Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 19 — La coreografía repetida #4
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Capítulo 19 — La coreografía repetida #4

—Pero alguien pudo hacerlo —dijo Delacroix—. Preparar el zapato para que el último ajuste lo dejara listo. Y usted, al cumplir su trabajo, completó el mecanismo.

El silencio fue absoluto.

Mora se llevó una mano a la boca. No para acusar a Violeta, sino para entender. Montero no escribió. Mercedes, por primera vez, parecía realmente sorprendida. Matilde cerró los ojos. Lisandro bajó la cabeza. Villalba no escribió. Anselmo respiró como si hubiera oído una nota desagradable.

Violeta seguía arrodillada junto al zapato de ensayo.

—No —dijo.

Pero no fue una negación de culpabilidad. Fue la respuesta de una mujer que acaba de comprender que sus propias manos pudieron haber terminado de preparar el arma sin saberlo.

—No lo sabía —dijo Mora desde la puerta.

Delacroix miró a la bailarina.

—¿Qué?

—La nota. Una mujer puede bailar con un muerto sin saberlo. Todos pensamos en mí. Pero podía ser ella. Violeta pudo preparar el arma sin saberlo.

Violeta cerró los ojos.

La frase entró en el caso como una llave nueva.

Una mujer podía bailar con un muerto sin saberlo.

Pero también una mujer podía ajustar la muerte sin saberlo.

El asesino había escrito la frase con más de una mujer en mente.

O Delacroix acababa de encontrar una lectura que el asesino no había previsto. Eso todavía estaba por verse.

Montero se acercó a Violeta.

—¿Quién le entregó el zapato para el último ajuste?

Violeta abrió los ojos.

—Mora lo llevaba puesto.

—Antes de eso.

—Estaba sobre la mesa del camerino.

—¿Quién lo colocó allí en la posición final?

Violeta miró a Mora. Mora cerró los ojos, recordando. Delacroix la ayudó:

—Ramiro lo levantó, se burló, lo dejó. Después hubo interrupciones. Matilde entró. Mercedes quizá. Violeta ajustó la chaqueta. Mora habló. Alguien pudo moverlo.

Mora dijo lentamente:

—Cuando me senté para calzarme, el zapato derecho estaba más cerca del borde de la mesa. Yo no recordaba haberlo dejado así.

—¿Por qué no lo dijo?

—Porque no sabía que los zapatos también daban testimonio.

Violeta se puso de pie. Su rostro estaba vacío de color.

—Entonces yo lo ajusté.

—Sí —dijo Delacroix.

—Y si ya tenía la pieza, pude dejarla lista.

—Sí.

—Y luego Mora bailó.

—Sí.

Violeta miró hacia el escenario. Delacroix vio pasar por su rostro algo que no era culpa de asesinato, sino una culpa más antigua y más cruel: la de haber servido, otra vez, al daño de alguien amado sin reconocerlo a tiempo.

—Elena cayó después de que yo no conseguí que arreglaran una tabla —dijo en voz baja—. Mora cayó después de que yo arreglé un zapato.

Nadie respondió. La simetría era demasiado terrible.

Delacroix la observó con atención. La frase parecía espontánea.

Dolía demasiado para ser un cálculo. Y, sin embargo, si Violeta era la asesina, era una actriz formidable.

No una actriz de escenario, sino de dolor.

Delacroix no descartaba esa posibilidad.

Los años de sufrimiento enseñan gestos que pueden engañar incluso cuando no pretenden hacerlo.

La reconstrucción terminó allí, no por falta de preguntas sino por exceso de revelaciones.

El salón fue autorizado a romper posiciones.

Algunos invitados se dejaron caer en las sillas como sobrevivientes de un naufragio menor.

Otros miraban a Violeta con una mezcla nueva de sospecha y compasión.

Mora no se acercó a ella. Tampoco se alejó.

Entre ambas había quedado suspendida una verdad difícil: quizá una había llevado el arma y la otra la había terminado de activar sin saberlo.

Delacroix volvió al escenario. Miró el lugar de la caída de Ramiro, luego el lateral de Elena, luego la cortina.

La coreografía se había repetido.

Y al repetirse había mostrado algo esencial: el asesino no necesitó que todos hicieran algo extraño. Necesitó, exactamente, que todos hicieran lo de siempre.

Ramiro debía ser cruel.

Mora debía resistir.

Violeta debía ajustar.

Anselmo debía alargar.

Matilde debía sostener la función.

Mercedes debía administrar la mentira.

Villalba debía mirar.

Lisandro debía desear un lugar ajeno.

Y la casa debía seguir abierta.

Delacroix sintió que el caso se acercaba a su centro. No al centro del escenario, donde cayó Ramiro, sino a ese otro centro más silencioso donde una persona había comprendido demasiado bien los hábitos de todos y los había ordenado como pasos de baile.

Montero se acercó a su lado.

—¿Y ahora?

Delacroix miró hacia el cuarto de costura ennegrecido por el humo.

—Ahora necesitamos saber quién conocía a todos lo suficiente para no pedirles nada.

—¿Violeta?

Delacroix no respondió. En ese momento, desde el despacho, Sosa llamó con voz alta:

—Monsieur Delacroix. Comisario. Encontré algo en la caja metálica de la palangana.

Ambos se volvieron.

—¿Qué? —preguntó Montero.

El médico apareció en la puerta del despacho con la caja baja en una mano enguantada. En la otra sostenía una pinza. Entre sus puntas había un fragmento diminuto, casi invisible desde lejos.

—No la aguja —dijo—. La punta.

Violeta cerró los ojos.

Mora dio un paso hacia atrás.

Delacroix no se movió.

La coreografía, al fin, había dejado caer uno de sus pasos ocultos.