Capítulo 13 — La ciudad que no olvida #2
El detective pasó un dedo por la baranda.
Polvo. No uniforme. Había una zona más limpia en la parte media, donde una mano reciente pudo apoyarse.
En el tercer peldaño vio una pequeña fibra clara adherida a una astilla.
No la tocó de inmediato. Pidió un papel a Montero y la recogió con cuidado.
Era un hilo o fibra blanca, quizá de un pañuelo, quizá de una cinta, quizá del papel de seda de la caja de Elena.
Demasiado poco para concluir nada, pero suficiente para justificar la incomodidad.
—Algo claro en la mano —murmuró Montero.
—O algo claro rozando la escalera.
—¿De los zapatos blancos?
—Podría ser del papel de la caja. Podría ser de una camisa. Podría ser de una mentira con buena iluminación.
Subieron hasta el altillo por la escalera de servicio.
El acceso desembocaba detrás de los baúles grandes, justo donde desde la escalera principal no se vería a alguien aparecer si no se miraba hacia el rincón.
Era un camino excelente para quien quisiera abrir la caja de Elena sin cruzarse con demasiados ojos.
En el suelo, cerca de la caja que ya no estaba, el polvo aparecía alterado en varios puntos.
No era posible saber cuántas pisadas pertenecían a Violeta, a ellos o a la figura vista por Villalba.
Delacroix examinó el rincón. En una grieta entre dos tablas encontró un fragmento mínimo de papel de seda amarillento.
Lo guardó. No era prueba de robo reciente, necesariamente; la caja llevaba años allí.
Pero la acumulación de pequeños residuos empezaba a formar una ruta.
—Subió por el depósito, abrió la caja, tomó la hebilla —dijo Montero—. Bajó quizá por el mismo sitio. Después manipuló el zapato de Mora.
—Tal vez.
—¿Tal vez?
—La página de Villalba solo dice que alguien subió. No que abriera la caja. Además, si el ladrón sabía que Villalba lo había visto, ¿por qué robar la página después del crimen y no antes?
Montero pensó.
—Porque antes no sabía que la página importaba.
—O porque antes no sabía que Villalba lo había descrito.
—¿Y cómo lo supo después?
—Villalba habló demasiado. O alguien escuchó cuando él acusó a Lisandro del objeto brillante. O alguien vio su inquietud al notar la caja. O el propio ladrón revisó sus papeles por miedo a cualquier anotación.
El comisario miró hacia abajo, hacia el depósito.
—Necesitamos revisar a todos.
—Sí. Pero no solo bolsillos. Memoria. Movimientos. Cambios de versión.
Bajaron de nuevo. En el depósito, Delacroix se detuvo junto a una mesa auxiliar donde había restos de flores, cordones, papel de envolver y una jarra vacía.
Algunas cosas provenían de la preparación de la sala; otras, del ramo de Mora quizás.
En una esquina había un recipiente con agua oscura y tallos rotos.
Recordó que Violeta había dicho que tocó las flores después de que Mora las arrojara al cubo, y que por eso se lavó las manos.
Se acercó. Entre los tallos húmedos, los claveles rojos se habían oscurecido, y las flores blancas tenían los bordes manchados.
No vio nada metálico. Pero el olor era extraño: flores, agua sucia, tinta, quizá algún conservante. Llamó a Montero.
—Que Sosa revise esto.
—¿Las flores otra vez?
—Las flores llegaron con el nombre de Elena. Y Violeta dijo que se ensució las manos con ellas.
—¿Cree que el veneno estaba en el ramo?
—Creo que el asesino nos ha hecho mirar los zapatos durante tanto tiempo que sería descortés no mirar también lo que tocó las manos de todos.
Montero envió al agente a buscar al médico.
Sosa llegó poco después con una expresión cada vez menos capaz de sorprenderse.
Examinó el cubo, los tallos, el agua y el papel de envolver con la resignación de un hombre que esa noche había pasado de atender un cadáver a convertirse en inspector de una floristería sin vocación.
—No puedo decir nada aquí —dijo—. Pero hay una sustancia oscura en algunos tallos. Puede ser tinta de la cinta. Puede ser suciedad del cubo. Puede ser cualquier porquería que los comerciantes ponen para que las flores parezcan vivas más tiempo del que merecen.
—Guarde muestras.
—Por supuesto. Ya que hemos iniciado una colección de miserias diminutas, no vamos a discriminar a los claveles.
Mientras Sosa trabajaba, Delacroix regresó al salón.
La búsqueda de la página seguía sin resultado.
Algunos invitados empezaban a mostrar una irritación más sincera que el miedo.
La noche se alargaba, y con ella se debilitaban las máscaras.
Una señora que antes lloraba ahora reprochaba a su acompañante no haber pedido mesa más cerca de la salida.
Un hombre que había declarado ver con claridad el “ataque” de Mora ya no estaba seguro de si había visto el zapato o solo el movimiento del vestido.
El concejal se había callado después de que Montero amenazara con tomarle declaración completa sobre su presencia en un local donde, según él mismo, no quería figurar.
La ciudad, aun encerrada en un salón, empezaba a revelar sus prioridades.
Delacroix pidió hablar con Octavio Lastra, el prestamista mencionado por Mercedes.
El hombre estaba sentado junto al espejo, donde Villalba había observado la escena desde otro ángulo.
Lastra era ancho, elegante de un modo pesado, con barba recortada y manos cuidadas.
No parecía nervioso. Al contrario, recibió al detective con una tranquilidad casi profesional, como si ser interrogado por una muerte en un bar de tango no fuera más que una forma particularmente mala de sobremesa.
—Ramiro le debía dinero —dijo Delacroix.
Lastra sonrió.
—Ramiro le debía dinero a la esperanza, monsieur. Yo apenas llevaba las cuentas.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente para que me molestara su muerte y no lo suficiente para que yo la deseara.
—Una respuesta preparada.
—La prudencia es una forma de educación comercial.
Montero anotó el nombre y el importe aproximado que Lastra dio después de una breve resistencia.
No era una suma pequeña, pero tampoco una fortuna.
El prestamista insistió en que Ramiro vivo valía más que muerto, sobre todo si firmaba con el Esmeralda.
Delacroix le creyó parcialmente. Los hombres de dinero rara vez matan una deuda cuando todavía respira un contrato posible, pero podían asustar, presionar, enviar mensajes o aprovechar el caos.
Le mostró la tarjeta del ramo. Lastra la leyó sin emoción.
—Demasiada literatura para mí.
—¿Conoce la historia de Elena Cárdenas?
—Aquí todo el mundo conoce una versión. Las tragedias pequeñas son la moneda sentimental de los bares antiguos.
—¿Usaría usted esa historia para amenazar a Ramiro?
Lastra pareció ofendido, no moralmente sino estéticamente.
—Si amenazo a un hombre, quiero que entienda que soy yo. De lo contrario, se pierde el valor pedagógico.
Delacroix no descartó al prestamista, pero lo alejó del centro. Había en él pragmatismo, no delicadeza simbólica. Además, si hubiera querido enviar un mensaje, no habría escrito frases que absolvían y condenaban al mismo tiempo. Lastra quería cobrar, no crear una leyenda.
El siguiente desvío lo llevó hacia el exterior.
Montero se resistió al principio a dejarlo salir, pero Delacroix no pretendía abandonar el caso sino mirar el frente del bar.
El comisario lo acompañó. Afuera, San Telmo seguía su noche con una indiferencia casi obscena.
La puerta de El Último Farol estaba custodiada, y algunos curiosos empezaban a reunirse en la vereda, atraídos por el rumor de que algo grave había ocurrido dentro.
Buenos Aires no necesitaba periódicos para enterarse de una muerte; le bastaban un portero, un cochero, una mujer asomada a una ventana y tres hombres capaces de exagerar en voz baja.
La humedad seguía en las piedras. Un farol proyectaba una luz amarilla sobre la entrada.
Desde algún sitio cercano llegaba el olor de café y fritura.
La ciudad no se detenía por un muerto. Lo rodeaba, lo comentaba, lo absorbía.
Delacroix miró la fachada. El ramo había sido entregado por un mensajero contratado en una esquina de Defensa.
La figura que lo pagó llevaba sombrero bajo.
Demasiado poco. Caminó unos pasos hasta la esquina desde donde pudo haberse observado la puerta sin ser visto con claridad.
El ángulo permitía controlar quién entraba, cuándo se abría el salón, si Matilde estaba cerca, si Montero había llegado.
Quien envió el ramo pudo no entrar al bar.
Pero quien robó la hebilla y manipuló el zapato sí necesitaba acceso.
¿Eran la misma persona? No necesariamente.
Esa era una posibilidad que debía mantener viva: el ramo pudo ser obra de alguien que quería avivar el pasado, mientras el asesinato usaba ese mismo pasado como cobertura.
O al revés: el asesino envió el ramo para preparar la emoción exacta de todos.
—La ciudad ya habla —dijo Montero.
Delacroix observó a dos hombres al otro lado de la calle, que fingían no mirar la entrada.
—Las ciudades siempre hablan. El problema es que rara vez escuchan lo que dicen.
—¿Le sirve algo de afuera?
—Quizá. Quien envió el ramo necesitaba un intermediario. Quien robó la página necesitó estar dentro. La pregunta es si el asesino actuó como parte de la casa o como alguien que entra y sale de ella sin pertenecer del todo.
—Villalba.
—Villalba pertenece a todos los sitios mientras toma notas y a ninguno cuando hay que cargar una silla.
—Eso parece una definición de periodista.
—Y de algunos asesinos.