Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 16 — El zapato que no debía estar allí #3
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Capítulo 16 — El zapato que no debía estar allí #3

Mercedes se acercó desde el salón sin esperar autorización. Montero iba a detenerla, pero Delacroix lo permitió. La hermana de Ramiro miró el zapato con desagrado.

—Lo he visto antes.

—¿Dónde? —preguntó Montero.

—En el cuarto de costura. Sobre la mesa. Esta tarde.

Violeta giró hacia ella.

—¿Cuándo?

—Cuando fui a buscar a Ramiro. Usted no estaba. Había varios zapatos sobre la mesa. Ese, creo, era uno.

—¿Entró a mi cuarto?

—Toqué la puerta. Nadie respondió.

—Entonces no entró. Invadió.

Mercedes no se molestó en disculparse.

—Buscaba a mi hermano.

—Ramiro no cabía en mis cajones.

—No esté tan segura. Ramiro cabía en cualquier sitio donde pudiera arruinar algo.

La frase, inesperadamente, tuvo algo de verdad compartida. Violeta no respondió. Delacroix aprovechó.

—¿Vio el zapato ya manipulado? ¿Con una marca en la hebilla?

Mercedes frunció el ceño.

—No me dedico a inspeccionar zapatos ajenos.

—Esta noche quizá debería haber empezado antes.

—Vi zapatos, hilo, una caja abierta de botones, un frasco oscuro. Nada más.

—¿Un frasco oscuro?

Violeta se tensó.

—Pegamento.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Delacroix a Mercedes.

—Porque olía a pegamento.

Sosa, que seguía con la bandeja, murmuró:

—En este lugar todo huele a pegamento, tabaco y malas decisiones.

Delacroix miró a Violeta.

—¿Qué frascos había sobre su mesa esta tarde?

—Pegamento, barniz, tinte negro, alcohol para limpiar cuero. Lo normal.

—¿Faltaba alguno después?

—No lo revisé.

—Lo revisaremos ahora.

El cuarto de costura volvió a convertirse en centro.

Montero, Sosa, Delacroix, Violeta y un agente entraron en la habitación estrecha.

Mercedes quedó afuera, aunque protestó. Mora volvió al camerino, más pálida que antes.

La aparición del zapato de prueba la había afectado de manera distinta a la hoja del contrato.

El contrato confirmaba una humillación. El zapato confirmaba que alguien había trabajado su condena con paciencia.

Sobre la mesa del cuarto de costura había frascos, herramientas, retazos.

Violeta señaló cada uno con precisión: pegamento, barniz, tinte, alcohol, grasa para cuero, una pequeña botella de esencia usada para disimular olores fuertes en trajes que no podían lavarse con frecuencia.

Sosa los revisó uno por uno. Ninguno llevaba etiqueta completa.

La vida cotidiana rara vez piensa en futuros juicios.

Delacroix observó la disposición de los objetos.

Había un espacio libre en la mesa, rectangular, como si algo hubiese estado allí y hubiera sido retirado.

No era grande: el tamaño de una caja pequeña o de un libro.

—¿Qué faltaba aquí? —preguntó.

Violeta miró el espacio.

—Nada.

—No respondió qué estuvo.

—Una caja de agujas. La guardé en el estante.

—¿Cuándo?

—No recuerdo.

Delacroix se acercó al estante. La caja de agujas estaba allí, cerrada.

La abrió con un paño. Agujas de distintos tamaños, alfileres, una lezna pequeña, dos piezas de metal para hebillas, un carrete de hilo negro.

Faltaba, en un compartimento, un espacio delgado.

Violeta miró el mismo hueco y endureció el rostro.

—Ahí había una aguja larga —dijo.

—¿De qué tipo?

—Para cuero. Fina, pero resistente.

—¿Cuándo la vio por última vez?

—No lo sé.

—Esta respuesta empieza a hacerle daño.

—Lo sé.

Montero se acercó.

—¿Una aguja así pudo servir para el mecanismo?

Sosa tomó otra aguja de la caja y la comparó mentalmente con el orificio del zapato de prueba.

—No exactamente como arma si se usa entera. Pero cortada, afilada o montada en una pieza de hebilla, sí. O pudo servir para perforar el cuero y preparar el hueco.

—¿Falta solo esa? —preguntó Delacroix.

Violeta revisó sin tocar demasiado.

—Sí.

—¿Alguien más usa esta caja?

—Cuando me piden permiso, no. Cuando no estoy, por lo visto, la ciudad entera.

La ironía no ocultaba el golpe. Un zapato de prueba de su cuarto, una aguja faltante, hilo de su caja, pegamento, barniz, una hebilla de Elena desaparecida.

La acusación volvía a acercarse a Violeta con una insistencia casi grosera.

Delacroix la miró. Si ella era culpable, debía de estar representando muy bien la indignación de una mujer saqueada.

Si no lo era, el asesino había construido una jaula con objetos de su oficio y recuerdos de su hija.

—¿El frasco oscuro que vio Mercedes era este? —preguntó Sosa.

Señalaba el tinte negro. Violeta asintió.

—Probablemente.

El médico lo abrió, olió con prudencia y frunció el ceño.

—Tinte. Fuerte. Amargo. Podría confundirse con algunas de las muestras por olor, pero no por textura. Necesito revisarlo mejor.

Delacroix se inclinó hacia la mesa. Había una marca circular en la madera, cerca del espacio de la caja de agujas. Una mancha reciente, más oscura en el borde. Tomó un papel y la tocó. Pegajosa. Sosa la guardó también.

—Alguien trabajó aquí —dijo Montero.

—Sí —respondió Delacroix.

—Con sus herramientas.

—Sí.

—Con su zapato de prueba.

—Sí.

—Con una aguja que falta.

—Sí.

—Con una hebilla de su hija.

Delacroix no respondió enseguida. Violeta tampoco. La frase cayó sobre ella con una violencia que ya no necesitaba elevación de voz.

—Quizá —dijo finalmente el detective.

Montero lo miró, exasperado.

—¿Qué más necesita?

—La hebilla.

—Tal vez está en el cuerpo.

—Sosa no la encontró.

—En el escenario.

—No apareció.

—En el pañuelo.

—Ya no está.

—Entonces alguien la tiene.

—O la destruyó. O la arrojó. O nunca fue la hebilla que creemos.

Violeta levantó la vista.

—Era la hebilla de Elena.

Delacroix se volvió hacia ella.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque falta.

—Eso prueba que falta una hebilla. No que esa hebilla matara a Ramiro.

La vestuarista pareció odiarlo por la precisión. No era la primera vez esa noche que la exactitud sonaba como una falta de respeto al dolor.

—¿Cree que inventé que faltaba? —preguntó.

—No. Creo que alguien pudo contar con que usted lo dijera.

La frase la dejó callada. Montero también guardó silencio. Sosa seguía examinando el frasco de tinte. La habitación estrecha parecía volverse aún más pequeña.

Delacroix salió al pasillo para respirar un aire que no oliera a pegamento.

Desde allí vio el salón, el escenario, el camerino de Mora, la puerta del despacho, la mesa de Villalba, la postura de Lisandro, la rigidez de Mercedes, la figura de Matilde junto al piano.

Todo estaba conectado por pasos cortos. Un crimen así no necesitaba grandes desplazamientos.

Solo necesitaba que las personas se movieran según sus costumbres.

Violeta al cuarto de costura. Mora al camerino.

Ramiro a la burla. Mercedes a la carpeta.

Matilde al control. Anselmo al tempo. Villalba a la nota.

Lisandro a la sombra. El asesino, quizás, no había hecho otra cosa que aprovechar una coreografía que la casa ensayaba desde hacía años.

El agente que custodiaba el pasillo se acercó.

—Monsieur Delacroix.

—Sí.

—El camarero joven quiere hablar. Dice que vio algo antes de la función, pero no sabía si importaba.

Delacroix miró a Montero. El comisario hizo un gesto de agotamiento esperanzado, una expresión rara pero comprensible a esas horas.

El camarero era el mismo que había dejado entrar a Delacroix por la mañana, el que fingía no escuchar.

Se llamaba Julián, según dijo con una voz que intentaba mantenerse firme.

Tenía las manos nerviosas y el rostro de quien ha pasado la noche comprendiendo que fingir no escuchar puede convertirse en culpa si uno ha oído demasiado tarde.

—Antes de la pieza final —dijo—, vi a monsieur Ramiro detrás de la cortina.

—Eso no es extraño —dijo Montero.

—No, señor. Pero estaba agachado.

Delacroix se irguió apenas.

—¿Agachado dónde?

—Cerca de donde encontraron el pañuelo. Pensé que se le había caído algo. Luego se levantó rápido cuando oyó pasos.

—¿Qué tenía en la mano?

—No vi bien. Algo blanco. Creí que era el pañuelo.

—¿Antes de salir a bailar?

—Sí. Unos minutos antes. Mora todavía no había llegado al lateral. Violeta estaba en el pasillo. La señora Mercedes lo llamaba desde la entrada del salón.

Montero miró a Delacroix.

—¿Ramiro con el pañuelo en la mano detrás de la cortina?

Julián asintió.

—Me dijo que me fuera a servir mesas y que dejara de parecer estatua. Yo me fui.

—¿Vio el zapato de prueba allí? —preguntó Delacroix.

El camarero frunció el ceño.

—No. Creo que no. Pero él estaba tapando el suelo con el cuerpo. Pudo haber algo.

—¿Lo vio tocar su pierna?

—No. Se guardó algo en el bolsillo o se acomodó la chaqueta. No sé.

—¿Qué bolsillo?

Julián dudó.

—El izquierdo. Creo.

Otra vez creer. Otra vez la izquierda. Villalba había visto a Ramiro cerrar la mano izquierda durante el baile.

El pañuelo apareció detrás de la cortina.

El camarero lo vio agachado antes de salir, con algo blanco en la mano.

Eso devolvía una posibilidad inquietante: Ramiro, antes de bailar, había manipulado algo en el mismo sitio donde luego apareció el zapato de prueba.

¿Era víctima, cómplice de una broma cruel, o un hombre que encontró una parte de la trampa y no entendió su alcance?

—¿Por qué no lo dijo antes? —preguntó Montero.

Julián bajó la mirada.

—Porque pensé que no era nada. Después pensé que si lo decía parecería que yo había estado donde no debía. Y después todos empezaron a hablar de Mora, de Violeta, de la hebilla. No sabía cómo entrar en una conversación de gente importante.

La respuesta era triste y creíble. En El Último Farol, como en tantos lugares, los empleados veían mucho y hablaban poco porque la dignidad de los demás solía pagarse con sus silencios.

Delacroix le agradeció y pidió que permaneciera disponible. Cuando el camarero se retiró, Montero se acercó.

—Ramiro pudo esconder el zapato.

—O encontrarlo.

—O preparar algo.

—O creer que preparaba una humillación menor.

—¿Sigue pensando en eso?

Delacroix miró hacia el escenario.