Capítulo 12 — La muchacha de los zapatos blancos
Anselmo Quiroga se levantó con una lentitud que parecía menos producto de la edad que de la resistencia del cuerpo a regresar a un lugar al que la memoria ya había ido demasiadas veces.
Dejó el bandoneón sobre la silla con cuidado, como si no quisiera involucrarlo en aquella parte de la noche, y miró hacia el escenario vacío.
El salón había recuperado un murmullo bajo, domesticado por el cansancio y por la presencia de los agentes, pero cuando el viejo músico avanzó hacia la tarima algunas conversaciones se apagaron solas.
Había personas que sabían lo que iba a contarse incluso antes de oírlo; otras solo percibieron que una historia antigua acababa de abrir una puerta en la casa.
Delacroix caminó a su lado. Montero los siguió con la libreta en la mano.
Matilde Alzaga permaneció cerca de la pared de fotografías, rígida, con el rostro de quien acaba de comprender que su silencio de años no había preservado nada, solo había esperado el momento de volverse contra ella.
—No fue ahí —dijo Anselmo.
Señaló el centro del escenario, el lugar donde Ramiro Acuña había caído en brazos de Mora Ledesma antes del último acorde.
La madera seguía marcada por la interrupción reciente, por el tránsito de los hombres que habían retirado el cuerpo, por la pequeña huella del horror que ningún trapo podía limpiar esa noche.
Anselmo miró aquel punto con desprecio triste, como si Ramiro, incluso muerto, hubiera tenido la indecencia de elegir un sitio demasiado visible.
—Elena cayó más hacia el lateral —añadió—. Allí. Cerca de la cortina. Donde la luz no favorece a nadie.
Delacroix siguió la indicación. El lateral derecho del escenario, visto desde el público, estaba más cerca del pasillo de camerinos.
La luz principal llegaba hasta allí de manera oblicua; las sombras de la cortina formaban pliegues sobre la madera, y una lámpara mal orientada dejaba una franja más oscura en el suelo.
Era un lugar importante sin parecerlo: por allí entraban y salían los bailarines, se acumulaban los trajes antes de una aparición, se dejaban objetos durante segundos que nadie contaba, se susurraban instrucciones, insultos, promesas y súplicas antes de convertirse en espectáculo.
Si el centro del escenario pertenecía al aplauso, aquel lateral pertenecía a la espera.
—Muéstreme —dijo Delacroix.
Anselmo subió los dos escalones con esfuerzo.
Montero quiso ayudarlo, pero el viejo lo rechazó con una mirada antes de que pudiera ofrecer la mano.
Caminó hasta el punto señalado y se detuvo.
Sus zapatos gastados quedaron sobre una tabla más oscura que las demás, una pieza de madera reemplazada o reparada hacía tiempo.
Delacroix se inclinó para verla. No necesitaba ser carpintero para advertir que esa zona había sufrido una intervención antigua.
Las tablas tenían un tono apenas distinto, y junto a una unión lateral se veía una línea de clavos más nueva que el resto del escenario.
El arreglo no era reciente, pero tampoco original. La casa había cicatrizado allí.
—Después de la caída —dijo Anselmo— cambiaron esas tablas. Matilde dijo que era por humedad.
—¿Y no lo era?
—En esta casa todo es por humedad cuando no se quiere decir otra cosa.
Montero anotó. Delacroix pasó la vista por el borde de la tarima, la cortina, la entrada lateral.
Intentó imaginar la escena de años atrás: Elena joven, los zapatos de ensayo, Ramiro más joven y quizá más impune todavía, Matilde en algún punto del salón, Violeta en el pasillo con los zapatos blancos destinados a una función que nunca llegaría, Anselmo tocando o preparándose para tocar, otros artistas fingiendo no mirar demasiado.
Una caída no necesita mucho espacio para cambiar una vida.
Solo un segundo, una mala posición, un cuerpo que espera sostén y encuentra aire.
—¿Qué pieza ensayaban exactamente? —preguntó.
—La que no perdona. O el cierre que Ramiro quería hacer con ella. No era la versión de esta noche, pero el corazón era el mismo. Un giro amplio, una entrada, un adorno de pierna, una pausa para que el público creyera que el mundo se había detenido por cortesía hacia los artistas.
—¿El mismo paso del roce?
Anselmo respiró por la nariz.
—Parecido. Elena no tenía todavía la malicia de Mora para hacerlo parecer inevitable. Lo hacía bonito, que es una forma de equivocarse cuando se baila con alguien como Ramiro. Él no quería que una mujer hiciera bonito. Quería que pareciera peligrosa y agradecida al mismo tiempo.
—¿Ella llevaba los zapatos blancos?
—No. Eso fue lo cruel. Los zapatos blancos esperaban en una caja. Violeta se los había dejado preparados para la función verdadera, para la noche en que Elena debía presentarse ante los empresarios. En el ensayo llevaba otros, más usados. Pero ella miraba la caja como si los llevara puestos.
Delacroix miró hacia el altillo, invisible desde allí pero presente en todos los recuerdos.
La caja había bajado al despacho, despojada de su condición privada.
Los zapatos blancos ya no esperaban solo a Elena.
Esperaban a que alguien explicara por qué una hebilla suelta había desaparecido justo la noche en que Ramiro murió por una punción nacida, tal vez, de otro zapato.
—¿Ramiro bailaba con ella o la dirigía? —preguntó.
Anselmo lo miró con algo parecido a aprobación. Era una pregunta más precisa que las anteriores.
—Ambas cosas. En esos años Ramiro empezaba a descubrir que dirigir a una mujer le daba más placer que bailarla.
Elena se dejaba corregir porque pensaba que cada corrección era una forma de intimidad.
Eso hacen los jóvenes cuando admiran: confunden la exigencia con atención.
Ramiro la hacía repetir el paso una vez, dos, diez.
Decía que le faltaba hambre. A una muchacha que no tenía casi nada, le decía que le faltaba hambre.
Matilde, que había subido al escenario sin que nadie la invitara, se detuvo al oír esa frase. No se acercó del todo. Permaneció a unos pasos, como quien teme alterar la escena de una culpa que ya no le pertenece por completo pero aún la salpica.
—No fue exactamente así —dijo.
Anselmo se volvió lentamente.
—¿No?
—Ramiro era exigente con todos.
—Qué palabra tan limpia para tanta mugre.
—Anselmo.
—No me llames como si yo hubiera inventado la noche. Yo la toqué. Es distinto.
Montero se colocó entre ambos antes de que la discusión abriera otra herida inútil.
—Doña Matilde, necesitamos hechos.
—Los hechos son que Elena cayó durante un ensayo, que el médico lo calificó de accidente y que nadie pudo probar otra cosa.
—Eso ya lo sabemos —dijo Delacroix—. Necesitamos lo que no pudo probarse.
Matilde lo miró con una mezcla de cansancio y rencor.
Había pasado la noche perdiendo autoridad por capas: primero sobre la función, luego sobre el cadáver, después sobre la caja de Elena, ahora sobre el relato del pasado.
Aun así, cuando habló, lo hizo con una sinceridad que parecía dolerle físicamente.
—Ramiro estaba molesto con Elena esa tarde.
Había recibido una oferta para bailar con otra pareja en una velada privada.
Una muchacha con apellido. Menos talentosa, más conveniente.
Elena lo sabía o lo sospechaba. Discutieron.
Ella le dijo que no permitiría que la usara para ensayar una noche que luego le entregaría a otra.
Ramiro le respondió que las oportunidades no pertenecen a quien las desea sino a quien puede sostenerlas.
—Y luego ensayaron.
—Sí.
—¿Por qué?
Matilde bajó la vista hacia el suelo reparado.
—Porque Elena quiso demostrar que podía sostenerla. La oportunidad, quiero decir. Ramiro sabía que ella no se retiraría después de esa frase.
—La provocó.
—Sí.
La palabra fue pequeña, pero el escenario pareció escucharla. Anselmo no sonrió. No había victoria en arrancar esa confesión tantos años tarde.
—¿Y durante el paso? —preguntó Delacroix.
Matilde respiró hondo.
—Él abrió la figura más de lo previsto. Como esta noche. Elena subió el adorno, perdió el eje, intentó recuperar y Ramiro... Ramiro no la sostuvo como debía.
—¿No pudo o no quiso?
La pregunta quedó sobre las tablas reparadas. Matilde miró hacia el salón, pero nadie podía salvarla desde allí.
—No sé.
Anselmo soltó un sonido bajo, casi una risa sin aire.
—Sí sabe.
—No lo vi con claridad.
—Lo viste lo bastante para cerrar el bar dos días y cambiar las tablas.
—¡Las tablas estaban flojas!
La frase salió con más fuerza de lo previsto. Varias personas del salón miraron hacia el escenario. Montero levantó la mano para mantenerlas lejos. Delacroix no apartó la vista de Matilde.
—¿Estaban flojas antes de la caída? —preguntó.
Matilde apretó los labios.
—Después se dijo que sí.
—No le pregunté qué se dijo.
—No lo sé.
—Esa respuesta empieza a aparecer cada vez que nos acercamos al mismo lugar.
La mujer se quedó muy quieta. Por un instante pareció recuperar la Matilde del comienzo, la dueña aristocrática y severa capaz de reducir a un camarero a ceniza con una mirada. Pero esa mujer duró poco. La reemplazó otra, más cansada y más verdadera.
—Una tabla cedía —dijo al fin—. No como para hundirse.
No como para culparla de todo. Pero cedía.
Violeta había pedido que la arreglaran. Yo dije que después de la función.
Todo en esta casa se arreglaba después de la función.
Después de cobrar, después de convencer a alguien, después de sobrevivir a la noche. Elena cayó antes de ese después.