena justo antes de bailar.
Había estado agachado detrás de la cortina con el pañuelo.
Un zapato de prueba de Violeta apareció allí.
Una hebilla de Elena faltaba. El pañuelo de Ramiro estaba manchado por la sustancia del crimen.
—¿Por qué no lo dijo antes? —preguntó Montero, aunque esta vez con menos dureza.
Violeta no apartó los ojos del escenario.
—Porque si repitiera cada crueldad de Ramiro, no quedaría noche para su muerte.
Delacroix la creyó. Al menos en eso. Pero creer no bastaba. Nunca bastaba.
Desde el despacho, Sosa llamó.
—Monsieur Delacroix.
El detective se volvió.
—¿Qué ocurre?
El médico apareció con el pañuelo de Ramiro en una mano enguantada y el zapato de prueba en la otra bandeja.
—Hay una fibra blanca atrapada en el corte de la suela del zapato de prueba. Lino. Casi seguro del pañuelo.
Montero miró a Delacroix.
La conexión ya no era una idea.
El zapato de prueba y el pañuelo de Ramiro se habían tocado.
Delacroix observó la cortina, el escenario, la entrada donde Ramiro había esperado, el sitio donde Mora había salido a bailar y el camino invisible que un objeto pequeño había recorrido entre el pasado de Elena y la muerte de Ramiro.
—Entonces —dijo—, antes de que Ramiro muriera, alguien envolvió o limpió algo de ese zapato con su pañuelo.
—O Ramiro lo hizo —añadió Montero.
Delacroix miró hacia Violeta. Ella no bajó los ojos.
—Sí —dijo—. O Ramiro lo hizo.
La noche, que hasta ese momento parecía empeñada en acusar a las mujeres que Ramiro había dejado heridas, acababa de devolverles una pregunta incómoda a sus propias manos.
Y, por primera vez, Delacroix tuvo la sensación de que la víctima empezaba a declarar.