Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 14 — El tempo del bandoneón #2
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Capítulo 14 — El tempo del bandoneón #2

—Anote también que no lo maté en ese momento. Ni al día siguiente. Ni cuando me pidió que sonriera para una fotografía con Lucía, como si yo fuera una tía generosa. Mis motivos no empezaron esta noche, comisario. Eso debería hacerlos menos útiles, no más.

La observación tenía filo y lógica. Delacroix la aceptó en silencio.

Un motivo antiguo y visible podía ser usado tanto por quien lo tenía como por quien quería señalarlo.

Mora había sido humillada durante semanas, quizá meses.

Si hubiera querido matar a Ramiro, ¿habría elegido justo la noche en que las notas la convertían en culpable anunciada?

Tal vez, si la rabia vencía la prudencia.

Pero el mecanismo del zapato no era rabia.

Era una paciencia ajena, o una rabia que había aprendido a coser.

—¿Quién más sabía que usted conocía a Lucía? —preguntó.

—Ramiro, Mercedes, Anselmo. Quizá Matilde. Violeta lo supo después porque me vio volver esa noche y no hizo preguntas hasta que dejé de poder contestar sin romper algo.

—¿Villalba?

Mora levantó la vista.

—Tomás siempre sabe lo que no debería. No sé cómo. Tal vez porque nadie lo considera lo bastante humano para callarse delante de él.

—¿Habló con él de Lucía?

—No. Él me habló a mí. Dijo que una despedida sin reemplazo era nostalgia, pero una despedida con reemplazo era noticia. Le dije que buscara otra tumba donde plantar adjetivos.

—¿Cuándo fue eso?

—Ayer.

Delacroix miró a Montero. El periodista conocía el reemplazo antes de que apareciera la página quemada.

También había visto a alguien subir al altillo.

También había perdido una página de notas.

La figura de Villalba crecía, aunque su motivo seguía siendo difuso.

Pero algunos hombres matan no por odio directo, sino por la posibilidad de convertirse en dueños del relato.

Aun así, preparar veneno y zapato requería más que hambre de crónica.

—¿Lucía Ferreyra está en Buenos Aires? —preguntó.

—Sí.

—¿Dónde vive?

—No lo sé. Mercedes debe saberlo. Ramiro también lo sabía.

—¿Pudo estar aquí esta noche?

Mora negó, luego dudó.

—No la vi. Pero habría podido entrar como invitada si alguien la protegía. O mirar desde la calle. O no venir y aun así ser parte del daño. Las mujeres jóvenes elegidas por hombres como Ramiro no necesitan actuar para destruir a otras. A veces basta con existir en el momento conveniente.

No había odio contra Lucía en la frase, o no solo odio.

Había una comprensión amarga de un mecanismo que ella misma quizá había vivido años atrás, cuando Ramiro la eligió a ella frente a otra mujer, o frente a ninguna.

Delacroix notó que Violeta, desde el pasillo, había escuchado parte de la respuesta.

Su rostro no cambió, pero sus manos sí: se cerraron sobre la tela de la falda.

Elena, Mora, Lucía. Tres edades distintas de una misma estructura.

Ramiro había convertido la sucesión de mujeres en parte de su carrera.

Alguien podía haber decidido que esa sucesión terminara allí.

—Durante la pieza final —dijo Delacroix—, cuando Ramiro empezó a fallar, ¿usted pensó en el contrato?

Mora lo miró con dureza.

—Pensé que se estaba muriendo.

—Antes de saberlo.

—Pensé que me estaba humillando. Pensé que iba a fingir una caída, un desmayo, una pausa excesiva, algo que luego contaría como genialidad. Pensé que mi último baile con él iba a ser también su última burla. Después noté el peso. Nadie puede fingir ese peso.

La frase dejó el cuarto en silencio. Montero bajó la libreta un instante. Delacroix pensó que el cuerpo muerto de Ramiro había comunicado la verdad a Mora antes que a nadie, pero demasiado tarde para salvarla de la imagen.

—¿Quiere saber algo más? —preguntó ella.

—Sí. ¿Quién quería que usted bailara esa pieza aunque supiera lo de Lucía?

Mora soltó aire despacio.

—Todos. Ramiro por vanidad. Mercedes por contrato.

Matilde por la casa. Anselmo por la música, aunque le doliera.

Violeta porque pensó que si yo no bailaba, Ramiro ganaba otra vez sin siquiera tocarme.

Lisandro porque quería verme vencerlo o verlo caer.

Villalba porque necesitaba una buena escena.

Yo porque soy idiota o artista, si es que hay diferencia.

—¿Y quién insistió más?

—Ramiro.

—Después de Ramiro.

Mora tardó más.

—Matilde.

El nombre no sorprendió, pero dolió en la estructura del caso.

—¿Cómo?

—Me dijo que no dejara que Ramiro me robara también la despedida. Que si iba a terminar, al menos terminara bailando. No lo dijo con maldad. Esa es la parte peor. En esta casa muchas crueldades se dijeron con frases hermosas.

Delacroix no comentó nada. Matilde había querido salvar la función, salvar la dignidad de Mora, salvar El Último Farol, quizá salvar su propia idea de lo que el escenario podía reparar.

Pero el resultado había sido colocar a Mora en el centro de la trampa.

Otra pequeña decisión equivocada. Otra mano que no mata pero acerca la víctima al punto exacto.

Salieron del camerino. Violeta seguía junto a la pared. Delacroix se detuvo.

—Mora sabía lo de Lucía.

—Sí —dijo Violeta.

—Usted también.

—Sí.

—No lo mencionó.

—No me lo preguntó.

—Esta noche esa frase empieza a parecer una epidemia.

Violeta no se defendió. Miró hacia el interior del camerino, donde Mora había vuelto a sentarse.

—No quería que la usaran más.

—El silencio no la protegió.

—Nada la protegió. Ese es el punto.

Delacroix sostuvo la mirada de la vestuarista.

Había en ella una furia quieta, pero no exactamente contra él.

Contra el orden completo de las cosas. Contra las preguntas que llegaban tarde, contra los hombres que necesitaban cadáveres para revisar injusticias, contra la casa que exigía a las mujeres bailar hasta el final para demostrar que no habían sido vencidas.

—¿Usted quería que bailara? —preguntó.

Violeta respiró hondo.

—Quería que decidiera ella. No Ramiro. No Mercedes. No Matilde. Ella.

—¿Y decidió ella?

La vestuarista no respondió. Esa falta de respuesta fue más honrada que muchas confesiones.

Delacroix volvió al salón. Anselmo estaba sentado otra vez con el bandoneón.

El instrumento descansaba sobre sus rodillas, pero sus manos no lo tocaban.

El viejo parecía estar escuchando una música interna que nadie más podía oír.

Delacroix se acercó y se sentó a su lado sin pedir permiso. Esta vez Anselmo no hizo comentario.

—Mora dijo que usted le habló de Lucía.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque era mejor que se enterara por alguien que no disfrutara viéndola sangrar.

—Eso lo honra.

—No se apure. También quería que bailara con rabia. Mora baila bien cuando tiene algo que morder por dentro.

—Eso lo honra menos.

Anselmo aceptó el juicio con una inclinación mínima.

—La pureza no toca bien el bandoneón, monsieur. Uno usa lo que hay.

—Esa frase podría pertenecer al asesino.

—Casi todas las frases buenas podrían pertenecer al asesino si uno las mira con mala luz.

Delacroix observó el instrumento. El tempo había sido crucial.

Anselmo lo había alargado. Eso permitió que el roce subiera, que la figura se exhibiera, que Ramiro luciera su arrogancia y, quizá, que el veneno entrara en el sitio preciso.

El viejo decía haber seguido la costumbre de Ramiro, pero la costumbre podía ser tan útil como una orden.

—Hablemos del tempo —dijo.

Anselmo cerró los ojos.

—Sabía que volveríamos allí.

—Usted alargó la frase final.

—Sí.

—Más que en el ensayo.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque Ramiro me lo pidió con el cuerpo.

—No con palabras.

—Los bailarines que valen algo hablan antes con el peso que con la boca. Ramiro levantó el torso, abrió la línea, buscó el espacio. Si yo cerraba pronto, lo dejaba ridículo. Si lo seguía, le daba grandeza. Elegí mal, como tantas veces.

—¿Pudo elegir cerrar antes?

—Siempre se puede elegir cerrar antes. La dificultad está en vivir con el ruido que queda.

—Si hubiera cerrado antes, el roce habría sido más bajo.

—Tal vez.

—Y quizá Ramiro no habría muerto.

Anselmo abrió los ojos. No se ofendió. Eso fue lo más triste.

—Eso lo pensé yo solo, monsieur. No necesitaba ayuda.

Delacroix dejó que el silencio se instalara. Luego preguntó:

—¿Quién más podía saber que usted alargaría el cierre?

—Todos los que han oído tocarme con Ramiro.

—No es suficiente.

—Mercedes lo sabía porque lo odiaba y aun así lo vendía.

Matilde lo sabía porque ha visto esta pieza demasiadas veces.

Mora lo sabía porque su cuerpo tenía que sobrevivirlo.

Violeta lo sabía porque arreglaba los zapatos después de cada exageración.

Lisandro lo sabía porque soñaba con estar en ese sitio.

Villalba quizá lo sabía porque la vanidad ajena es su pan.

Ramiro, por supuesto, lo sabía mejor que nadie.

—¿Y Lucía Ferreyra?

Anselmo miró al detective con interés.

—Ella lo habría aprendido rápido.

—¿La conoce?

—La vi una vez. Pies jóvenes. Mirada peligrosa.

—¿Peligrosa cómo?

—Como quien cree que la historia empieza cuando una entra en la habitación.

La definición era buena, pero no acusatoria.

Delacroix la guardó. Si Lucía era la reemplazante, podía tener motivo para querer que Mora quedara destruida y Ramiro convertido en leyenda, aunque matar al hombre que iba a impulsarla parecía absurdo.

A menos que Ramiro también la hubiera descartado, o que ella descubriera que su oportunidad no era real. Demasiadas hipótesis, pocas manos.

—Usted dijo que Ramiro le pidió el tempo con el cuerpo —continuó Delacroix—. Después del roce, ¿cambió algo en su manera de pedirlo?

Anselmo tardó.

—Sí.

—¿Qué?

—Primero pidió más. Luego dejó de pedir. Eso fue lo que oí. Después del roce, durante unos compases, quiso hacer la pieza más grande. Como si necesitara demostrar que nada lo tocaba. Luego el cuerpo empezó a atrasarse. Pero entre una cosa y otra hubo un momento raro.

—¿Raro cómo?

—Una pausa interna. No en la música. En él. Como si hubiera sentido algo y decidido convertirlo en gesto.