Capítulo 11 — Ramiro Acuña no era querido #4
Delacroix sintió que el caso daba otro giro pequeño, casi imperceptible, como el tacón de Mora sobre el escenario.
La hebilla de Elena, según Violeta, tenía una piedra falsa y metal plateado.
Faltaba de la caja. El zapato de Mora tenía un orificio.
La pierna de Ramiro, una punción. La tela, una marca. Y ahora, una partícula metálica.
Todo parecía dirigirse hacia Violeta.
Demasiado bien.
—Guárdelo con cuidado —dijo.
Sosa lo miró.
—Pensaba arrojárselo al primer periodista que pasara, pero su consejo tiene mérito.
Montero ignoró la ironía.
—Con esto puedo arrestar a Violeta.
—Puede —dijo Delacroix.
—Otra vez esa palabra.
—También puede arrestar a Mora, a Lisandro, quizá a Matilde si se esfuerza y a Mercedes si le sobran esposas. La pregunta es si quiere llenar el calabozo o resolver el crimen.
Montero lo miró con cansancio.
—Necesito una dirección.
Delacroix observó el fragmento bajo la luz. Era tan pequeño que toda una vida podía cambiar por él sin que tuviera dignidad suficiente para llamarse prueba definitiva.
—La dirección es Ramiro —dijo.
—Está muerto.
—Por eso empezará a ser más honesto que todos los demás. Necesito saber qué hizo con sus manos desde que entró al camerino de Mora hasta que subió al escenario. Y necesito saber si alguien lo tocó a él después del roce y antes de la caída.
—Mora lo tocó.
—Además de Mora.
—Nadie.
Delacroix miró el cuerpo.
—Eso dijeron todos cuando creían que habían visto el crimen.
El comisario guardó silencio.
Al volver al salón, encontraron a Villalba de pie sobre una silla intentando mirar por encima de un agente hacia el pasillo. Montero lo bajó con una frase que no admitía discusión. Delacroix, en cambio, no lo apartó enseguida. Lo miró con una idea nueva.
—Monsieur Villalba —dijo—, usted miraba el escenario durante la pieza final.
—Con la devoción de un hombre de letras ante la tragedia.
—Con la codicia de un hombre de letras ante la tragedia. Pero aceptemos la devoción. ¿Tomó notas durante el baile?
El periodista se irguió.
—Mentalmente.
—¿Vio a alguien tocar a Ramiro después del roce y antes de la caída?
Villalba frunció el ceño. Por primera vez en la noche, pareció pensar sin actuar.
—Mora, naturalmente. El abrazo. Después... no. No creo. Ramiro giró hacia el centro, se retrasó, ella lo sostuvo. Nadie más.
—¿Vio si Ramiro se llevó la mano a la pierna?
—No.
—¿A la chaqueta? ¿Al bolsillo? ¿A la boca?
Villalba abrió la boca, la cerró y luego miró hacia el escenario, reconstruyendo.
—A la boca no. A la pierna tampoco. Pero en un momento, después de la figura, cerró la mano izquierda. Como si algo le molestara. O como si quisiera aferrarse al aire. No lo anoté. Fue un gesto feo, impropio de él.
—¿Qué mano usó cuando tomó el zapato de Mora en el camerino? —preguntó Delacroix.
Villalba sonrió apenas.
—No estaba allí.
—Lo sé.
—Entonces pregunta para saber si alguien más lo estaba.
—Pregunto porque usted disfruta deduciendo en voz alta.
El periodista aceptó el halago envenenado.
—Ramiro era diestro para casi todo, pero en escena usaba muy bien la izquierda. Si cerró la izquierda, no fue por torpeza. Fue porque algo ocurrió en el cuerpo antes de que el rostro lo admitiera.
Delacroix se alejó sin darle las gracias. Villalba, por una vez, no reclamó reconocimiento. Quizá entendía que acababa de ser útil y eso le bastaba de momento.
El detective volvió al centro del salón.
La noche estaba agotada, pero el crimen no.
Miró las caras: Mora descalza en el camerino, Violeta junto al pasillo, Matilde envejecida bajo sus lámparas, Mercedes aferrada a sus contratos inútiles, Lisandro avergonzado por un botón, Anselmo cargado de música interrumpida, Villalba hambriento de verdad y de frase, Sosa irritado por los objetos pequeños, Montero intentando sostener el orden en una casa construida con secretos.
Ramiro Acuña no era querido.
Eso ya estaba claro.
Lo que no estaba claro era cuál de todas esas formas de desprecio había sido lo bastante paciente para esconderse en un zapato y lo bastante audaz para matar delante de todos.
Delacroix miró hacia la pared de fotografías. En la imagen antigua, Elena Cárdenas sostenía una sonrisa que aún no sabía lo que iba a perder. A su lado, Ramiro joven parecía iluminado por la misma luz que terminaría perdonándole demasiadas cosas.
—Comisario —dijo Delacroix—, quiero hablar con Anselmo otra vez. Pero no aquí.
—¿Dónde?
Delacroix miró hacia el escenario vacío.
—Donde cayó Elena.
Montero no preguntó cómo sabía que no había sido exactamente el mismo sitio donde cayó Ramiro.
Tal vez porque, después de tantas horas, empezaba a entender que en El Último Farol los lugares no se repetían por casualidad.
O tal vez porque ya estaba demasiado cansado para discutir una intuición cuando podía vigilarla.
Anselmo, al oír que lo llamaban, levantó la cabeza como si hubiera estado esperando esa convocatoria desde antes de que Ramiro muriera.
—Al fin —dijo—. Ya era hora de que alguien preguntara por la primera caída.