Capítulo 15 — La acusación perfecta
A cierta hora de la noche, incluso las lámparas parecieron cansarse.
La luz de El Último Farol seguía encendida, pero ya no iluminaba el salón con la misma promesa tibia de antes de la función.
Ahora caía sobre las mesas con una fatiga amarillenta, se quedaba atrapada en el humo rancio y endurecía los rostros de quienes llevaban demasiado tiempo encerrados con un muerto, varias versiones de una culpa y una cantidad creciente de objetos pequeños que nadie habría sabido mirar unas horas antes.
Las copas estaban vacías o medio olvidadas.
Los ceniceros rebosaban. El café servido por los camareros había pasado de cortesía a defensa contra el sueño.
En el escenario, el espacio donde Ramiro Acuña había caído seguía despejado, custodiado por la ausencia.
No había cuerpo, no había música, no había aplausos.
Solo una marca invisible que todos miraban de vez en cuando para comprobar que la realidad no había cambiado.
La investigación había llegado a un punto peligroso: empezaba a parecer ordenada.
Y los casos empiezan a mentir con más eficacia cuando parecen ordenarse demasiado pronto.
Delacroix lo percibía en los ojos de Montero, en la forma en que los agentes miraban hacia el camerino de Mora, en los murmullos del público, en la rigidez de Mercedes, en el silencio casi mineral de Violeta.
Las piezas formaban una figura clara, casi elegante.
Mora había sido humillada, reemplazada, utilizada para sostener la despedida de Ramiro.
Mora conocía, al menos en parte, la existencia de Lucía Ferreyra.
Mora había oído durante el baile una última frase cruel.
Mora llevaba el zapato alterado. Mora había rozado la pierna de Ramiro en el punto exacto.
Mora había sostenido el cuerpo hasta que cayó.
Mora era la mujer que todos habían mirado.
Era una acusación perfecta.
Delacroix desconfiaba de las acusaciones perfectas por el mismo motivo por el que desconfiaba de ciertos trajes demasiado bien cortados: a menudo escondían el cuerpo que los deformaba.
Montero lo llamó al despacho. El comisario estaba de pie junto al escritorio, con las mangas algo arrugadas, el cabello menos ordenado que al principio de la noche y la expresión de un hombre que necesita tomar una decisión antes de que la decisión lo tome a él.
Sosa se encontraba junto a la lámpara, revisando una pequeña serie de muestras envueltas en papeles separados: residuos de la hebilla del zapato de Mora, restos del ramo, una partícula metálica hallada en el pantalón de Ramiro, la mancha del tocador, fibras recogidas en la escalera de servicio.
Sobre el escritorio, la hoja quemada del contrato permanecía protegida entre dos papeles limpios.
La palabra “Lucía Ferreyra” se leía todavía con una claridad cruel, junto a la frase “prescindir de M. Ledesma” y aquella anotación final que parecía escrita para destruir una vida después de usarla: “anuncio posterior a función”.
—Necesito saber si puedo retener formalmente a Mora Ledesma —dijo Montero.
Delacroix cerró la puerta detrás de sí.
—Puede hacerlo.
—No le pregunté si podía hacerlo en sentido filosófico.
—Tampoco he respondido en sentido filosófico. Tiene motivo, oportunidad, arma aparente, contacto físico, amenaza previa y una docena de testigos dispuestos a jurar que vieron lo que todavía no han entendido.
—Eso suena a una detención razonable.
—Suena a una detención cómoda.
Montero apretó la mandíbula. No era ira, o no solo.
Era cansancio. El comisario necesitaba sostener el orden ante una sala llena de personas influyentes, ante una víctima célebre y ante una mujer que todos estaban empezando a condenar con una rapidez socialmente tranquilizadora.
Delacroix sabía que pedirle paciencia no era un gesto menor.
La paciencia, en las investigaciones públicas, suele parecer incompetencia hasta que demuestra lo contrario.
—Si no la retengo —dijo Montero— y mañana la ciudad despierta sabiendo que dejé caminar a la mujer que tocó a Ramiro con el zapato envenenado, mi superior me hará bailar a mí antes de fusilarme administrativamente.
—No he dicho que la deje caminar.
—Entonces, ¿qué dice?
—Que no confunda custodia con conclusión.
Sosa levantó la vista de sus muestras.
—Eso debería escribirse en las paredes de las comisarías. En letra grande y con mala gramática, para que lo entiendan.
Montero lo ignoró con esfuerzo.
—Doctor, ¿su opinión?
—Mi opinión médica, que es la única que debería importarle de mí, es que Ramiro Acuña recibió una punción en la pierna derecha compatible con el contacto de una punta fina durante el baile.
Hay residuos similares en el zapato de Mora y en el ramo.
Hay una partícula metálica en el pantalón.
Hay indicios de una sustancia amarga que no debería estar en una hebilla.
Todo esto sugiere un mecanismo. No identifica una mano.
—¿Puede decir que el zapato fue arma?
Sosa respiró por la nariz.
—Puedo decir que el zapato pudo haber llevado el arma. Que no es lo mismo.
Delacroix miró al médico con aprobación discreta. La diferencia era exacta. El zapato no necesitaba ser asesino; podía haber sido vehículo. Mora no necesitaba saberlo; podía haber sido portadora. La acusación perfecta dependía de que todos confundieran esas categorías.
—¿Y el veneno? —preguntó Montero.
—No puedo nombrarlo todavía. Por los síntomas y el tiempo, pensaría en una sustancia de acción rápida introducida por punción.
Algún extracto vegetal potente, quizá un preparado usado para paralizar o detener el cuerpo más que para enfermarlo lentamente.
Pero no me haga decir más. Con las condiciones de este bar, hasta una infusión de mala fe podría parecer veneno.
—¿De dónde pudo salir?
Sosa señaló la casa entera con un gesto breve.
—De un frasco. De una farmacia. De un cazador. De un boticario. De alguien con conocimientos médicos o con acceso a quien los tenga. De un libro. De una conversación. Buenos Aires es una ciudad grande, comisario. No todas sus sustancias desagradables caben en mi maletín.
Delacroix pensó en eso. El veneno, a diferencia de la hebilla, no pertenecía necesariamente a El Último Farol.
La pieza metálica podía venir de Elena, de Violeta, de un zapato, de una caja sentimental.
La sustancia podía haber llegado de fuera.
El ramo pudo ser el vehículo, o el señuelo, o ambos.
Si el asesino quería incriminar a Violeta, bastaba con que ella tocara las flores y luego el zapato.
Si quería incriminar a Mora, bastaba con que Mora llevara el zapato.
Si quería incriminar a ambas, había creado una obra admirablemente perversa.
—Hay algo más —dijo Sosa.
Montero cerró los ojos un instante.
—Naturalmente.
—La sustancia en la hebilla no está distribuida como si se hubiera transferido por dedos sucios.
Hay una concentración cerca del orificio.
Eso sugiere aplicación directa sobre la pieza que faltaba o sobre la punta que ocupaba ese lugar.
Las flores tienen restos, sí, pero más dispersos.
Podrían haber servido para transportar la sustancia o para simular una contaminación accidental. Aún no sé cuál.
Delacroix se acercó al escritorio.
—Entonces no basta con que Violeta tocara las flores y luego ajustara el zapato.
—No, si hablamos de una dosis capaz de matar así. Habría hecho falta cargar la punta de manera deliberada.
—O que la punta viniera ya cargada cuando fue colocada.
—Exactamente.
Montero miró hacia el pasillo.
—Mora pudo hacerlo antes de calzarse.
—Pudo —dijo Delacroix.
—Violeta pudo hacerlo al ajustar.
—Pudo.
—Ramiro pudo hacerlo cuando tomó el zapato.
—Pudo.
—Mercedes pudo hacerlo si estuvo en el camerino aunque diga que no.
—Pudo.
—Lisandro pudo entrar antes.
—Pudo.
—Villalba pudo saber demasiado.
—Pudo.
Montero apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—Me está volviendo partidario del azar.
—El azar no escribe notas.
—No, pero al menos no exige tantas entrevistas.
Sosa soltó una risa breve. Delacroix no.
Su mirada seguía sobre los objetos. La acusación perfecta contra Mora requería demasiadas acciones de una persona que, si realmente hubiese preparado el crimen, se habría elegido a sí misma como sospechosa principal con una generosidad suicida.
¿Por qué matar a Ramiro en el único momento en que todos iban a recordar la nota sobre una mujer bailando con un muerto?
¿Por qué usar su propio zapato? ¿Por qué hacerlo justo cuando había una hoja de contrato que le daba un motivo abrasador?
Mora era orgullosa, hiriente, capaz de odiar con disciplina, pero el crimen parecía diseñado por alguien que no solo quería matar a Ramiro, sino fabricar un relato.
Y Mora, por temperamento, no parecía fabricar relatos a favor de otros. Apenas toleraba protagonizar el suyo.
—Quiero ver la nota que apareció en el saco de Ramiro —dijo.
Montero buscó la copia entre los papeles.
—La segunda.
Delacroix la colocó junto al zapato de Mora.
Una mujer puede bailar con un muerto sin saberlo.
La frase tenía ahora una importancia mayor.
“Sin saberlo.” No era una simple amenaza contra Ramiro ni una acusación directa contra Mora.
Era una instrucción de lectura, pero también una trampa dentro de la trampa.
Cualquier persona inteligente que la leyera después del crimen podía pensar: Mora fue usada.
Pero el público no se detendría en esa precisión.
Recordaría solo mujer, bailar, muerto. El asesino había escrito una frase con dos velocidades: una para los testigos vulgares, otra para quienes miraran mejor.
¿Por qué? ¿Orgullo? ¿Deseo de que Delacroix comprendiera?
¿Necesidad de absolver parcialmente a Mora?
¿O intención de conducirlo hacia una segunda sospechosa, Violeta, la mujer que podía haber usado a Mora sin que Mora supiera?