Capítulo 15 — La acusación perfecta #2
—Esta nota no acusa a Mora —dijo Delacroix.
—La sala entera parece opinar distinto —respondió Montero.
—La sala entera no lee. Recuerda fragmentos.
—¿Entonces acusa a Violeta?
—No necesariamente.
—¿A quién acusa?
—A quien escribe para dos públicos al mismo tiempo.
Montero lo miró, agotado.
—Un asesino literario. Lo que faltaba.
—No literario. Vanidoso. O desesperado por que se entienda una parte del crimen y se malinterprete otra.
Sosa se apoyó en el respaldo de una silla.
—Eso suena al periodista.
—Suena a Villalba —admitió Delacroix—. Pero también suena a alguien que lo conoce y sabe que todos pensarán en él si las frases son demasiado buenas.
Montero tomó la nota.
—No podemos sospechar de una frase por escribir bien.
—No. Pero podemos sospechar de la utilidad de su elegancia.
Llamaron a la puerta. Era Matilde. No pidió permiso; entró con el derecho cansado de quien ya había perdido demasiados derechos menores para preocuparse por uno más.
Tenía el rostro pálido, la mandíbula tensa y un cigarrillo apagado entre los dedos.
Miró primero la nota, luego la hoja quemada del contrato.
—Mora está preguntando qué encontraron —dijo.
—Todavía no se lo diremos —respondió Montero.
—Ya lo sabe.
Delacroix levantó la mirada.
—¿Cómo?
Matilde cerró los ojos.
—Villalba.
Montero golpeó el escritorio con la palma.
—Lo voy a encerrar en la despensa aunque tenga mala luz.
—No se lo dijo directamente. Habló demasiado alto con un camarero, o fingió hacerlo. Mora oyó el nombre de Lucía desde el camerino.
Delacroix salió antes de que Montero terminara de maldecir.
Cruzó el pasillo con Matilde detrás y encontró a Mora de pie en la puerta del camerino, descalza, con la bata oscura sobre los hombros y el rostro absolutamente quieto.
El agente la mantenía dentro con más incomodidad que autoridad.
Violeta se había levantado de su silla, pero no se había acercado.
Lisandro observaba desde el salón. Mercedes, al oír el movimiento, también se puso de pie.
La escena, una vez más, había encontrado público antes de que nadie la convocara.
—Lucía Ferreyra —dijo Mora.
No era una pregunta.
Delacroix se detuvo a unos pasos.
—Sí.
—La hoja estaba en el contrato.
—Sí.
—Iba a anunciarlo después de la función.
—Eso parece.
Mora no miró a Matilde, ni a Mercedes, ni a Violeta. Miró hacia el escenario vacío. Delacroix vio que sus pies desnudos se aferraban al suelo como si el cuerpo necesitara una prueba de que seguía allí.
—Después de la función —repitió—. Después de que yo bailara para él.
Nadie respondió. La frase no necesitaba ayuda.
—Qué elegante —dijo Mora—. Ramiro siempre decía que había que saber esperar el momento exacto para herir. Si se hiere demasiado pronto, la persona todavía puede defenderse. Si se hiere demasiado tarde, ya no disfruta uno viendo cómo entiende. Él cuidaba esas cosas.
Violeta cerró los ojos. Matilde bajó la cabeza. Mercedes abrió la boca, quizá para defender a su hermano, quizá para defenderse a sí misma, pero no dijo nada. Lisandro dio un paso y se detuvo. Montero llegó detrás de Delacroix, furioso, pero al ver a Mora decidió callar por unos segundos.
—¿Quién más lo sabía? —preguntó Mora.
—Mercedes —dijo Delacroix.
—Eso ya lo sabía.
—Ramiro. Posiblemente Anselmo. Villalba sabía parte. Matilde pudo sospechar.
—Violeta lo sabía porque yo se lo dije.
La vestuarista abrió los ojos. Mora la miró por primera vez.
—No iba a guardarte eso como si fuera vergüenza mía.
—No era vergüenza tuya —dijo Violeta.
—Entonces, ¿por qué me siento así?
La pregunta no buscaba respuesta. Violeta no intentó dársela. Mora respiró hondo y volvió hacia Delacroix.
—Ahora sí tienen mi motivo completo.
—Sí.
—¿Ya está? ¿Puedo ser la asesina perfecta?
—Todavía le falta una cosa.
—¿Cuál?
—Haber querido construir una escena donde todos la odiaran por una verdad que usted misma no soportaba.
Mora sostuvo su mirada. Había en ella rabia, pero también una fatiga tan profunda que por un instante pareció más vieja que Violeta.
—No sé si eso me absuelve o me insulta.
—A veces la diferencia llega tarde.
—Todo llega tarde aquí.
La frase pudo haber pertenecido a Elena, a Violeta, a Matilde, quizá a la ciudad entera. Delacroix no respondió. Montero se adelantó con la libreta en la mano, recuperando la necesidad del procedimiento.
—Señorita Ledesma, debo preguntarle: sabiendo esto, ¿quería muerto a Ramiro Acuña?
Mora lo miró como si la pregunta fuera casi amable por fin.
—Sí.
El salón oyó la respuesta. No todos, pero suficientes. Un murmullo recorrió las mesas. Montero se tensó. Violeta cerró los puños. Mercedes inclinó la cabeza, no con sorpresa sino con una satisfacción amarga: una parte de la culpa parecía volver a su sitio. Mora no se retractó.
—Sí —repitió—. Lo quería muerto muchas veces.
En mi cabeza. En frases. En silencios. Lo quería muerto cada vez que me hacía sentir que sin él yo no era más que una mujer esperando permiso para envejecer.
Lo quería muerto cuando vi a Lucía repetir mis pasos creyendo que eran nuevos.
Lo quería muerto cuando me dijo que esta noche me regalaba mi último recuerdo decente.
Pero no lo maté. Esa es la vulgaridad del asunto, comisario.
Desear no alcanza. Si alcanzara, Ramiro habría muerto hace años y este bar tendría menos humo.
La confesión fue demasiado verdadera para ser prudente. Delacroix vio cómo actuaba sobre el público: quienes deseaban condenarla oyeron solo “lo quería muerto”; quienes aún dudaban oyeron la distinción. La nota anónima había funcionado igual. Dos velocidades. Dos públicos. Dos lecturas.
Montero habló en voz baja:
—No ayude a que la arresten.
Mora sonrió sin alegría.
—No tengo ese talento. Siempre ayudé más a que me dejaran.
Violeta dio un paso hacia ella, pero Mora levantó una mano.
—No.
La vestuarista se detuvo. Fue un gesto pequeño, pero lleno de historia.
Mora no quería ser sostenida. No en público.
No después de haber sostenido el cadáver de Ramiro.
Delacroix percibió en Violeta una herida adicional: proteger a alguien que se niega a ser protegida puede parecer demasiado a perderla.
Mercedes habló desde el salón:
—La odiaba. Lo acaba de decir.
Mora volvió lentamente hacia ella.
—Usted también.
—Yo no lo maté.
—Yo tampoco. Pero usted lo vendía mejor.
Mercedes palideció. Matilde intervino:
—Basta.
—No —dijo Mora—. Basta fue antes. Antes de Lucía. Antes de la carta quemada. Antes de que Ramiro me usara para despedirse. Antes de que todos decidieran que mi odio era más cómodo que sus cuentas, sus silencios y sus recuerdos. Ahora no basta. Ahora hablen.
El desafío hizo que el salón entero bajara un grado de temperatura. Montero parecía a punto de imponer orden por la fuerza, pero Delacroix lo detuvo con un gesto mínimo. A veces, cuando una habitación empieza a hablar por miedo, conviene permitir que diga una frase de más.
—Hablemos entonces —dijo Delacroix—. Mercedes, ¿por qué faltaba la hoja del contrato?
Mercedes lo miró con furia.
—No lo sé.
—¿La retiró para que Mora no la viera antes de la función?
—No.
—¿La retiró Ramiro?
—Tal vez.
—¿Para qué?
—Para decidir cuándo usarla. Ramiro no entregaba humillaciones por correo; prefería ver la cara.
La respuesta coincidía con lo que sabían de él. Pero también podía desviar hacia el muerto lo que la viva no quería admitir.
—Matilde —continuó Delacroix—, ¿usted sabía que el anuncio sería posterior a la función?
Matilde tardó demasiado.
—No con esos términos.
—Pero lo sospechaba.
—Sí.
—¿Y aun así pidió a Mora que bailara?
La dueña de El Último Farol miró a la bailarina.
—Creí que si bailaba bien, Ramiro no podría descartarla sin quedar pequeño.
Mora soltó una risa seca.
—Matilde, Ramiro podía quedar pequeño y venderlo como elegancia.
—Lo sé ahora.
—No. Lo sabía antes. Solo necesitaba la función.
Matilde recibió el golpe sin defenderse.
Delacroix la observó. La culpa de Matilde seguía creciendo, pero seguía siendo una culpa de permitir, sostener, postergar, pedir.
No veía en ella la mano que perforó una hebilla.
Aunque el crimen, como había pensado antes, podía haber nacido de muchas manos no homicidas.
—Anselmo —dijo Delacroix, girando hacia el músico—. Usted le dijo a Mora lo de Lucía. ¿Por qué no lo contó cuando empezamos a hablar de motivos?
El viejo levantó la cabeza.
—Porque no quería entregar a Mora al hambre de todos.
—Y porque sabía que eso la colocaba en el centro.
—Ya estaba en el centro. Yo no puse el zapato en su pie.
—Pero sabía que tenía motivo.
—Aquí todos tienen motivo. Algunos tienen mejores discursos para ocultarlo.
Villalba, desde su mesa, no pudo resistirse.
—Una observación admirable.
Montero giró hacia él.
—Usted hablará cuando se le pregunte.
—Es mi tragedia personal de la noche.
—No tiente a la comedia.
Delacroix miró al periodista.
—Ya que insiste, monsieur Villalba: usted sabía lo de Lucía.
—Sabía rumores.
—Y sabía que la página del contrato existía.
Villalba sonrió, pero no con seguridad.
—Sabía que Mercedes llevaba documentos. En este ambiente, los documentos son más obscenos que los amantes.
—¿Vio la hoja quemada antes de que desapareciera?
—No.
—¿Sabía que Ramiro iba a anunciar el reemplazo después de la función?
Villalba dudó. La duda fue mínima, pero Delacroix la vio.
—Lo sospechaba.
—¿Por qué?
—Porque era la manera más cruel y por tanto más probable.
—No basta.
El periodista suspiró.
—Porque Ramiro me lo insinuó.
El salón reaccionó con otro murmullo. Mercedes cerró los ojos. Mora no se movió.
—¿Cuándo? —preguntó Montero.
—Ayer. Dijo que esta noche sería una despedida doble: de una casa y de una mujer. Yo le dije que eso era material para una gran crónica. Él respondió que siempre le había gustado que lo escribieran otros cuando él hacía sangrar a alguien.
—¿Y no le pareció relevante? —preguntó Montero.
—Me pareció Ramiro.