Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 12 — La muchacha de los zapatos blancos #3
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Capítulo 12 — La muchacha de los zapatos blancos #3

—Entonces mírese las manos. También sirven.

Montero hizo un gesto a un agente para que custodiara la habitación.

Violeta no protestó cuando le retiraron la lata y la astilla.

Quizá porque ya comprendía que oponerse solo convertiría cada objeto amado en una prueba más sucia.

Pero cuando el agente tomó la astilla, su rostro mostró una pérdida real.

No era como entregar una evidencia. Era como entregar el último fragmento de una discusión que había mantenido con el mundo durante años.

Regresaron al salón. Delacroix pidió hablar con Anselmo a solas, pero Montero se negó a dejarlo sin presencia policial.

Se instalaron en una mesa apartada, cerca del escenario, mientras Matilde volvía al despacho y Violeta era conducida de nuevo al pasillo.

El viejo músico parecía agotado. Aun así, sus ojos seguían vivos.

Quizá la memoria, una vez abierta, lo había rejuvenecido de una manera cruel.

—Usted sabía lo de la astilla —dijo Delacroix.

—Sí.

—También sabía que Ramiro la había visto hace una semana.

—Sí.

—No lo mencionó antes.

—Usted no había preguntado por objetos de carpintería sentimental.

—No juegue conmigo.

Anselmo lo miró con una serenidad amarga.

—No juego. Estoy viejo para eso. Pero tampoco voy a entregar de golpe veinte años de mugre para que ustedes elijan la parte que les resulte más limpia.

—¿Protege a Violeta?

—Todos la protegimos tarde. Sería ridículo empezar a hacerlo bien justo ahora.

—¿Entonces?

—Protejo a Elena de ustedes.

Delacroix se inclinó apenas.

—Elena está siendo usada para explicar una muerte.

—Elena fue usada para explicar demasiadas cosas. Una carrera perdida, una madre amarga, la culpa de Matilde, las canciones de Ramiro, mis silencios. Ahora también un asesinato. No me entusiasma la novedad.

—Si Violeta mató a Ramiro...

Anselmo lo interrumpió con un gesto.

—Si Violeta mató a Ramiro, lo hizo veinte años tarde y una función demasiado perfecta. Eso es lo que usted piensa, ¿no?

Delacroix no respondió.

—Y piensa bien —añadió el viejo—. Violeta habría querido que Ramiro supiera.

Que entendiera. Que mirara la astilla, los zapatos, la caja, la cara de ella.

No lo habría dejado caer sin explicación en brazos de Mora para que el público gritara el nombre de otra mujer.

Violeta no es piadosa, pero tiene sentido de la propiedad.

Su dolor es suyo. No se lo prestaría a Mora para que pagara los aplausos.

La reflexión coincidía con lo que Matilde, Mercedes y Mora habían sugerido desde ángulos distintos.

Demasiadas personas estaban convencidas de que Violeta no habría usado a Mora.

Pero esa convicción podía provenir del deseo de salvarla.

Anselmo, sin embargo, no parecía desear salvar a nadie con particular ternura.

Parecía interesado en que el crimen tuviera una lógica acorde con el dolor que invocaba.

—Entonces ¿quién? —preguntó Montero.

Anselmo miró hacia el salón. Sus ojos se detuvieron en Lisandro, luego en Mercedes, después en Villalba, finalmente en Matilde.

—Alguien que conoce la historia lo bastante para usarla, pero no lo bastante para respetarla.

Delacroix sintió que la frase abría una dirección nueva.

Usar sin respetar. Alguien que conocía los símbolos: los zapatos, la hebilla, Elena, La que no perdona, el punto exacto del paso, la vanidad de Ramiro.

Pero que no tenía con esos símbolos una relación sagrada, sino instrumental.

Violeta guardaba. El asesino disponía. Había una diferencia.

—Villalba —dijo Montero.

—Podría —respondió Delacroix.

—Mercedes.

—También.

—Lisandro.

—Quizá.

—Matilde.

Anselmo soltó una risa cansada.

—Matilde habría salvado el bar antes que la verdad, comisario. Ya lo hizo una vez. Pero matar a Ramiro sobre su propio escenario... No. Eso arruina demasiadas sillas.

Delacroix miró al viejo.

—¿Y usted?

Anselmo sonrió, mostrando dientes amarillentos.

—Yo respeto demasiado la música para usarla como coartada de un asesinato tan mal agradecido.

—¿Mal agradecido?

—Ramiro murió con una nota bella debajo. No merecía tanto.

Montero cerró la libreta con un golpe suave.

—Todos tienen frases excelentes. Ninguno tiene coartada suficiente. Estoy empezando a odiar este bar.

—Va tarde —dijo Anselmo.

Delacroix se levantó y caminó hacia el escenario.

El lugar de la caída de Elena seguía en el lateral, señalado ahora por la memoria más que por la madera.

El lugar de la muerte de Ramiro estaba en el centro.

Dos caídas separadas por años, unidas por la misma pieza, por la misma vanidad, por los mismos objetos de pies y metal.

Pero había una diferencia fundamental: Elena cayó porque nadie la sostuvo, y Ramiro murió porque alguien supo exactamente cómo lo sostendrían hasta que fuera demasiado tarde.

Miró hacia el camerino de Mora. Luego al pasillo de Violeta. Luego al despacho donde aguardaba el zapato derecho.

La hebilla faltante seguía sin aparecer.

Y mientras no apareciera, el crimen conservaba su última cortesía: permitir que todos parecieran culpables sin entregar a ninguno.

Delacroix volvió junto a Montero.

—Necesito revisar el cuarto de costura con Sosa —dijo—. Cada frasco, cada aguja, cada hebilla, cada resto de metal.

—¿Busca el veneno?

—Busco el método completo.

—¿Y si lo encontramos allí?

Delacroix miró hacia Violeta. La mujer estaba sentada, quieta, con los ojos fijos en un punto que quizá solo ella veía.

—Entonces alguien habrá conseguido que el pasado firme el crimen con su nombre.

—¿Y si no?

—Entonces sabremos que el asesino tomó de Violeta lo necesario y dejó en ella lo suficiente.

Montero asintió despacio. Ya no parecía irritado por las distinciones. La noche le había enseñado que, en El Último Farol, la diferencia entre una cosa y otra podía medir apenas lo mismo que una punción en la pierna de un bailarín.

Desde el salón llegó un murmullo nuevo. Un agente se acercó apresurado.

—Comisario. El periodista.

Montero cerró los ojos.

—¿Ahora qué?

—Dice que le falta una página de sus notas.

Villalba estaba de pie junto a su mesa, indignado de un modo demasiado genuino para ser completamente teatral. Sus papeles estaban desordenados sobre el mantel. Miraba alrededor como si alguien acabara de robarle no una hoja, sino una parte de su identidad.

—La tenía aquí —dijo cuando Delacroix y Montero se acercaron—. Mis apuntes de la tarde. Una página completa. La de los ensayos. La de la discusión sobre la pieza. La de la caja.

—¿La caja? —preguntó Delacroix.

Villalba palideció apenas, comprendiendo que acababa de decir más de lo que pretendía.

—Anotaciones generales.

—No. Usted dijo la caja.

El periodista sostuvo su mirada. Por primera vez, su ingenio tardó en llegar.

—Esta tarde vi a alguien subir al altillo —dijo al fin—. Pensé que era Violeta. Ahora no estoy seguro.

—¿Quién? —preguntó Montero.

Villalba miró hacia el salón, hacia las mesas, hacia las sombras, hacia todas las personas que todavía podían oír más de lo que convenía.

—No lo anoté con nombre —dijo—. Lo describí.

—¿Y esa página desapareció?

—Sí.

Delacroix sintió que la noche volvía a moverse bajo sus pies como una tabla vieja.

—Entonces, monsieur Villalba —dijo—, parece que por fin alguien ha considerado valiosa su literatura.

El periodista no sonrió.

Eso fue lo más inquietante.