Capítulo 13 — La ciudad que no olvida #3
Volvieron al interior. Al entrar, Delacroix sintió con más fuerza el contraste entre la calle y el bar.
Afuera, la ciudad transformaba el crimen en rumor.
Adentro, el crimen seguía siendo físico, pegado a objetos, telas, manos, zapatos, papeles.
Buenos Aires no olvidaba, pero no siempre recordaba con exactitud.
Ese era el verdadero peligro. La memoria colectiva podía convertir a Elena en leyenda, a Ramiro en mártir, a Mora en asesina, a Violeta en vengadora y a Matilde en guardiana culpable antes de que los hechos terminaran de hablar.
Delacroix sabía que debía adelantarse a esa transformación.
Si la historia se cerraba demasiado pronto, la verdad quedaría atrapada dentro como un insecto en ámbar.
Sosa lo esperaba cerca del despacho.
—Encontré algo en las flores —dijo.
Montero se acercó de inmediato.
—¿Veneno?
—No use esa palabra como si esperara que salte de un pétalo.
Encontré una sustancia amarga en el tallo de dos claveles y restos oscuros en el papel.
Podría ser un conservante. Podría ser otra cosa.
Lo interesante es que la misma sustancia, o algo muy parecido por olor y textura, aparece en el borde de la hebilla del zapato de Mora.
Delacroix no respondió enseguida.
—¿Está seguro?
—Estoy seguro de que se parecen. No de que sean la misma. No hasta poder examinarlas en condiciones menos ridículas que un bar lleno de testigos, humo y periodistas respirando cerca.
—¿Cómo llegó la sustancia del ramo al zapato? —preguntó Montero.
—Esa parte es de ustedes. Yo solo arruino cenas con datos incompletos.
Delacroix pensó en el ramo. Para Mora. Con el nombre de Elena.
Arrojado al cubo. Violeta lo retiró, según dijo, y se lavó las manos.
Muchas personas lo tocaron o pudieron tocarlo: el mensajero, Matilde, Mora, quizá Violeta, quizá algún camarero.
Si la sustancia del ramo estaba también en la hebilla del zapato, podía haber sido el veneno aplicado allí.
O podía ser una pista falsa: untar los tallos con la misma sustancia para vincular el ramo al crimen, arrastrando otra vez a Elena y a quien tocó las flores.
—¿La sustancia es compatible con una aplicación en una punta metálica? —preguntó Delacroix.
—Sí. Si fuera tóxica, podría aplicarse en una aguja o pieza punzante. Pero también podría manchar por contacto. Necesito saber qué es antes de concederle una muerte.
—¿Puede matar tan rápido?
—Algunas sustancias, sí. No voy a dar una conferencia de botánica criminal sin instrumentos.
Montero miró hacia Violeta.
—Ella tocó las flores y el zapato.
—Eso dijo ella —respondió Delacroix.
—Y se lavó las manos.
—También lo dijo ella. Demasiado pronto quizá.
—¿La defiende?
—No. Intento no obedecer al asesino si el asesino está señalando con demasiada cortesía.
El comisario se frotó el rostro. La noche empezaba a pesarle.
A Delacroix también, aunque lo disimulaba mejor por una mezcla de costumbre y orgullo profesional.
Pidió que llevaran a Violeta al despacho otra vez.
La vestuarista entró sin resistencia. Al ver a Sosa junto al zapato y los restos del ramo, comprendió antes de que le preguntaran.
—Las flores —dijo.
—Usted las tocó —respondió Montero.
—Sí.
—Y luego tocó la hebilla de Mora antes de la función.
—Sí.
—Hay una sustancia similar en ambos lugares.
Violeta miró a Delacroix. No a Montero. Como si supiera que el comisario necesitaba una línea recta y el detective, en cambio, estaba viendo demasiadas.
—Entonces alguien quería que mis manos viajaran de una cosa a la otra —dijo.
—O sus manos viajaron porque usted las llevó —dijo Montero.
—Si hubiera querido untar veneno en un zapato, comisario, no habría anunciado que me lavé las manos después de tocar las flores.
—Tal vez porque necesitaba explicar la limpieza.
—Tal vez porque dije la verdad.
—La verdad también sirve para esconder.
Violeta inclinó la cabeza, concediendo ese punto con una amargura leve.
—Sí. Ustedes han tardado años en descubrirlo.
Delacroix intervino antes de que Montero se endureciera.
—¿Quién vio que usted retirara las flores del cubo?
—Un camarero. Tal vez. No sé. Estaban todos mirando a Mora y a Ramiro.
—¿Por qué las retiró?
—Porque manchaban.
—¿Le preocupó que mancharan después de un cadáver?
Violeta lo miró con cansancio.
—Cuando una ha pasado la vida limpiando lo que otros ensucian, monsieur, el cuerpo se mueve antes de que la dignidad opine.
La respuesta era tan buena que podía ser verdad o una mentira excelente.
Delacroix pensó en sus manos enrojecidas por el agua, en la palangana del pasillo, en la caja de costura cerrada.
Si había transferido la sustancia de las flores al zapato antes de la función, debía haber tocado el ramo antes, no después.
¿Lo hizo? El ramo llegó en la tarde. Mora lo tomó y lo arrojó.
Violeta pudo retirarlo entonces. Luego ajustó la hebilla antes de la función.
Eso bastaría para contaminar el zapato con una sustancia si esta estaba en los tallos o el papel.
Pero ¿dónde estaba la punta metálica? ¿La hebilla desaparecida? ¿La aguja?
—¿Sus manos estuvieron limpias antes de ajustar el zapato de Mora? —preguntó.
Violeta tardó en responder. No por culpa, sino porque entendió la importancia exacta de la pregunta.
—No lo sé.
—Piense.
—Había tocado telas, flores, chaquetas, maquillaje, hilos, pañuelos. No recuerdo si me lavé antes del ajuste. Probablemente no. Durante una función no se vive con manos de convento.
—Entonces pudo transferir la sustancia al zapato sin saberlo.
—Pude.
Montero anotó con fuerza. Delacroix no apartó los ojos de Violeta.
—Pero eso no basta para matar a nadie si no había una punta que perforara.
—No.
—¿Colocó usted algo en la hebilla?
—No.
—¿Pudo haber algo ya colocado cuando usted la ajustó?
—Si era muy pequeño, quizá. Pero habría sentido resistencia.
—¿La sintió?
—No.
—¿Seguro?
Violeta cerró los ojos. Por primera vez pareció dudar de su propio cuerpo, y esa duda la molestó más que cualquier acusación.
—El zapato estaba rígido. Mora lo dijo. Yo también lo sentí. Pensé que era el hilo nuevo, el cuero reforzado. Quizá... quizá había algo más. No lo sé.
Ese “no lo sé” no sonó como los de Matilde. No era una evasión de culpa antigua. Era una grieta presente. Violeta acababa de admitir que pudo haber tenido en las manos el arma sin reconocerla.
Delacroix dejó que el silencio trabajara. Luego preguntó:
—¿Quién le alcanzó el zapato antes de que usted ajustara la hebilla?
Violeta abrió los ojos.
—Mora lo tenía puesto.
—¿Quién se lo dio a Mora?
—Estaba sobre la mesa.
—¿Quién lo puso sobre la mesa después de que Ramiro lo tocó?
La vestuarista miró hacia el suelo, reconstruyendo.
—Ramiro lo dejó... no. Lo dejó en el borde. Mora lo acercó. Yo estaba junto a la puerta. Después entró Mercedes. Hubo discusión. No recuerdo.
—¿Alguien pudo tocarlo entre Ramiro y Mora?
—Sí.
—¿Quién?
Violeta levantó la vista con una expresión de horror contenido, no por la respuesta sino por comprender que la respuesta era inevitable.
—Cualquiera que estuviera en el camerino.
—Nombres.
—Ramiro. Mora. Yo. Usted. Matilde entró un momento. Tal vez Mercedes asomó desde la puerta. No estoy segura.
Delacroix frunció apenas el ceño.
—Mercedes dijo que llegó después.
—Quizá. Yo estaba mirando el ajuste de la chaqueta. No puedo jurarlo.
La diferencia era pequeña, pero una noche como aquella estaba hecha de pequeñas diferencias. Mercedes había afirmado estar sola en el despacho. Violeta creía haberla visto o sentido en la puerta del camerino. No era prueba, pero sí una fisura.
Montero lo notó también.
—Traigan a Mercedes —ordenó.
La hermana de Ramiro entró unos minutos después, irritada por la nueva convocatoria. Al oír la pregunta, negó de inmediato.
—No estuve en el camerino cuando Ramiro tocó el zapato.
Violeta la miró.
—Creo haberla visto en la puerta.
—Entonces cree mal.
—Puede ser.
La facilidad con que Violeta concedió la duda irritó más a Mercedes que una acusación firme.
—Yo estaba en el despacho.
—Sola —dijo Delacroix.
—Sí.
—Revisando contratos.
—Sí.
—¿Los contratos del Esmeralda?
—Sí.
—¿Podemos verlos?
Mercedes se quedó quieta.