Capítulo 12 — La muchacha de los zapatos blancos #2
El silencio que siguió fue distinto. La historia ya no era solo Ramiro.
Era la casa entera. Una tabla floja, una provocación, una promesa incumplida, un hombre que no sostuvo a tiempo, una empresaria que postergó un arreglo, un músico que siguió tocando, una madre que vio demasiado, una muchacha que creyó que una noche podía salvarla.
El crimen de esa noche empezaba a parecer una respuesta no a un acto único, sino a una acumulación de pequeñas cobardías.
—¿Ramiro sabía que la tabla estaba floja? —preguntó Delacroix.
Matilde cerró los ojos.
—Todos los que bailaban aquí lo sabían.
—Entonces también Elena.
—Sí.
—Y aun así hizo el paso.
—Quería demostrar que podía.
Anselmo habló sin mirar a nadie.
—Ramiro la llevó hacia ese lado.
Matilde no lo negó.
—¿Por qué no se dijo? —preguntó Montero.
La dueña de El Último Farol se volvió hacia él con una amargura casi tranquila.
—Porque no había muerto. Porque Elena estaba herida, no enterrada.
Porque Ramiro dijo que ella había insistido en seguir.
Porque el médico habló de accidente. Porque Violeta no tenía dinero para pleitear contra un teatro, una estrella y una ciudad entera dispuesta a llamar destino a lo que convenía olvidar.
Porque yo fui cobarde. ¿Necesita más motivos, comisario? Tengo veinte años de ellos.
Montero no respondió. Delacroix tampoco.
A veces la verdad llega en una forma que no permite usarla de inmediato.
Aquello explicaba el odio de Violeta, el silencio de Matilde, el desprecio de Anselmo, la permanencia de los zapatos blancos.
Pero todavía no explicaba la mecánica precisa de la muerte de Ramiro.
O tal vez la explicaba demasiado bien en términos morales y demasiado poco en términos materiales.
—¿Quién reparó las tablas? —preguntó Delacroix.
Matilde lo miró, sorprendida por el cambio de dirección.
—Un carpintero. Ya no vive, creo. Vino al día siguiente.
—¿Quién retiró la tabla dañada?
—Él. Con ayuda de un empleado.
—¿Se guardó algún fragmento?
Anselmo contestó antes que ella:
—Violeta guardó una astilla.
Matilde se volvió hacia él.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque yo la vi recogerla. Ustedes miraban la factura. Ella miraba el suelo.
Delacroix sintió que la caja de Elena volvía a abrirse mentalmente. Zapatos, cinta, fotografía, programa, hebilla. ¿Una astilla? No la habían visto. O no habían buscado con suficiente atención.
—No estaba en la caja —dijo Montero.
—Entonces estaba en otra parte —respondió Anselmo—. Violeta no tira sus pruebas aunque nadie vaya a juzgar a nadie.
Delacroix miró hacia el pasillo. Violeta seguía abajo, sentada bajo vigilancia.
No podía oír cada palabra, pero su cuerpo parecía orientado hacia ellos con una atención absoluta.
Tal vez sabía exactamente de qué hablaban.
Tal vez había esperado años a que alguien preguntara por la astilla y, ahora que lo hacían, comprendía que ya no le pertenecía.
—Tráiganla —dijo Montero.
Matilde hizo un gesto involuntario.
—Horacio...
—No voy a arrestarla sobre una tarima, doña Matilde. Voy a preguntarle por una astilla.
—En esta casa eso puede ser peor.
El comisario no discutió. Mandó a un agente por Violeta. La vestuarista subió despacio, sin mirar al público. Al llegar al escenario, sus ojos fueron primero a la tabla reparada y solo después a los hombres. Eso bastó para confirmar que la memoria del lugar seguía intacta.
—Hablan de Elena —dijo.
—Hablamos de su caída —respondió Delacroix.
—No es lo mismo.
—No. Pero esta noche se han vuelto difíciles de separar.
Violeta miró a Matilde. Esta vez no hubo súplica entre ellas, solo una distancia antigua iluminada con demasiada claridad.
—¿Le contaste lo de la tabla?
Matilde sostuvo su mirada.
—Sí.
—Tarde.
—Sí.
La palabra, dicha por Matilde sin defensa, pareció desarmar algo en Violeta. No la ablandó; solo le quitó la posibilidad de golpear contra una mentira. A veces el arrepentimiento tardío es más incómodo para los ofendidos que la negación, porque no ofrece una pared contra la cual seguir empujando.
—Anselmo dice que guardó una astilla de la tabla vieja —dijo Montero.
—Sí.
—¿Dónde está?
—Con las cosas de Elena.
—No estaba en la caja.
—Porque no todo lo de Elena está en esa caja.
Delacroix observó a la vestuarista. No parecía improvisar. Había una arquitectura privada de recuerdos que nadie salvo ella conocía completa.
—¿Dónde? —preguntó.
—En mi cuarto de costura.
—¿Aquí?
—Detrás del escenario, junto al depósito pequeño. No es un cuarto. Es una vergüenza con silla.
—Llévenos.
Bajaron del escenario y cruzaron el pasillo.
El público volvió a murmurar al ver pasar a Violeta delante de Delacroix, Montero, Matilde y Anselmo.
Mora, desde el camerino, se levantó al oír los pasos, pero no salió.
Sus ojos siguieron a la vestuarista con una preocupación evidente.
Lisandro también miró. Mercedes fingió no hacerlo.
Villalba intentó incorporarse y fue devuelto a su silla por un agente que empezaba a encontrar cierto placer en impedirle la literatura.
El cuarto de costura era, como había dicho Violeta, casi una vergüenza.
Una habitación estrecha detrás del escenario, sin ventana, con una mesa, una silla, estantes, varias cajas, un espejo rajado, carretes de hilo, frascos de botones, retazos de tela y una lámpara pequeña que daba más sombras que luz.
Allí el olor a cuero, pegamento y polvo era más fuerte.
Delacroix entendió enseguida que aquel sitio importaba más que el altillo.
El altillo guardaba el pasado visible. Ese cuarto guardaba el trabajo, y el trabajo suele conservar las pruebas más discretas.
Violeta fue hasta un estante bajo y retiró una lata de galletas vieja.
La abrió. Dentro había botones, alfileres envueltos, una cinta azul, una pequeña medalla oxidada y un trozo de madera envuelto en tela.
Lo sacó con cuidado y lo dejó sobre la mesa.
Era una astilla larga, oscura, irregular, con una mancha antigua en uno de los extremos.
No había nada espectacular en ella. Pero Violeta la miraba como otros miran una reliquia.
—La tabla que cedía —dijo.
Montero se inclinó.
—¿Por qué guardarla?
Violeta no lo miró.
—Porque era lo único que podía tocar cuando todos decían accidente.
Delacroix observó el trozo de madera. No buscaba sangre.
Después de tantos años no tendría sentido.
Buscaba otra cosa: una marca, un clavo, una irregularidad que explicara el mecanismo de la caída de Elena.
La astilla tenía una zona pulida por roce, otra con restos de barniz oscuro y, cerca de un borde, un pequeño fragmento metálico oxidado incrustado.
Un clavo quizá. O parte de un remache. Sosa tendría que verlo, pero la pregunta principal no dependía de la ciencia: Violeta había guardado durante años un resto material de la culpa que nadie quiso admitir.
—¿Mostró esto a alguien? —preguntó.
—A Matilde.
La dueña se tensó.
—No lo recordaba.
—Yo sí.
—¿A alguien más?
—A Anselmo. A Mora, años después. A nadie más.
—¿A Ramiro?
Violeta volvió hacia él una mirada seca.
—Una vez.
La respuesta produjo un cambio inmediato en la habitación.
—¿Cuándo? —preguntó Delacroix.
—Hace una semana.
—¿Por qué?
—Porque eligió La que no perdona para esta noche. Porque se rio cuando Anselmo dijo que esa pieza había hecho daño. Porque dijo que la madera vieja tiene mejor memoria que las mujeres viejas. Entonces le mostré la astilla y le dije que la madera, por lo menos, no mentía.
Matilde cerró los ojos. Anselmo apretó los labios. Montero anotó con rapidez.
—¿Cómo reaccionó? —preguntó.
Violeta guardó silencio unos segundos.
—Se rió.
—¿Nada más?
—Me dijo que si quería conservar recuerdos de Elena, podía conservar los aplausos que ella nunca ganó.
La crueldad de la frase llenó el cuarto como un olor. Delacroix no dudó de que Ramiro hubiera sido capaz de decirla. Eso tampoco probaba que Violeta lo hubiera matado; probaba, apenas, que él había seguido alimentando el motivo hasta la última semana de su vida.
—¿Lo amenazó? —preguntó Montero.
Violeta lo miró.
—Le dije que algún día iba a pisar una madera que no lo sostuviera.
—Eso es una amenaza.
—No. Era un deseo.
—La diferencia puede ser estrecha.
—Entonces ensanche la inteligencia, comisario.
Montero la miró con irritación, pero Delacroix intervino antes de que la discusión se desviara.
—¿Ramiro tocó la astilla?
—Sí.
—¿Cómo?
—La tomó. Se burló. Dijo que quizá debería mandarla enmarcar para la función, junto a los zapatos de Elena, así todos podrían aplaudir el museo de los fracasos. Luego me la devolvió.
—¿Con qué mano?
La pregunta pareció sorprenderla.
—La derecha. No sé. Tal vez la izquierda. No me dedico a recordar las manos de ese hombre.
—Pero recuerda sus frases.
—Las frases lastiman más tiempo que los dedos.
Delacroix aceptó la respuesta, aunque le molestó no obtener la mano.
Ramiro había tocado la astilla. Había visto una prueba física del pasado.
Había sabido que Violeta la conservaba. Si alguien quería utilizar objetos de Elena para matarlo o incriminar a alguien, no necesitaba descubrirlos esa noche; los objetos habían vuelto a circular en la conciencia de la casa durante la última semana.
—¿La hebilla de Elena estaba también aquí? —preguntó.
—No. En la caja del altillo.
—¿Por qué separar la astilla de los zapatos?
Violeta sostuvo la astilla entre dos dedos.
—Los zapatos eran de Elena. Esto era de lo que le hicieron.
La distinción era devastadora. Delacroix no la comentó.
Miró alrededor del cuarto de costura. Había herramientas suficientes para preparar el zapato de Mora: agujas finas, cuero, pegamento, hilo encerado, pequeñas piezas metálicas, limas, tijeras.
También había pequeñas botellas sin etiqueta clara.
Sosa tendría que revisarlas. Violeta siguió su mirada.
—No escondo venenos aquí —dijo.
—Nadie le preguntó por venenos.
—Usted los mira.
—Miro posibilidades.