Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 16 — El zapato que no debía estar allí #2
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Capítulo 16 — El zapato que no debía estar allí #2

No el de Mora. No uno de los zapatos blancos de Elena.

No el par de ensayo que la bailarina había usado para la reconstrucción.

Era un zapato de baile negro, de mujer, derecho, solo uno, con el cuero gastado y el tacón más bajo que el de Mora por una diferencia mínima.

Estaba colocado de lado, casi escondido bajo el pliegue de la cortina, como si alguien lo hubiese empujado con el pie para apartarlo de la vista.

No estaba cubierto de polvo de meses. Tampoco parecía recién caído.

Delacroix lo tomó con un paño y lo levantó.

Violeta dejó escapar aire, no como sorpresa teatral, sino como reconocimiento involuntario.

—Ese zapato no debería estar ahí —dijo.

Montero la miró.

—¿Lo conoce?

—Es de la casa. Del cuarto de costura. Un zapato de prueba.

—¿De prueba para qué?

—Para ajustar altura, hebillas, tiras. A veces no se puede tener el zapato de una bailarina toda la tarde. Se usa uno parecido para medir.

Delacroix examinó el borde exterior. Había una marca en la suela, una incisión mínima, parecida a la que Sosa había encontrado en el zapato derecho de Mora.

No igual, pero lo bastante cercana para que el cuerpo entero del caso cambiara de posición.

En la cara interna de la hebilla vieja había un orificio irregular, más burdo que el del zapato de Mora, como si alguien hubiera ensayado allí antes de atreverse al objeto definitivo.

El cuero alrededor estaba rayado. Había restos de hilo negro y una mancha oscura casi seca junto al borde.

—Doctor Sosa —llamó Delacroix.

El médico, que había quedado cerca del despacho, acudió con la expresión de quien sabía que la noche no había terminado de humillarlo. Al ver el zapato, no dijo nada. Eso ya fue una respuesta. Se inclinó, observó la suela, la hebilla, el orificio y la mancha. Luego miró a Violeta.

—¿Esto estaba en su cuarto de costura?

—Sí.

—¿Cuándo lo vio por última vez?

La vestuarista tardó. Ese segundo fue suficiente para que Montero afilara la mirada.

—No lo sé. Hay muchos zapatos viejos.

—Piense —dijo Delacroix.

—Esta mañana quizá. O ayer. Estaba en una caja baja, junto a los retazos de cuero.

—¿Quién podía tomarlo?

—Cualquiera que entrara en el cuarto.

—¿Quién entra?

Violeta sonrió sin alegría.

—Todos cuando necesitan algo y nadie cuando hay que ordenar.

Sosa tocó con la punta de una varilla la marca de la hebilla.

—Aquí también se colocó algo. O se intentó colocar.

—¿Un ensayo? —preguntó Montero.

—Parece.

La palabra cayó con más peso que muchas certezas.

Un ensayo. El crimen había sido ensayado.

No solo la pieza de tango, no solo la coreografía, no solo el espectáculo.

Alguien había probado el mecanismo en un zapato que no iba a usarse, quizá para comprobar la altura, el ángulo, la resistencia del cuero, la manera de fijar una punta y retirarla sin que se notara demasiado.

Ese zapato de prueba no debía estar detrás de la cortina porque no formaba parte de la función.

Debía estar en el cuarto de costura, entre los objetos sin público.

Su presencia allí abría una pregunta más precisa: ¿quién lo llevó hasta la entrada del escenario y por qué no tuvo tiempo o intención de devolverlo?

Montero tomó el zapato con un paño y lo observó con evidente satisfacción policial.

—Esto la complica mucho, señora Cárdenas.

—Ya lo sé —dijo Violeta.

—¿Ni siquiera va a negarlo?

—Negaré lo que hice. No negaré que el zapato es mío.

—De su cuarto.

—De mi trabajo. No de mi alma, si necesita una frase menos útil.

Delacroix la miró con atención. Violeta no parecía sorprendida por el hecho de que un zapato de su cuarto estuviera implicado, sino por encontrarlo allí.

Esa diferencia podía fingirse, desde luego.

Pero no era fácil fingir la ofensa específica de quien ve una herramienta propia usada fuera de su lógica.

El asesino, si no era ella, había tomado no solo sus objetos, sino su oficio. Había convertido su trabajo en firma.

—¿Ese zapato tiene el mismo tamaño que el de Mora? —preguntó.

Violeta negó.

—Medio número menos. Pero el tacón es casi igual. La inclinación también. Sirve para probar altura, no comodidad.

—¿Lo usó recientemente para el zapato de Mora?

—No.

—¿Segura?

La vestuarista lo miró con cansancio.

—Si lo hubiera usado, lo diría. A estas alturas, mentir sobre una suela sería una ambición demasiado pequeña incluso para esta casa.

Sosa guardó el zapato en una bandeja improvisada.

—La mancha se parece a las otras.

—¿La sustancia? —preguntó Montero.

—No me obligue a repetir mi sermón. Se parece. Hay residuos oscuros, olor amargo y algo pegajoso cerca del orificio. También hay un corte en la suela, menos limpio que en el zapato de Mora. Si tuviera que apostar, diría que alguien probó aquí el sistema antes de colocarlo en el zapato final.

—¿Pudo probarlo durante la función?

—No. Esto exige mesa, luz y manos relativamente firmes. No se hace detrás de una cortina entre dos aplausos.

Delacroix miró hacia el cuarto de costura.

La distancia no era grande. Alguien pudo tomar el zapato de prueba, manipularlo allí, luego llevar el mecanismo al zapato de Mora en el camerino, y finalmente esconder el zapato usado para el ensayo detrás de la cortina.

Pero esconderlo allí era absurdo si el objetivo era evitar que lo encontraran.

A menos que no hubiera tenido tiempo de devolverlo.

O a menos que quisiera que apareciera más tarde, cuando la sospecha contra Violeta necesitara una nueva confirmación.

—¿Por qué esconderlo aquí? —preguntó en voz baja.

Montero respondió con la lógica inmediata:

—Porque el asesino no pudo llevarlo más lejos.

—Quizá.

—O porque estaba apurado después de preparar el zapato de Mora.

—Quizá.

—Otra vez.

Delacroix no se disculpó. Observó el hueco detrás de la cortina.

Desde allí se veía el escenario, parte del pasillo y la entrada al camerino de Mora.

Un lugar de paso, no de trabajo. Si alguien llevaba el zapato de prueba en la mano y se veía obligado a soltarlo, podía empujarlo bajo la cortina.

Pero ¿cuándo? Antes de la función, durante la preparación, después del crimen, durante el caos.

La respuesta dependía de quién se movió por esa zona con un objeto que nadie registró porque todos estaban mirando otra cosa.

—¿Quién estuvo aquí antes de la pieza final? —preguntó Delacroix.

Violeta respondió primero:

—Mora. Ramiro. Yo. Anselmo cruzó para hablar con los músicos. Lisandro estuvo cerca, pero no debía. Mercedes pasó por el lateral una vez para llamar a Ramiro. Matilde también. Un camarero dejó agua. Todos estuvieron donde no debían, como siempre.

—¿Villalba?

—No detrás de la cortina. Si hubiera estado, se habría asegurado de que alguien lo viera descubrirlo.

Delacroix aceptó la observación. Montero ordenó a un agente que custodiara la cortina y recogiera cualquier otro objeto sin tocarlo con la mano. El agente, ya menos torpe que al comienzo de la noche, obedeció con seriedad. Delacroix se acercó al escenario y pidió que llamaran a Mora. Montero dudó.

—¿Otra vez?

—Debe ver el zapato.

—Puede quebrarse.

—Ya se quebró. Ahora necesitamos saber si reconoce los fragmentos.

Mora llegó descalza, con la bata ajustada al cuerpo. Al ver el zapato negro en la bandeja de Sosa, frunció el ceño.

—No es mío.

—Lo sabemos —dijo Delacroix.

—Es de Violeta.

Violeta, que estaba a pocos pasos, cerró los ojos un instante.

—Del cuarto de costura —precisó.

Mora se inclinó un poco. No lo tocó.

—Lo he visto. Ella lo usa para comparar alturas cuando arregla tiras. Es horrible. Siempre le digo que parece el zapato de una viuda barata.

—Gracias por el dictamen estético —dijo Sosa.

Mora no lo miró. Seguía observando el zapato.

—¿Qué hace ahí?

—Esa es la pregunta —respondió Delacroix.

—No estaba ahí antes.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque esperé detrás de esa cortina antes de salir. Estaba nerviosa. Miré el suelo. Había una horquilla, una colilla, una mancha de cera. No ese zapato.

La respuesta fue inmediata. Montero se inclinó.

—¿Está segura?

Mora lo miró con una especie de desprecio agotado.

—Comisario, una bailarina mira el suelo antes de salir como un marinero mira el cielo. Si hay un zapato donde no debe, lo ve.

Aquella frase importaba. Si Mora decía la verdad, el zapato de prueba fue colocado detrás de la cortina después de que ella salió al escenario.

Eso reducía el tiempo y ampliaba la audacia.

Durante la pieza, nadie podía moverse allí sin ser visto por algunos.

Después de la caída, todos miraron el cuerpo.

Entonces sí, alguien pudo acercarse al lateral y dejar el zapato.

¿Pero por qué llevarlo consigo durante el crimen?

¿Para retirar el mecanismo? ¿Para envolverlo en el pañuelo?

¿Para cambiar una pieza? ¿Para plantar la prueba contra Violeta?

—¿Quién estuvo detrás de la cortina después de que usted salió? —preguntó Delacroix.

Mora cerró los ojos, reconstruyendo.

—No lo vi. Estaba bailando.

—¿Antes de la caída, al girar, pudo ver el lateral?

—Alguna sombra. Nada claro.

—¿Una persona?

—Durante la música siempre hay sombras. Violeta suele estar allí. Matilde a veces. Lisandro no debería. Mercedes no se queda en sombras; ella prefiere que la obedezcan con luz.

La frase habría hecho sonreír a Delacroix en otra circunstancia. No ahora. Violeta miraba el zapato de prueba como si hubiera empezado a odiarlo. No por incriminarla, quizá, sino porque algo de su oficio había sido utilizado contra Mora y contra Elena al mismo tiempo.

—¿Ramiro pudo haber visto este zapato antes de salir? —preguntó Delacroix.

Mora pensó.

—Si estaba allí, sí. Pero no estaba.

—¿Pudo llevarlo él?

Mora levantó la vista, incrédula.

—¿Un zapato de mujer? ¿Ramiro? Solo si podía convertirlo en humillación para alguien.

—Eso no es un no.

Ella entendió.

—Ramiro podía tomar cualquier objeto si servía para hacer daño. Pero no lo vi con eso.