Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 13 — La ciudad que no olvida
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Capítulo 13 — La ciudad que no olvida

La página desaparecida de Tomás Villalba produjo en el salón una inquietud distinta de las anteriores.

Hasta entonces, los objetos importantes habían pertenecido al mundo del crimen o al pasado de Elena Cárdenas: un zapato alterado, una hebilla ausente, una astilla guardada durante años, notas anónimas, flores arrojadas a un cubo de agua sucia.

La hoja del periodista, en cambio, pertenecía al presente inmediato.

Había estado sobre una mesa, entre papeles llenos de observaciones, frases, nombres y pequeñas crueldades destinadas quizá a una crónica futura, y alguien la había tomado durante una noche en la que nadie debía moverse sin ser visto.

Eso no significaba necesariamente que contuviera la verdad, pero sí que alguien temía que pudiera conducir hacia ella.

Los papeles robados rara vez son inocentes, pensó Delacroix.

A veces son inútiles, desde luego, pero el miedo de quien los roba les concede una importancia que quizá no tenían antes.

Villalba permanecía de pie junto a su mesa, con la dignidad ofendida de un hombre que se consideraba víctima de un atentado contra la literatura antes que contra una investigación policial.

Había ordenado sus papeles tres veces en menos de un minuto, como si la página perdida pudiera reaparecer por efecto de la simetría.

Montero lo observaba con una mezcla de fastidio y atención.

El comisario detestaba al periodista, pero no era tan necio como para despreciar una pista solo porque viniera envuelta en vanidad.

Delacroix, por su parte, miraba la mesa: una copa a medio beber, un cenicero con dos colillas, una estilográfica, varios pliegos escritos con letra rápida y elegante, un programa de la función doblado por la mitad y una mancha de tinta cerca del borde.

La silla de Villalba estaba ligeramente desplazada hacia atrás, señal de que se había levantado con brusquedad.

La mesa se encontraba en un lateral del salón, no lejos del espejo largo y con visión aceptable de la entrada al pasillo.

Desde allí, durante buena parte de la noche, el periodista había podido ver casi todo lo que deseaba ver y bastante de lo que otros habrían preferido ocultar.

—Cuéntenos otra vez —dijo Delacroix.

Villalba se llevó una mano al pecho.

—Con mucho gusto, aunque debo advertir que repetir una desgracia suele empobrecerla.

—Procure empobrecerla con precisión.

El periodista apretó los labios, pero obedeció. La desaparición de la página le había quitado parte del placer de resultar insoportable.

—Durante la tarde, antes de la función, yo estaba cerca de la entrada, tomando notas sobre el ambiente.

Matilde me había echado dos veces y yo había regresado tres, lo cual demuestra mi vocación o su falta de método.

Vi movimiento hacia el pasillo del depósito.

Primero Lisandro, como ya dije. Después, más tarde, vi a alguien subir hacia el altillo por la escalera lateral.

No le di importancia porque en ese momento pensé que era Violeta o alguien del personal.

Lo anoté de manera breve, no con nombre.

Describí la figura. Esa página ya no está.

—¿Qué decía exactamente la descripción? —preguntó Montero.

Villalba cerró los ojos, como si citarse de memoria le produjera placer y dolor al mismo tiempo.

—“Silueta oscura. Paso rápido. No arrastra los pies como Violeta. Lleva algo claro en la mano o en el puño. Sube por depósito. Nadie mira.” Algo así.

—“Algo así” no es suficiente.

—Comisario, si recordara cada palabra no estaría sufriendo por la pérdida de la página. Estaría recitándola con la modestia de los grandes.

—No abuse.

Delacroix levantó una mano mínima para detenerlos.

—No arrastra los pies como Violeta —repitió—. ¿Por qué escribió eso?

—Porque pensé en ella y luego lo descarté. Violeta camina de una manera particular. No exactamente arrastrando, pero sí con una economía de mujer que lleva décadas evitando que la oigan y, al mismo tiempo, sin preocuparse ya por esconder el cansancio. La figura que vi subía más rápido.

—¿Hombre o mujer?

Villalba dudó. Esa duda fue más valiosa que una certeza falsa.

—No lo sé. Ropa oscura. Estatura media. Sombrero o cabello recogido, no pude distinguir. El pasillo estaba mal iluminado. Vi la espalda durante dos o tres segundos.

—¿Por qué no lo mencionó antes?

—Porque hasta hace diez minutos yo no sabía que la caja de Elena había sido abierta, que faltaba una hebilla ni que mi propia página había desarrollado talento para la fuga.

—¿Quién pudo tomarla? —preguntó Montero.

Villalba señaló el salón con un gesto amplio.

—Cualquiera con manos, curiosidad y poco respeto por la prosa.

—Eso incluye a demasiados inocentes y a usted mismo.

—Si quisiera inventar una pista, comisario, no elegiría una que me hace parecer distraído.

—Eso la vuelve tentadora para un hombre listo.

Villalba pareció apreciar el insulto. Delacroix no se dejó desviar.

Observó las personas más cercanas a la mesa del periodista.

Durante el caos posterior a la muerte, todos se habían levantado, algunos habían empujado sillas, otros habían intentado acercarse al escenario.

La mesa de Villalba había quedado momentáneamente desprotegida.

Mercedes había estado más cerca del piano; Lisandro, junto a la columna; Matilde iba y venía; Violeta había desaparecido hacia el pasillo; varios invitados habían tenido oportunidad de pasar junto a los papeles.

Pero la página robada no parecía haber sido tomada durante un descuido cualquiera.

Si contenía una descripción de alguien subiendo al altillo, el ladrón debía saberlo.

¿Había visto a Villalba escribir? ¿Había leído sus notas?

¿O el propio Villalba había comentado la observación antes de advertir su importancia?

—¿Le mostró esa página a alguien? —preguntó Delacroix.

—No.

—¿La comentó?

—No con detalle.

—Eso suele significar sí.

El periodista suspiró.

—Le dije a Matilde, en algún momento de la tarde, que su casa tenía más tráfico secreto que un ministerio.

Ella me respondió que los ministerios al menos cierran los domingos.

No hablamos de la figura del altillo. Le dije a Mercedes que la función parecía ensayada por fantasmas.

Ella me dijo que los fantasmas no firmaban contratos.

Tampoco hablé de la figura. A Lisandro le dije que lo había visto salir del depósito con algo brillante. Eso sí. Pero eso ya lo declaré.

—¿Y a Violeta?

Villalba miró hacia el pasillo, donde la vestuarista permanecía sentada, vigilada y silenciosa.

—No se le hacen observaciones a Violeta. Se sobreviven sus respuestas.

Delacroix aceptó la frase como indicio de que, al menos en ese punto, decía la verdad.

Montero ordenó registrar discretamente las mesas cercanas y revisar si alguien había escondido la página entre manteles, bolsillos o programas.

La orden provocó protestas inmediatas. El concejal volvió a recordar su cargo.

Montero volvió a recordarle el cadáver. La disputa se resolvió a favor del cadáver.

Los agentes comenzaron a revisar con cuidado mientras Delacroix permanecía junto a Villalba.

—La figura llevaba algo claro en la mano —dijo—. ¿Blanco?

—Quizá. Claro. Podía ser un pañuelo, papel, una flor, una cinta, un guante. No sé.

—¿Grande?

—No. Algo pequeño. La mano iba cerrada.

—¿Subía o bajaba?

—Subía.

—¿Seguro?

Villalba lo miró, ofendido por una pregunta que al fin podía responder sin adornos.

—Sí. Subía.

Eso importaba. Si la figura subía hacia el altillo con algo claro en la mano, podía llevar una llave, una cinta, un papel, quizá algo para abrir la caja o envolver lo que tomaría.

Pero si la hebilla de Elena fue robada entonces, la figura debía bajar luego con ella.

Villalba no lo había visto, o no lo había anotado.

Tal vez porque no estaba mirando. Tal vez porque la figura utilizó otro camino.

Tal vez porque la página robada contenía más de lo que él recordaba.

La búsqueda de los agentes no dio resultado inmediato.

No apareció la página bajo la mesa ni entre los papeles cercanos.

Un invitado protestó cuando revisaron su abrigo; otro se mostró demasiado complaciente, lo cual lo volvió más sospechoso durante algunos segundos y luego simplemente tedioso.

Villalba sufría cada revisión como si estuvieran registrando un templo.

Delacroix no le prestó más atención. La página, si el ladrón era inteligente, no seguiría en el salón.

Habría sido destruida, escondida en el patio, arrojada a una estufa, doblada dentro de un zapato, quizá mezclada con otros papeles en el despacho.

La utilidad no estaba ya en recuperarla, sino en la reacción que había provocado.

—Quiero ver el depósito —dijo.

Montero asintió. Villalba quiso seguirlos; el comisario le señaló la silla con un gesto tan simple que por una vez el periodista obedeció sin comentario.

Delacroix, Montero y un agente cruzaron el pasillo hasta la zona trasera.

El depósito del patio era un espacio alargado y mal iluminado, lleno de cajas de bebidas, manteles viejos, sillas rotas, barriles, herramientas, faroles en desuso y baúles demasiado grandes para ser movidos con frecuencia.

Al fondo, detrás de dos estructuras cubiertas por lonas, se escondía la escalera de servicio hacia el altillo.

Era estrecha, empinada, con peldaños de madera sin pulir y una baranda que solo cumplía su función por optimismo.

A diferencia de la escalera principal, aquella no crujía tanto; los peldaños, más simples y menos nobles, parecían hechos para el tránsito de empleados que no debían interrumpir la apariencia del bar.

—Por aquí pudo subir cualquiera que conociera el camino —dijo Montero.

—Y que no temiera ensuciarse.