Capítulo 16 — El zapato que no debía estar allí
El pañuelo de Ramiro Acuña quedó sobre el escritorio del despacho como si acabara de llegar tarde a su propia escena.
Era de lino blanco, fino, con las iniciales bordadas en una esquina con hilo oscuro: R.
A. Había algo obsceno en la delicadeza de aquel objeto después de tantas horas de humo, madera vieja, zapatos examinados, flores podridas en agua sucia y un cadáver retirado por una puerta lateral.
Ramiro había sido un hombre de gestos públicos, de manos calculadas, de prendas elegidas para que incluso el descuido pareciera parte de una composición.
Su pañuelo no podía ser una excepción. Por eso mismo, encontrarlo detrás de la cortina lateral, con una mancha oscura en el centro, no era un detalle menor.
Un hombre como Ramiro no perdía un pañuelo bordado por accidente sin que el accidente tuviera una opinión sobre su vanidad.
Sosa lo examinó bajo la lámpara con una pinza y el fastidio meticuloso de quien habría preferido tratar enfermedades más honestas.
No permitió que Montero lo tocara. No permitió que Mercedes lo recogiera, aunque ella lo pidió con una rigidez que pretendía ser derecho familiar y sonó a costumbre administrativa.
Tampoco dejó que Matilde se acercara demasiado.
La dueña de El Último Farol miraba el pañuelo como si fuera otro pequeño trozo de su casa arrancado de su sitio, convertido en prueba antes de que pudiera decidir si le correspondía el duelo, la vergüenza o la factura.
—Es suyo —dijo Mercedes.
—Eso parece evidente —respondió Sosa—. Las iniciales suelen tener esa vocación.
—No lo digo por las iniciales. Lo digo porque conozco sus cosas.
—Entonces quizá pueda decirnos dónde debía estar —intervino Delacroix.
Mercedes no respondió de inmediato. Miró el pañuelo, luego la chaqueta negra de Ramiro, que estaba doblada sobre una silla junto con otras prendas retiradas del cuerpo.
La chaqueta conservaba la forma del hombre de una manera desagradable, como si la tela tardara más que la vida en aceptar la ausencia.
—En el bolsillo superior —dijo—. Ramiro siempre llevaba un pañuelo ahí cuando usaba esa chaqueta.
—¿Siempre?
—Siempre que quería parecer más Ramiro de lo habitual.
La frase pudo haber sido irónica en otra noche. Esa noche fue casi un diagnóstico. Delacroix tomó la chaqueta con un paño y examinó el bolsillo superior. Estaba vacío. No había manchas visibles en el borde, tampoco desgarros. Sosa acercó la lámpara y observó el interior.
—Nada —dijo—. Si estuvo aquí, salió limpio.
—¿Quién se lo colocó? —preguntó Montero.
Mercedes miró hacia el pasillo, donde Violeta Cárdenas permanecía bajo vigilancia, sentada con las manos juntas.
—Probablemente ella.
—No probablemente —dijo Violeta desde la puerta.
Nadie la había llamado, pero la voz llegó con la claridad de quien ya no necesitaba permiso para estar dentro de una acusación.
Montero hizo un gesto al agente para que la dejara entrar.
Violeta avanzó hasta quedar junto al escritorio.
No miró el pañuelo con sorpresa. Lo miró con una concentración seca.
—Yo lo doblé y lo coloqué en el bolsillo antes de la función —dijo.
—¿Cuándo exactamente? —preguntó Delacroix.
—Después de ajustar la chaqueta negra. Antes de que Ramiro entrara al camerino de Mora.
—¿Lo vio todavía en el bolsillo cuando salió al escenario?
Violeta tardó en responder.
—No.
—¿Por qué?
—Porque en ese momento no estaba mirando el pañuelo.
—¿Quién podía retirarlo del bolsillo antes de la pieza final?
Violeta le sostuvo la mirada.
—Ramiro. Mercedes. Yo. Cualquiera que estuviera lo bastante cerca de la chaqueta. Como siempre, monsieur, la respuesta parece escrita por alguien que no quiere ayudarnos.
Sosa levantó el pañuelo con la pinza y lo desplegó un poco más.
La mancha oscura no era grande. Estaba en el centro, como si alguien hubiese apretado allí un objeto pequeño, húmedo o impregnado.
Alrededor de la mancha había un rastro más tenue, irregular, no de sangre sino de una sustancia viscosa que había penetrado poco en la tela.
Delacroix se inclinó. El olor, aunque débil, tenía algo conocido: ese amargor resinoso que ya habían asociado al borde de la hebilla, a los tallos del ramo y a la mancha del tocador.
—La misma sustancia —dijo Montero.
Sosa hizo una mueca.
—Similar. Empiezo a considerar seriamente que deberían prohibirme esa palabra.
—¿Puede venir del zapato? —preguntó Delacroix.
—Puede venir de cualquier objeto manchado con lo mismo. Lo interesante no es solo la mancha. Mire aquí.
Con la punta de la pinza, el médico señaló una pequeña marca en la tela, casi un corte.
No era un agujero limpio, sino una abertura mínima, como si una pieza afilada hubiera estado envuelta en el pañuelo y hubiese rozado la fibra desde dentro.
Delacroix observó sin tocar. Allí había una historia pequeña: algo metálico, una punta, quizá una hebilla modificada, había estado contra ese lino.
No necesariamente mucho tiempo. Lo suficiente para dejar una mancha y un daño.
—¿Pudo envolver el arma? —preguntó Montero.
—Pudo envolver una pieza contaminada —corrigió Sosa—. No sabemos si era el arma entera, una parte, o una porquería que ustedes están deseando convertir en arma porque necesitan dormir algún día.
Delacroix miró el pañuelo, luego el escenario visible a través de la puerta abierta del despacho.
Lo habían encontrado detrás de la cortina lateral, cerca de la entrada por donde Ramiro y Mora habían salido a bailar.
Si el pañuelo estuvo en el bolsillo de la chaqueta antes de la función y apareció manchado tras la muerte, alguien tuvo que retirarlo.
Ramiro mismo, antes de salir. Otra persona, antes o después.
O alguien lo tomó del cuerpo durante el caos y lo arrojó allí.
Esa última posibilidad era la más inquietante, porque implicaba que el asesino había estado cerca del cadáver, lo bastante cerca para limpiar o retirar algo mientras todos miraban a Mora.
La acusación perfecta no solo podía ser un camino hacia una culpable falsa; podía haber sido una cortina humana.
—Durante la caída —dijo Delacroix—, ¿quién llegó primero al cuerpo?
Montero consultó su memoria antes que la libreta.
—Mora ya estaba con él. Usted subió. Sosa después. Yo. Mercedes intentó subir, pero la detuvieron. Matilde estaba junto al piano. Lisandro no llegó. Violeta desapareció hacia el pasillo. Villalba intentó acercarse y no lo dejaron.
—¿Alguien pudo tocar el bolsillo de Ramiro?
—Mora.
—Estaba sosteniéndolo.
—Usted.
—No toqué la chaqueta antes de ver la pierna.
—Sosa.
El médico levantó una ceja.
—Si me acusan de robar pañuelos, al menos déjenme elegir uno limpio.
—No lo acuso —dijo Delacroix—. Enumero.
—Enumere con menos entusiasmo.
Montero siguió:
—Uno de mis agentes tocó el hombro de Ramiro al apartar a Mercedes. Pero no el bolsillo. Creo.
—Creer —murmuró Violeta—. Otra vez la religión.
El comisario la miró, pero no respondió.
Delacroix se quedó con la frase. La noche estaba llena de creencias: todos creían haber visto a Mora matar, Violeta creía que Elena seguía reclamando justicia desde una caja, Matilde había creído que el bar podía sobrevivir a todo, Mercedes que los contratos podían domar a Ramiro, Lisandro que el lugar de otro hombre podía heredarse sin cargar su veneno, Villalba que escribir sobre una tragedia lo ponía por encima de ella.
Creer era más cómodo que saber. Por eso el asesino había construido una escena tan útil para la creencia.
—Quiero revisar el lugar donde apareció el pañuelo —dijo Delacroix.
Montero tomó la lámpara. Sosa envolvió el pañuelo en papel limpio y lo guardó junto a las demás pruebas.
Violeta no pidió acompañarlos, pero Delacroix le hizo un gesto para que lo hiciera.
El comisario estuvo a punto de protestar; luego quizá comprendió que, en ese caso, ver la reacción de la vestuarista ante los objetos podía valer tanto como mantenerla sentada bajo vigilancia.
Salieron del despacho y cruzaron el salón.
Todos los miraron. El público ya no tenía fuerzas para levantarse, pero sus ojos seguían trabajando con la misma codicia del comienzo.
Mora observó desde la puerta del camerino, descalza, envuelta en la bata oscura.
Mercedes permaneció junto a la mesa del piano.
Villalba, privado de su página y de varias certezas, parecía más pálido.
Anselmo sostuvo el bandoneón cerrado contra el cuerpo, como si temiera que el instrumento dijera algo por su cuenta.
La cortina lateral estaba a la derecha del escenario, cerca del punto por donde los bailarines habían entrado para la pieza final.
Era una cortina pesada, roja, gastada por el roce de demasiadas manos, con un dobladillo inferior oscurecido por polvo.
Detrás se abría un pequeño espacio de espera entre el escenario y el pasillo, apenas lo bastante amplio para que dos personas se cruzaran con incomodidad.
Allí se dejaban a veces flores de utilería, pañuelos, sombreros, una silla rota que nadie retiraba porque en un teatro viejo incluso los objetos inútiles terminan adquiriendo derechos.
El agente señaló el sitio donde había encontrado el pañuelo: detrás de un pliegue bajo, cerca del suelo.
Delacroix se agachó. La madera de esa zona no estaba tan limpia como el centro del escenario.
Había polvo, pequeñas fibras, restos de cera, una colilla antigua, una horquilla aplastada, un botón que no era de la chaqueta de Ramiro y varios hilos de colores diversos.
Un mundo entero de insignificancias. Examinó el pliegue de la cortina.
En el tejido, a unos centímetros del suelo, había una pequeña marca oscura, como si el pañuelo manchado hubiera rozado allí antes de caer o de ser escondido.
Más abajo, casi oculto por la tela, vio algo que no pertenecía a la cortina.
—Lámpara —dijo.
Montero acercó la luz.
Era un zapato.