Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 13 — La ciudad que no olvida #4
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Capítulo 13 — La ciudad que no olvida #4

—¿Para qué?

—Para comprobar que existen en el lugar donde dice que estaba.

—Los contratos de Ramiro no son asunto de la policía.

Montero apoyó una mano sobre el escritorio.

—Su hermano acaba de morir, señora Acuña. Esta noche casi todo lo que tocó su hermano se ha vuelto asunto de la policía.

Mercedes apretó la carpeta contra el pecho.

Esa reacción fue instintiva, y por eso valiosa.

Delacroix no esperaba encontrar un veneno entre cláusulas.

Esperaba ver qué protegía ella con tanta urgencia.

Finalmente, Mercedes cedió la carpeta. Montero la abrió sobre el escritorio.

Había papeles del Teatro Esmeralda, sí: borradores, cifras, condiciones, nombres de artistas, calendario de funciones.

Delacroix revisó con cuidado. Ramiro figuraba como estrella principal.

Mercedes, como representante administrativa.

Mora no aparecía. En su lugar, había un espacio en blanco junto a la palabra “pareja escénica”, y más abajo una nota manuscrita: “L.F. si R.A. confirma”.

Lucía Ferreyra.

—Mora quedaba fuera —dijo Delacroix.

Mercedes no respondió.

—Usted lo sabía antes que ella.

—Yo sabía posibilidades. No decisiones.

—Ramiro ya había decidido.

—Ramiro decidía tres cosas distintas antes del desayuno.

—¿Y usted esperaba convencerlo de llevar a Lucía?

Mercedes alzó la vista.

—Yo esperaba salvar la carrera de Ramiro de su propia nostalgia. Mora era El Último Farol. Ramiro necesitaba salir de aquí.

Matilde, que había entrado detrás de ella, recibió la frase como una ofensa directa.

—¿Salir de aquí o salir de mí?

—De todo lo que lo hundía.

—Lo hundía sostenerte —dijo Matilde.

Mercedes giró hacia ella.

—Lo hundía mantener viva la fantasía de que este bar seguía siendo un templo. Es un negocio moribundo, Matilde. Ramiro lo sabía. Yo lo sabía. Hasta usted lo sabía, aunque prefiriera encender otro cigarrillo antes de admitirlo.

—Y aun así vino esta noche.

—Porque necesitaba una despedida rentable.

La crueldad administrativa de la frase hizo que Matilde palideciera. Delacroix intervino antes de que la discusión devorara la pista.

—Si Ramiro moría esta noche, el contrato se perdía.

—Sí.

—Si Mora era acusada de matarlo, el mito de Ramiro crecía.

Mercedes lo miró con repugnancia.

—¿Insinúa que maté a mi hermano para convertirlo en leyenda? Qué imaginación tan miserable.

—No. Insinúo que alguien pudo entender que, muerto en brazos de Mora, Ramiro pertenecería para siempre a este lugar aunque hubiera planeado marcharse. Eso perjudica sus contratos, pero salva una clase de memoria.

Matilde bajó la mirada. Violeta no se movió. Mercedes comprendió que la frase apuntaba hacia otros, no solo hacia ella.

—Matilde —dijo.

—Yo no lo maté.

—Pero lo necesitabas muerto aquí más que vivo en otro teatro.

Matilde la miró con una tristeza furiosa.

—Yo necesitaba que Ramiro no hubiera nacido con talento suficiente para arruinarnos a todos. Como ve, tampoco conseguí eso.

La frase cerró la discusión por un momento. Delacroix tomó los contratos y revisó las páginas finales. Una faltaba. No arrancada, sino ausente de la secuencia. Mercedes vio su gesto y se adelantó.

—Es un borrador incompleto.

—¿Qué página falta?

—Una hoja de condiciones anexas.

—¿Sobre qué?

—Vestuario, reparto, exclusividad.

—¿Pareja escénica?

Mercedes no respondió. Montero levantó la vista.

—Señora Acuña.

—Sí. Sobre la pareja escénica.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

La frase sonó demasiado parecida a muchas de esa noche, pero en ella había una preocupación distinta.

Delacroix miró la carpeta, luego los papeles de Villalba, luego el zapato de Mora.

Otra página desaparecida. Esta vez no de un periodista, sino de un contrato que podía confirmar quién iba a reemplazar a Mora y quizá quién sabía, antes de la función, que Ramiro la traicionaría públicamente o después de bailar.

—Esta noche —dijo Delacroix— las hojas están aprendiendo a caminar.

Montero no sonrió. Mercedes tampoco. Matilde tomó un cigarrillo y lo rompió entre los dedos sin darse cuenta.

En el salón, el murmullo creció de pronto. Un agente entró al despacho con una hoja doblada.

—Comisario. Encontramos esto en la cocina, detrás de la estufa. Medio quemado.

Montero lo tomó. El borde inferior estaba chamuscado.

La tinta, corrida por calor. No era la página de Villalba; era papel de contrato, con membrete del Teatro Esmeralda.

Delacroix se inclinó. Se leían apenas algunas líneas: “pareja definitiva”, “Lucía Ferreyra”, “prescindir de M. Ledesma”, “anuncio posterior a función”.

Mora iba a ser descartada después de bailar la despedida de Ramiro.

Mercedes cerró los ojos.

Matilde susurró algo inaudible.

Violeta miró hacia el pasillo donde Mora seguía esperando, descalza y acusada de haber matado al hombre que planeaba convertir su último baile en una despedida cruel.

Delacroix tomó la hoja quemada con cuidado.

Ahora la ciudad tenía una nueva razón para no olvidar.

Y Mora, una razón demasiado perfecta para haber querido matar.