Capítulo 14 — El tempo del bandoneón #4
Un agente volvió de la cocina con una nueva noticia: no habían encontrado la página de Villalba, pero sí restos de papel quemado en la estufa, distintos de la hoja contractual recuperada.
Eran fragmentos demasiado dañados para leer, salvo por una palabra parcial en uno de ellos.
Montero lo llevó bajo la lámpara. Delacroix se inclinó.
Solo se distinguían tres letras y parte de una cuarta: “...bio...”, quizá de “cambio”, quizá de “labio”, quizá de “rubio”, quizá de cualquier palabra que el fuego hubiera decidido convertir en burla.
Villalba, al verlo, palideció.
—Mi página —dijo.
—¿Está seguro? —preguntó Montero.
—No. Pero escribí “cambio de tempo” durante el ensayo.
Delacroix levantó la vista.
—¿Cambio de tempo?
—Sí. Lo anoté cuando Anselmo y Ramiro discutieron por el cierre. Escribí algo como: “El cambio de tempo obliga a Mora a subir el adorno. Ramiro quiere que el peligro se vea.” Era una frase excelente, si me permiten el duelo.
Nadie se lo permitió.
Delacroix sintió que la importancia de la página aumentaba.
Si Villalba había anotado que el cambio de tempo obligaba a Mora a subir el adorno, esa página contenía la clave técnica del crimen antes de que ocurriera.
Quien la robó y la quemó no temía solo una descripción de la figura que subió al altillo.
Temía que la relación entre tempo, adorno y pierna quedara por escrito en manos de alguien que podía entenderla después.
—¿Quién pudo leer sus notas antes de la función? —preguntó.
Villalba tragó saliva.
—Cualquiera que se inclinara sobre mi mesa. Pero recuerdo una persona.
—¿Quién?
El periodista miró hacia Mercedes, luego hacia Matilde, finalmente hacia el pasillo.
—Ramiro.
La respuesta abrió un silencio nuevo.
—Ramiro leyó sus notas —dijo Delacroix.
—Por encima. Se burló. Dijo que yo convertía sus pasos en autopsias. Vio la frase del cambio de tempo. No sé si vio más.
—¿Cuándo?
—Antes de la función. Después del ramo. Antes de entrar al camerino de Mora.
Montero se quedó quieto.
—Entonces Ramiro sabía que usted había descrito el movimiento.
—Sí, pero no sabía que lo matarían con él.
Delacroix no contestó. Quizá no. Pero Ramiro, si había leído esa nota, pudo comprender que el paso final era observado.
Pudo saber que el cambio de tempo aumentaba el contacto.
Pudo bromear con ello. Pudo incluso usarlo para humillar a Mora.
O alguien que lo acompañaba pudo leer lo mismo y entender una posibilidad.
—¿Quién estaba con Ramiro cuando leyó la página? —preguntó.
Villalba cerró los ojos, reconstruyendo.
—Mercedes estaba cerca. Matilde también pasó. Violeta llevaba una chaqueta. Lisandro no, creo. Mora no. Anselmo estaba en el escenario. Había un camarero.
—¿Y la página seguía allí después?
—Sí. Creo que sí.
—Creer —dijo Montero— vuelve a ser una actividad religiosa.
Villalba no tuvo fuerzas para ofenderse.
Delacroix miró el fragmento quemado. Cambio de tempo.
La frase que podía explicar el crimen había sido escrita antes del crimen por un hombre que deseaba convertir todo en literatura.
Luego alguien la había robado y casi destruido.
Ramiro la había leído. Otros pudieron leerla.
El asesino, si no había planeado ya el método, pudo haber encontrado allí la confirmación exacta de que el escenario haría el trabajo por él.
No obstante, el zapato debía estar preparado antes de la función.
La hebilla, tomada. La sustancia, aplicada.
La pieza, colocada. El asesino no improvisó todo al leer a Villalba.
Pero tal vez la página amenazaba con demostrar que el crimen dependía del tempo y no de un simple arrebato de Mora. Por eso debía desaparecer.
Delacroix volvió hacia el escenario. Anselmo seguía con el bandoneón cerrado.
Mora, desde el camerino, miraba hacia ellos.
Violeta estaba quieta. Mercedes apretaba la carpeta.
Matilde sostenía un cigarrillo sin encender.
Villalba, privado de una página y de su seguridad, parecía por primera vez más testigo que narrador.
—Comisario —dijo Delacroix—, ya sabemos por qué la muerte debía ocurrir antes del último acorde.
—Porque el veneno actuó rápido.
—No. Porque después del último acorde Ramiro habría dejado de bailar, Mora se habría apartado y el zapato ya no habría significado nada. La frase no anunciaba el momento de la muerte. Anunciaba el último instante en que todos podrían malinterpretar el arma.
Montero miró hacia el zapato custodiado en el despacho.
—Y el tempo hizo que ese instante fuera visible.
—Exactamente.
Anselmo murmuró, sin levantar la cabeza:
—La música no mató a Ramiro.
Delacroix lo miró.
—No. Pero alguien sabía que la música, por orgullo, intentaría sostenerlo.
El viejo cerró los ojos. Esta vez no respondió.
En algún lugar del bar, muy cerca quizá del patio o de la cocina, una puerta golpeó suavemente con el viento. Nadie se sobresaltó demasiado. Después de todo lo ocurrido, incluso los ruidos repentinos parecían agotados.
Delacroix volvió a mirar el fragmento quemado con las letras supervivientes.
Cambio.
Esa era la palabra, o parte de ella. Cambio de tempo. Cambio de pareja. Cambio de teatro. Cambio de culpable.
En El Último Farol, todo había cambiado justo lo suficiente para que todos creyeran estar viendo lo mismo de siempre.