Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 14 — El tempo del bandoneón #3
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Capítulo 14 — El tempo del bandoneón #3

Delacroix se inclinó.

—¿Dolor?

—Tal vez. O sorpresa. Ramiro era capaz de sentir una puñalada y preguntarse antes si favorecía su perfil.

La frase, cruel y probable, iluminó una posibilidad.

Ramiro pudo sentir el pinchazo del zapato, pero no entenderlo como peligro.

Si creyó que era un rasguño, un enganche, un defecto del calzado de Mora, quizá decidió seguir y convertir cualquier incomodidad en parte del número.

Su vanidad no solo había permitido el contacto exacto; también había impedido detenerse a tiempo, si es que detenerse habría servido de algo.

—¿Miró a alguien después de ese momento? —preguntó.

Anselmo cerró los ojos otra vez.

—A Violeta.

—¿Seguro?

—No. Casi. Miró hacia el pasillo. Ella estaba allí. O yo creí que estaba allí. En esta casa uno mira hacia los fantasmas aunque estén en otra habitación.

Delacroix recordó haber pensado lo mismo durante la caída.

Ramiro había buscado la sombra del pasillo.

Si miró a Violeta, ¿fue por acusación, por miedo, por memoria de Elena, por simple orientación?

¿Había sentido que algo en el zapato lo hería y asociado de inmediato el dolor con la vestuarista?

Eso no probaba que Violeta fuera culpable.

Podía demostrar que Ramiro, como todos, sabía hacia dónde debía mirar si una vieja deuda venía a cobrarle.

—Después cerró la mano izquierda —dijo Delacroix.

Anselmo abrió los ojos.

—¿Quién se lo dijo?

—Villalba lo vio.

—Ah. Entonces algo útil le habrá costado.

—¿Usted lo vio?

—Sí. La cerró sobre la nada. O sobre el aire. Estaba perdiendo fuerza.

—¿Pudo haber tenido algo en la mano?

Anselmo pensó.

—No durante el baile. Las manos estaban ocupadas en Mora. Pero Ramiro era hábil. A veces escondía un gesto dentro de otro.

—¿Pudo arrancar algo del zapato durante el abrazo?

El viejo lo miró con sorpresa real.

—¿Con la mano?

—O intentarlo.

Anselmo no respondió enseguida. Miró hacia el escenario, reconstruyendo no desde la vista sino desde el ritmo.

—Después del roce, hubo un momento en que la mano de él bajó más de lo habitual por la espalda de Mora, casi hacia la cintura.

Pero no al zapato. Imposible. Luego cerró la izquierda.

No sé. Quizá sintió el pinchazo y quiso tocarse la pierna, pero no se permitió romper la figura. Quizá cerró la mano para no hacerlo.

Delacroix asintió. No era una prueba, pero sí un detalle de carácter.

Ramiro podía haber elegido seguir muriendo con estilo antes que admitir un problema.

El asesino contaba con eso. Solo alguien que conociera su orgullo hasta el hueso podía estar seguro de que no se detendría ante un pinchazo menor.

—Quiero que toque el cierre otra vez —dijo.

Anselmo lo miró con furia cansada.

—No.

—Sin bailarines. Solo el cierre. Necesito oír dónde empezó a atrasarse.

—Usted no oirá lo que oí yo.

—Probablemente no. Pero quizá usted sí.

El viejo sostuvo su mirada durante varios segundos.

Luego tomó el bandoneón con una delicadeza casi dolorosa y se sentó más recto.

Montero, desde unos pasos más atrás, observó sin intervenir.

El salón empezó a callarse al ver el instrumento abierto.

Algunos creyeron, quizá, que la función retomaría una forma absurda.

No fue así. Anselmo apoyó los dedos, respiró y tocó solo los compases finales de La que no perdona.

Sin bailarines, la música sonó más desnuda y más cruel.

No había cuerpos que la embellecieran ni público que pudiera confundirse con la pasión.

Solo una línea grave, un avance contenido, una pausa que parecía pedir demasiado y, luego, el alargamiento.

Delacroix cerró los ojos, no por emoción sino para escuchar la estructura.

Anselmo tocó una vez el cierre como debía haber sido.

Luego lo tocó como había sonado durante la muerte de Ramiro.

La diferencia era mínima al comienzo. Después, en un punto casi imperceptible, el compás cedía, se abría, dejaba espacio.

No era un error. Era una concesión. El músico había seguido a Ramiro.

Luego, cuando el cuerpo del bailarín empezó a retrasarse, la música intentó sostenerlo, como Mora.

Durante unos segundos, todo el escenario había conspirado para que la caída pareciera arte.

Anselmo cerró el bandoneón de golpe, no con violencia, sino con decisión.

—Ahí —dijo.

—¿Dónde?

—Antes de que él empezara a morir en serio. Ahí sintió algo. Lo sé ahora. En ese silencio pequeño. Yo pensé que estaba saboreando el gesto. No. Estaba decidiendo ignorarlo.

Delacroix abrió los ojos.

—¿Cuánto tiempo pasó desde el roce hasta la caída?

Anselmo miró hacia el techo, contando con una precisión musical.

—Veinte segundos. Quizá veinticinco. No más de treinta.

Sosa, que había llegado atraído por la música, frunció el ceño.

—Eso reduce las sustancias posibles.

—¿A cuántas? —preguntó Montero.

—A menos, que ya es algo. Rápida absorción, dosis potente, punción directa. O una sustancia que no mata por sí sola pero desencadena algo en un cuerpo predispuesto. Necesito revisar si Ramiro había bebido, comido o tomado algo antes.

Mercedes, desde su mesa, habló sin levantarse.

—Tomó ginebra. Poco. Y café.

—¿Quién se lo sirvió? —preguntó Delacroix.

Un camarero levantó la mano con miedo. Montero lo llamó.

El joven explicó que Ramiro había bebido una copa de ginebra en su camerino, servida de una botella común, y café en el salón antes de la función.

Varios habían bebido de la misma botella.

Nadie más había enfermado. El café lo había llevado una camarera a pedido de Mercedes.

Mercedes confirmó. Mora no lo había tocado.

Violeta tampoco, según el camarero. Eso no descartaba nada, pero reforzaba el zapato como vía principal.

—Si el veneno actuó en menos de treinta segundos —dijo Delacroix—, quien lo preparó debía estar seguro de que la punción ocurriría en el momento correcto.

—O no le importaba el momento exacto —dijo Montero.

—Le importaba. Las notas decían antes del último acorde. No durante la cena, no al salir, no en el camerino. Antes del último acorde. La frase no era decorativa. Era una cita.

Anselmo bajó la vista hacia el bandoneón.

—Una cita con la música.

—Y con usted —dijo Delacroix.

El viejo no se defendió. Montero lo miró con más atención.

—¿Conmigo?

—Sin su tempo, la punción podía ocurrir más baja o más breve. Sin su alargamiento, Ramiro quizá no habría ofrecido la pierna como lo hizo. El asesino contaba con que usted tocara como tocó.

—Entonces conocía a Ramiro y me conocía a mí.

—Sí.

—Eso sigue siendo media casa.

—Pero ya no toda Buenos Aires.

La reducción era mínima, pero real. Delacroix miró a los presentes.

Matilde conocía el tempo. Violeta conocía el tempo.

Mora, desde luego. Lisandro lo había estudiado con hambre.

Mercedes había visto suficientes ensayos.

Villalba podía haberlo aprendido observando.

Anselmo, por supuesto, lo ejecutaba. Cada respuesta cerraba una puerta y abría otra en el mismo movimiento.