Capítulo 11 — Ramiro Acuña no era querido #3
Matilde abrió los ojos. La acusación la encontró preparada y, aun así, la lastimó.
—No.
—¿Qué le dijo?
—Que si creía que había un peligro real, podía suspender el número.
—¿Y?
—Me miró como si yo lo hubiera insultado.
Dijo que ya todos esperaban verlo. Que si cancelaba, Villalba escribiría una crónica sobre su cobardía antes de que termináramos de apagar las lámparas.
Que Mora pensaría que le tenía miedo. Que Violeta pensaría que Elena había ganado después de muerta.
No sé qué frase pesó más. En Ramiro, todas las razones eran públicas aunque fingieran ser íntimas.
—Entonces no lo obligó.
Matilde se irguió.
—Monsieur, llevo años obligando a Ramiro a cosas menores: llegar a tiempo, ponerse un traje, no insultar a un cliente que paga, recordar que los músicos comen. Pero nadie obligaba a Ramiro a brillar. Eso lo hacía por pura indecencia personal.
Delacroix aceptó la respuesta. Montero tomó nota.
—Hablemos de las llaves —dijo el detective.
Matilde palideció apenas.
—¿Qué llaves?
—De los camerinos, del altillo, del depósito, del despacho.
—Yo tengo el juego principal. Violeta tiene llaves del vestuario y del altillo. Los camareros tienen algunas del depósito. Montero puede revisar el tablero de llaves.
—¿Ramiro?
—Ramiro tenía llave de su camerino. Y de la puerta lateral, aunque fingía no recordarlo.
—¿Mercedes?
—No oficialmente.
—Eso suele significar sí.
Matilde suspiró.
—Mercedes conseguía las llaves que necesitaba sin pedírmelas. No sé si tenía copia.
—¿Lisandro?
—No.
—¿Mora?
—Del camerino de mujeres. A veces del altillo, si Violeta se la daba.
—¿Villalba?
La respuesta fue inmediata.
—No.
Delacroix la observó.
—Lo dijo demasiado rápido.
—Porque imaginar a Tomás Villalba con una llave de mi casa me produce deseos de tapiar todas las puertas.
—¿Pudo tenerla?
Matilde apretó los labios.
—Pudo haberla obtenido. Tomás obtiene cosas que nadie le da. Pero no creo que sepa moverse por el vestuario sin hacerse notar. Necesita público hasta para ser indiscreto.
No era mala observación. Villalba podía espiar, escuchar, manipular rumores. Pero subir por la escalera del depósito, abrir la caja de Elena, manipular un zapato y quizá retirar una pieza durante el caos requería una relación más física con la casa.
—¿Quién sabía que Violeta guardaba una hebilla de Elena? —preguntó Delacroix.
Matilde bajó la mirada hacia la caja.
—Yo.
—¿Quién más?
—Violeta, naturalmente. Anselmo quizás. Mora, no lo sé. Ramiro pudo saberlo. Mercedes, si Ramiro se lo contó. Lisandro quizá por rumores. En esta casa, monsieur, las cosas que no se dicen circulan mejor que las anunciadas.
—¿Usted la tocó alguna vez?
—No.
—¿Por respeto?
—Por miedo a que Violeta me mirara como merecía.
Esa respuesta, a diferencia de otras, no parecía calculada. Matilde estaba llena de culpa antigua, pero la culpa no siempre lleva al crimen. A veces solo lleva a una vida mal defendida.
—¿Mandó usted el ramo? —preguntó Montero.
Matilde lo miró como si hubiera dicho una obscenidad.
—No.
—Tenía interés en asustar a Ramiro para que no se fuera al Esmeralda.
—Si quisiera asustar a un hombre como Ramiro, no usaría flores. Usaría un contrato mejor o una mujer más joven.
—¿Y las notas?
—Tampoco.
—Pero la primera apareció sobre el piano después del cierre. Usted pudo colocarla.
—También pude quemar el bar hace años y no lo hice. No convierta cada posibilidad en vocación.
Montero no se ofendió. De algún modo, parecía incluso apreciarla más cuando recuperaba esa ferocidad seca.
Delacroix, en cambio, seguía mirando el escritorio.
Tenían motivos. Tenían oportunidades. Tenían objetos.
Pero la secuencia seguía incompleta. El asesino había preparado el zapato y después, probablemente, había retirado o perdido la pieza punzante.
¿Cuándo? ¿Dónde estaba la hebilla de Elena?
¿Por qué no había aparecido en el escenario, en la pierna de Ramiro o en el zapato?
Un agente llamó a la puerta. Traía un mensaje de Sosa: había terminado una revisión preliminar de la ropa de Ramiro en la habitación trasera.
Delacroix y Montero salieron de inmediato.
Matilde quiso seguirlos, pero esta vez no hizo falta prohibírselo; se quedó junto al escritorio, mirando la caja de Elena como si la caja pudiera dictar sentencia por todos ellos.
La habitación trasera donde habían colocado el cuerpo era un antiguo depósito acondicionado con una mesa larga, lámparas y una puerta al patio.
Ramiro Acuña yacía cubierto hasta el pecho.
Sin la chaqueta, sin la música, sin la mirada del público, parecía más joven y más pobre.
La muerte tiene esa habilidad para quitarle a la vanidad sus empleados.
Sosa estaba de pie junto a la mesa, con las mangas remangadas y una expresión de concentración severa.
—Encontré algo —dijo.
Montero se acercó.
—¿Veneno?
—No. No todavía. Algo en el pantalón.
El médico mostró la prenda extendida sobre una silla.
A la altura donde el zapato de Mora había rozado la pierna, el tejido tenía una marca casi invisible, una separación mínima entre las fibras, no un agujero claro sino una interrupción.
Sosa había colocado detrás un papel claro para hacerla visible bajo la lámpara.
—¿Una punción? —preguntó Delacroix.
—Compatible. Muy fina. La tela no está rasgada porque la punta debió entrar en un ángulo oblicuo o entre la tensión del movimiento. Si no buscáramos algo, jamás lo veríamos.
—¿Y la piel?
—La marca corresponde. Hay un punto de entrada. No encontré fragmento metálico en la superficie, pero eso no descarta que se haya retirado con la pieza o que fuera una punta tan limpia que no dejó restos. Necesitaré más examen.
—¿La herida pudo matar tan rápido?
Sosa se secó las manos con un paño.
—La herida no. Lo que entró por ella, quizá.
Montero murmuró una palabra áspera. Delacroix no dijo nada. La hipótesis del zapato acababa de ganar peso. Ya no era una idea elegante. Era una posibilidad material.
—Y hay algo más —añadió el médico.
Delacroix levantó la vista.
—¿Dónde?
—En el dobladillo interior del pantalón. Cerca del punto de entrada.
Sosa tomó unas pinzas y mostró un fragmento diminuto, casi una escama metálica, plateada o gris bajo la luz. No era una hebilla completa. Apenas una partícula, quizá desprendida de una pieza mayor.
—Metal —dijo Montero.
—Probablemente. O pintura metálica. No lo sabré hasta examinarlo mejor. Pero estaba adherido a la tela, cerca de la punción.