Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 14 — El tempo del bandoneón
60%

Capítulo 14 — El tempo del bandoneón

La hoja chamuscada del contrato produjo un efecto más grave que muchas acusaciones.

No tenía la teatralidad de las notas anónimas, ni la carga fúnebre del ramo, ni la intimidad dolorosa de los zapatos blancos de Elena Cárdenas.

Era papel comercial, membrete, cláusulas, una prosa sin música.

Precisamente por eso resultaba devastadora.

En aquellas líneas medio quemadas no había metáforas sobre muertos que bailaban ni faroles que alumbraban mejor en la ausencia; había una decisión fría, práctica, fechable.

Ramiro Acuña iba a abandonar El Último Farol, iba a firmar con el Teatro Esmeralda y, después de la función de esa noche, iba a prescindir de Mora Ledesma como pareja escénica.

Lo haría después de permitir que bailara con él una última pieza, después de obligarla a sostener su despedida, después de hacerla participar en la ceremonia de su propio descarte.

Delacroix observó la hoja sobre el escritorio y comprendió que acababan de encontrar algo más peligroso que un motivo: habían encontrado una humillación planificada.

Mercedes Acuña no intentó recoger el papel.

Eso la favoreció un poco. Las personas culpables no siempre tocan la prueba que las compromete, desde luego, pero las que aún conservan instinto de control suelen hacerlo antes de pensar.

Ella permaneció inmóvil, con los ojos fijos en el borde quemado, como si no pudiera decidir qué parte de la catástrofe debía administrar primero.

Matilde Alzaga, en cambio, miraba hacia la puerta del despacho, hacia el pasillo donde Mora seguía retenida, descalza y todavía vestida para el número final.

Violeta Cárdenas no había dicho una palabra desde que la hoja apareció.

Sus manos descansaban sobre la falda, limpias, cerradas apenas, y Delacroix tuvo la impresión de que aquella mujer estaba midiendo el daño nuevo no en relación con Ramiro, sino con Mora. La diferencia era importante.

—¿Quién quemó esto? —preguntó Montero.

La pregunta era necesaria y, por eso mismo, insuficiente.

Nadie respondió. El agente que había encontrado la hoja explicó que estaba detrás de la estufa de la cocina, doblada dos veces, con un borde quemado pero no consumida del todo.

Alguien la había arrojado allí con prisa o con torpeza, quizá después de intentar destruirla sin esperar a que el fuego terminara el trabajo.

No era una destrucción elegante. Eso podía señalar a alguien apurado durante el caos, o a alguien poco acostumbrado a quemar documentos, o a alguien que no quería destruirlo por completo sino permitir que apareciera más tarde, dañado lo justo para parecer robado al fuego.

Delacroix no descartó ninguna opción. La noche se había vuelto demasiado experta en ofrecer pruebas que caminaban solas hacia el sospechoso más conveniente.

—Esta hoja estaba en su carpeta —dijo Montero a Mercedes.

—Sí.

—Usted dijo que no sabía dónde estaba.

—Y no lo sabía.

—También dijo que el contrato estaba incompleto.

—Lo estaba.

—Porque faltaba una página que perjudicaba a Mora.

Mercedes levantó la vista. Su rostro recuperó una parte de la dureza habitual, aunque ya no podía ocultar el cansancio.

—Esa página no perjudicaba a Mora. Registraba una decisión de Ramiro.

—Una decisión que le daba a Mora un motivo para matarlo.

—Mora no conocía esa página.

—¿Está segura? —preguntó Delacroix.

Mercedes volvió hacia él una mirada más cauta.

—No debería conocerla.

—Esa es una respuesta sobre protocolo, no sobre realidad.

—Ramiro no se lo habría dicho antes de bailar.

—Pero se lo dijo de otro modo.

La mujer no respondió. La frase que Ramiro había murmurado durante la pieza final regresó al cuarto con precisión cruel: “esta noche te estoy regalando tu último recuerdo decente”.

Mora había contado eso en el camerino. No sabía quizá que existía una cláusula con su reemplazo, pero sí había recibido la verdad de labios de Ramiro en la forma más dañina posible: no como información, sino como desprecio.

Matilde se llevó una mano al pecho.

—Hay que decírselo.

—No —dijo Delacroix.

La dueña lo miró con indignación.

—Tiene derecho a saberlo.

—Lo tendrá. Pero no antes de que sepamos quién quiso que lo supiéramos nosotros.

Montero asintió despacio. Había entendido.

Si alguien había quemado la hoja para destruirla, encontrarla ayudaba a reconstruir el motivo.

Si alguien la había quemado para que pareciera ocultada y luego recuperarla, entonces la hoja era otra flecha apuntando hacia Mora.

En ambos casos, llevársela a la bailarina en ese momento solo serviría para añadir una reacción emocional a una escena que ya estaba saturada de interpretaciones.

—¿Quién tuvo acceso a su carpeta? —preguntó el comisario.

Mercedes se puso de pie, irritada.

—Otra vez todos. ¿No es esa la respuesta oficial de esta casa?

La dejé en el despacho durante parte de la tarde.

La llevé conmigo al salón. La tuve sobre la mesa.

Matilde pudo tocarla. Ramiro pudo tocarla.

Villalba se acercó demasiadas veces. Lisandro pasó cerca.

Los camareros entraron con café. Violeta no, que yo recuerde. Mora tampoco.

—Que usted recuerde —dijo Delacroix.

—Sí. Que yo recuerde. Empiezo a comprender que esta noche la memoria ha sido declarada sospechosa.

—Más bien testigo poco fiable.

Mercedes respiró hondo. Parecía a punto de romperse, pero no por dolor fraternal, sino por acumulación de pérdida de dominio.

Su hermano había muerto; su contrato, en vez de salvarla, acababa de convertirse en pieza de investigación; su autoridad sobre los papeles ya no servía.

Para una mujer como ella, eso era casi una forma de desnudez.

—Ramiro no habría querido que esa hoja circulara antes de la función —dijo.

—¿Por Mora?

—Por sí mismo. Si Mora lo sabía antes, podía negarse a bailar, humillarlo, discutir en público. Ramiro quería su despedida intacta. Después vendría la crueldad administrativa.

—¿Y usted aceptó eso?

Mercedes cerró los ojos con una expresión de asco.

—Yo acepté demasiadas cosas porque las alternativas eran peores o porque eso me decía para dormir. Elija la frase que prefiera.

Delacroix no la eligió en voz alta. Miró la hoja quemada, luego la tarjeta del ramo, luego el zapato derecho de Mora.

La estructura se volvía más compleja y, a la vez, más nítida: una amenaza que hablaba de una mujer bailando con un muerto sin saberlo; un ramo que invocaba a Elena; una hebilla desaparecida; una punción; una hoja de contrato que otorgaba a Mora un motivo perfecto.

Demasiadas capas para una simple venganza de vestuarista.

Demasiado conocimiento íntimo para un enemigo externo.

Demasiada precisión emocional para un prestamista.

Demasiada paciencia para Lisandro. Demasiada autodestrucción comercial para Mercedes, aunque no podía descartarla.

Y en el centro, siempre, Ramiro, cuya crueldad había preparado los materiales del crimen mucho antes de que alguien afilara una aguja.

—Quiero hablar con Mora —dijo al fin.

Matilde intentó intervenir, pero se detuvo. Violeta levantó la mirada. Mercedes no se movió. Montero tomó la hoja quemada, la guardó en un papel y acompañó a Delacroix hacia el camerino.

Mora seguía sentada. Al verlos entrar, se incorporó apenas, como si el cuerpo se preparara para recibir otra acusación.

Delacroix advirtió que se había envuelto los pies en un pañuelo viejo, quizá por frío o por pudor.

La bata oscura le cubría los hombros. El maquillaje se había vuelto una máscara gastada, pero sus ojos conservaban una claridad dura.

No parecía más inocente que antes; parecía más castigada, que no era lo mismo.

—Encontraron algo —dijo.

No era una pregunta.

—Sí —respondió Delacroix.

Montero cerró la puerta a medias, dejando al agente visible en el pasillo. Era una forma de privacidad sin confianza. Delacroix tomó asiento esta vez, no frente a ella como juez, sino a un costado, junto al tocador.

—Ramiro iba a firmar con el Teatro Esmeralda —dijo.

Mora lo miró sin sorpresa.

—Lo sabía.

—Iba a reemplazarla.

Esa vez la reacción existió. No fue un sobresalto grande. Fue una inmovilidad más profunda. Mora bajó la mirada hacia sus manos.

—También lo sabía.

Montero se inclinó.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de que ustedes encontraran el papel que seguramente encontraron.

Delacroix no apartó los ojos de ella.

—¿Qué papel?

Mora sonrió apenas, sin alegría.

—No juegue a ver si adivino la prueba. Ramiro me lo dijo durante el baile.

No con nombres, no con cláusulas, pero me lo dijo.

Y Mercedes ya me había hablado por la tarde como se habla a los muebles que van a retirarse de una habitación antes de enseñarla a compradores nuevos.

Una no necesita leer un contrato para saber cuándo ha sido descartada.

A veces basta con que todos eviten mirarte al mismo tiempo.

—¿Conocía el nombre de Lucía Ferreyra?

La bailarina cerró los ojos.

—Sí.

—¿Cómo?

—La vi ensayar con Ramiro hace dos semanas.

—¿Aquí?

—No. En una sala de práctica cerca de la avenida. Fui porque Anselmo me dijo que Ramiro estaba probando variaciones de la pieza sin mí. No me lo dijo para herirme. Me lo dijo porque pensó que era mejor sufrir con datos que con rumores.

—¿Qué vio?

—A Ramiro siendo Ramiro. A una muchacha creyendo que la atención de un hombre así era una forma de destino. A Mercedes tomando notas. A un empresario sonriendo como si ya pudiera vender la traición en entradas numeradas.

—¿Confrontó a Ramiro?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Esa misma noche. Me dijo que una artista debía saber retirarse antes de que el público empezara a retirarse por ella.

Montero escribió. Mora lo vio.