Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 11 — Ramiro Acuña no era querido #2
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Capítulo 11 — Ramiro Acuña no era querido #2

—Se encerró conmigo en el despacho de Matilde unos minutos.

Dijo que alguien había ido demasiado lejos.

Dijo que Violeta estaba detrás o que Matilde había permitido que la memoria de Elena se volviera negocio de resentidos.

Después dijo que quizá convenía cancelar la pieza final.

Luego salió al salón y anunció que bailaría mejor que nunca.

—¿Por qué cambió de opinión?

Mercedes apretó los guantes.

—Porque Ramiro prefería morir en escena antes que ser visto retrocediendo.

La frase no era una metáfora esa noche. Delacroix no hizo el comentario obvio.

—¿Alguien lo oyó hablar de cancelar?

—Yo.

—¿Nadie más?

—Matilde entró al final. Tal vez oyó algo. No lo sé.

—¿Violeta?

—No.

—¿Mora?

—No.

Delacroix se quedó pensando. Si Ramiro había considerado cancelar la pieza, el asesino corría el riesgo de perder la escena preparada.

¿Alguien lo convenció de seguir? ¿Mercedes, por dinero?

¿Matilde, por orgullo del bar? ¿El propio Ramiro, por vanidad?

La respuesta podía ser una mezcla de todas.

Los crímenes bien preparados, como los accidentes, dependen a veces de que muchas personas tomen pequeñas decisiones equivocadas por razones distintas.

—Una última cosa —dijo—. Cuando Ramiro tomó el zapato de Mora en el camerino, ¿usted estaba presente?

—No. Llegué después.

—¿Seguro?

—Seguro.

—¿Dónde estaba?

—En el despacho, revisando los papeles del Esmeralda.

—¿Sola?

Mercedes levantó la barbilla.

—Sí.

—Entonces nadie puede confirmarlo.

—No.

—Gracias. Esa fue una de las respuestas más útiles.

Mercedes entendió la implicación. Se levantó con brusquedad, pero Montero le indicó que se sentara. Ella obedeció solo porque comprendió que negarse empeoraría su situación.

—¿Cree que yo pude tocar ese zapato? —preguntó.

—Creo que usted podía moverse por esta casa con autoridad suficiente para que nadie la recordara entrando o saliendo de un sitio.

—Eso también vale para Matilde.

—Sí.

—Y para Violeta.

—Desde luego.

—Y para Ramiro.

Delacroix la miró.

—Sí.

Mercedes pareció recibir esa última aceptación como algo inesperado.

Tal vez porque hasta entonces todos habían tratado a Ramiro como víctima, y ella era la única que aún lo conocía lo bastante para admitir que incluso muerto podía seguir siendo sospechoso de haber preparado parte de su propio desastre.

—Mi hermano era cruel —dijo—, pero no suicida.

—A veces los hombres crueles preparan juegos para otros y olvidan que las reglas también pueden tocarlos.

Mercedes no respondió. Al salir del despacho, su rostro volvía a ser rígido, pero Delacroix percibió una fisura. Ella también había empezado a pensar en algo que no quería pensar.

El siguiente fue Lisandro. Montero lo condujo al despacho con menos ceremonia y más vigilancia.

El joven parecía agotado por la espera y por la reconstrucción, pero no había perdido del todo esa electricidad ansiosa que lo hacía parecer siempre a punto de moverse.

Miró el botón negro sobre el escritorio y se ruborizó, no de culpa homicida, sino de vergüenza vulgar.

Los pequeños actos miserables se vuelven más ridículos cuando aparecen junto a un asesinato.

—El botón ya lo expliqué —dijo antes de que le preguntaran.

—Entonces hablaremos de otras cosas —respondió Delacroix.

—No maté a Ramiro.

—Eso también lo están explicando muchos.

Lisandro tragó saliva. Se sentó. Montero quedó de pie detrás del escritorio, libreta en mano, con una postura que no intentaba tranquilizar.

—Usted quería su lugar —dijo el comisario.

—Sí.

La respuesta, directa, sorprendió menos a Delacroix que a Montero.

—¿Así de sencillo?

—No era sencillo. Pero sí. Quería su lugar.

Quería la oportunidad que él desperdiciaba humillándonos a todos.

Quería bailar con Mora sin que la gente pensara que yo era un reemplazo de emergencia.

Quería que alguien me mirara antes de que Ramiro decidiera que yo ya era demasiado viejo para ser promesa y demasiado joven para dar pena.

¿Eso alcanza como motivo? Seguro. ¿Alcanza para saber preparar un zapato con veneno? No.

—Quizá no necesitaba veneno —dijo Montero—. Quizá necesitaba robar una hebilla y entregarla a alguien.

Lisandro lo miró con indignación.

—No tomé la hebilla.

—Pero estuvo en el depósito.

—Sí. Ya lo dije.

—Y mintió sobre lo que llevaba.

—Porque era un botón. Un botón estúpido. Quería fastidiarlo, no matarlo.

Delacroix intervino:

—¿Por qué el botón de la chaqueta negra?

Lisandro bajó la mirada.

—Porque era la que usaría en el número final.

—¿Cómo lo sabía?

—Todos lo sabíamos. La negra era la chaqueta de despedida. Ramiro decía que lo afinaba. Sus frases eran tan insoportables como él.

—Si el botón faltaba, Violeta tendría que arreglarlo.

—Sí.

—Y Ramiro se irritaría.

—Sí.

—Y quizá se retrasaría la función.

Lisandro lo miró, comprendiendo hacia dónde iba la pregunta.

—No pensé en eso.

—Pero pudo ocurrir.

—No ocurrió. Violeta tenía otro botón. Siempre tiene otro botón. Siempre tiene otra solución. Ese es el problema con Violeta: uno intenta arruinar algo pequeño y ella lo arregla antes de que nadie se entere.

La frase contenía resentimiento, pero no contra Violeta exactamente. Contra la eficacia silenciosa de quienes impiden que los actos mezquinos tengan consecuencias visibles.

—¿Vio la caja de Elena en el depósito o en el altillo? —preguntó Delacroix.

—La vi muchas veces en el altillo. Nunca la abrí.

—¿Por respeto?

—Por miedo.

—¿A Violeta?

—A lo que había adentro. Hay cosas que no hace falta abrir para que lo miren a uno.

Delacroix anotó mentalmente la respuesta. No parecía fabricada. Lisandro tenía imaginación, pero no la clase de imaginación paciente que el crimen exigía. Aun así, había estado en el depósito, cerca de la escalera de servicio, con oportunidad para subir. No podía descartarlo.

—Durante la pieza final, ¿dónde estaba? —preguntó Montero.

—Junto a la columna.

—Eso lo vimos.

—Entonces, ¿por qué pregunta?

—Porque quiero oírlo decir dónde miraba.

Lisandro se tensó.

—A Mora.

—No a Ramiro.

—A Mora.

—¿Vio el roce del zapato?

—Sí.

—¿Vio algo extraño?

Lisandro cerró los ojos un momento. Su recuerdo no debía de ser cómodo.

—Vi que ella subió más que en el ensayo. Pero no porque quisiera. Ramiro abrió la figura. Lo hacía cuando quería aplausos. Después... después pensé que estaba actuando.

—Todos lo pensaron.

—Yo no debería haberlo pensado. Yo sé cómo se mueve. Sabía que algo fallaba antes que el público. Pero durante un segundo me alegré.

Montero dejó de escribir.

—¿Se alegró?

Lisandro se tapó la cara con una mano, avergonzado.

—Creí que se había equivocado. Ramiro. Creí que por fin se había equivocado delante de todos. Un paso tarde, una rodilla floja, una pausa mal sostenida. Pensé: ahora lo ven. Eso pensé. Y después cayó. ¿Quiere arrestarme por ese segundo? Hágalo. Seguro que lo merezco más que por el botón.

La confesión fue fea y humana. Delacroix no la subestimó. Muchas personas son capaces de desear una humillación y horrorizarse cuando la humillación se convierte en muerte. Eso no las hace asesinas. Las hace personas con una conciencia menos limpia de lo que prefieren fingir.

—¿Ama a Mora? —preguntó Delacroix.

Lisandro bajó la mano.

—No sé.

—Pruebe con otra respuesta.

—La admiro. La deseo. Me enfurece. Me da lástima a veces, y luego me odio por sentir lástima de alguien que baila mejor que yo. Quería salvarla de Ramiro hasta que entendí que quizás ella no quería ser salvada por mí. ¿Eso es amor? Si lo es, es una porquería.

—Es una definición frecuente.

—No la mataría poniéndola en medio de esto.

—No está muerta.

—No juegue con palabras. Usted la vio. Esa escena la va a perseguir aunque la declaren inocente en todos los idiomas del mundo.

Otra defensa de Mora. Demasiadas defensas, quizá.

Mercedes decía que Violeta no la usaría.

Violeta decía que Mora no lo haría. Lisandro decía que no la condenaría así.

Y, sin embargo, alguien lo había hecho. Eso significaba que el asesino no la protegía, o que la necesidad de matar a Ramiro había pesado más que cualquier protección, o que el objetivo secundario era precisamente destruirla.

—¿Ramiro sabía lo que usted sentía por ella? —preguntó.

Lisandro soltó una risa amarga.

—Ramiro sabía lo que todos sentían antes que ellos. Era parte de su talento. Lo usaba como los bailarines usan el peso ajeno.

—¿Lo provocaba?

—Todo el tiempo. Me decía que Mora necesitaba un hombre entero para sostenerla, no un aprendiz mirando desde la sombra. Decía que, cuando él se fuera, yo podría heredar el sudor de sus zapatos. Cosas así.

—¿Y usted lo amenazó?

—Le dije que algún día iba a quedarse solo en medio de un escenario.

—¿Cuándo?

—Hace dos días.

Montero anotó con más fuerza.

—Qué conveniente que lo recuerde ahora.

—Todo lo que dije contra Ramiro se volvió conveniente para acusarme desde que está muerto.

—También para entenderlo —dijo Delacroix.

Lisandro no respondió. Parecía consumido por una mezcla de rabia y derrota.

El detective decidió dejarlo por el momento.

El joven tenía oportunidad parcial, motivo evidente, impulsividad suficiente para una estupidez, pero el crimen seguía oliendo a paciencia.

Y Lisandro, incluso en sus peores frases, no olía a paciencia. Olía a prisa.

Cuando salió, Delacroix pidió hablar con Matilde.

La dueña de El Último Farol entró en su propio despacho como si lo hiciera bajo invitación ajena.

Esa pérdida de soberanía se notaba en cada gesto.

Miró la caja de Elena sobre el escritorio, luego el zapato de Mora, y finalmente a Delacroix.

No preguntó por qué la llamaban. En una noche así, cualquier pregunta era apenas una demora.

—Ramiro quiso cancelar la pieza final —dijo él.

Matilde cerró los ojos.

—Mercedes se lo dijo.

—¿Es cierto?

—Sí.

—¿Usted lo oyó?

—Oí parte.

—¿Qué parte?

—La suficiente para saber que tenía miedo y no quería admitirlo.

—¿Lo convenció de bailar?