Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 11 — Ramiro Acuña no era querido
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Capítulo 11 — Ramiro Acuña no era querido

Cuando la reconstrucción terminó, el salón de El Último Farol quedó en un estado extraño, peor que el tumulto y más incómodo que el silencio.

Ya no había música, ni cuerpo sobre el escenario, ni una acusación única capaz de ordenar el miedo de todos.

Mora Ledesma seguía siendo la mujer que había rozado la pierna de Ramiro Acuña con el zapato derecho; eso nadie podía negarlo.

Pero ahora también era la mujer que quizá había sido colocada allí por otro, en el punto exacto donde la coreografía, la vanidad de Ramiro y una pieza oculta de metal podían encontrarse sin que nadie del público entendiera la diferencia entre un adorno y una ejecución.

Esa posibilidad no la absolvió ante los presentes.

Al contrario: los inquietó. Era más sencillo creer en una bailarina despechada que en una mano invisible capaz de convertir un paso ensayado en un arma.

La primera explicación permitía mirar a Mora. La segunda obligaba a mirar a todos.

El comisario Horacio Montero ordenó despejar el centro de la sala y permitió que algunos invitados mayores se sentaran de nuevo, aunque nadie abandonó el local.

La puerta principal seguía cerrada. Los agentes custodiaban los accesos con menos torpeza que al comienzo, tal vez porque la noche ya les había enseñado que en aquel bar cualquier objeto menor podía adquirir importancia.

Las mesas habían dejado de parecer mesas de función para convertirse en pequeñas islas de interrogatorio.

En una, Mercedes Acuña se mantenía erguida, con el rostro cada vez más pálido y la libreta cerrada bajo las manos.

En otra, Lisandro Varela bebía agua sin sed, incapaz de apartar la vista del escenario.

Villalba escribía a escondidas, o fingía hacerlo a escondidas, que en su caso era casi lo mismo que gritar.

Anselmo Quiroga había vuelto a tomar el bandoneón, no para tocarlo, sino para sostenerlo como un hombre sostiene un perro viejo durante una tormenta.

Matilde Alzaga hablaba con los camareros en voz baja, intentando salvar la dignidad del encierro mediante café, agua y la amenaza de una cena fría que nadie comería.

Violeta Cárdenas se había sentado otra vez en el pasillo, bajo vigilancia, con las manos quietas sobre la falda y una expresión tan cerrada que cualquier acusación resbalaba sobre ella antes de encontrar un sitio donde clavarse.

Delacroix pidió comenzar por Mercedes. No porque creyera que la hermana de Ramiro fuera la asesina más probable, sino porque los muertos dejan de mentir antes que sus administradores.

Mercedes había manejado los contratos, las deudas, las promesas y los planes de su hermano.

Si Ramiro había repartido motivos para morir, era probable que ella los hubiese anotado, cobrado, renegociado o escondido en alguna carpeta.

Montero aceptó y la condujo al despacho de Matilde.

Delacroix, el comisario y Mercedes quedaron allí con el escritorio cargado de objetos: el zapato derecho de Mora cubierto por un paño, las notas anónimas, la tarjeta del ramo, el recorte con el nombre de Elena, el botón negro de la chaqueta de Ramiro y la caja de los zapatos blancos cerrada en un extremo, como una presencia muda a la que todos intentaban no mirar demasiado.

Mercedes se quitó los guantes, los colocó sobre su regazo y esperó.

Había en su espera una dignidad defensiva.

No parecía una mujer quebrada por la pérdida de un hermano; parecía una mujer obligada a revisar, en plena ruina, qué documentos seguían teniendo valor.

—Necesitamos una lista de enemigos de Ramiro —dijo Delacroix.

Mercedes soltó una risa breve.

—¿Ordenada alfabéticamente o por intensidad?

—Por posibilidad real de matarlo.

—Eso reduce menos de lo que imagina.

Montero abrió la libreta.

—Empiece por dinero.

—Siempre empiezan por dinero. Es vulgar, pero eficiente.

—La policía no cobra por originalidad.

Mercedes aceptó la respuesta con una inclinación mínima de cabeza.

Se tomó unos segundos antes de hablar, no para inventar, sino para decidir cuánto perdería revelando cada cosa.

Delacroix conocía ese cálculo. Las personas vinculadas a un muerto suelen protegerlo en público incluso cuando lo odiaban en privado, no por amor, sino porque la reputación del muerto todavía puede pagar algunas cuentas.

—Ramiro debía dinero —dijo al fin—. No una fortuna imposible, pero sí lo bastante para volver incómodas varias puertas.

Trajes, adelantos, préstamos, apuestas menores, cenas impagas, favores que algunos hombres insisten en llamar inversiones.

La mayoría se habría saldado con el contrato del Teatro Esmeralda.

—¿Quién esperaba cobrar con ese contrato?

—Yo, en primer lugar. Después Matilde, de manera indirecta, porque Ramiro le debía parte de sus últimas funciones.

Dos prestamistas del ambiente, hombres de poca paciencia y mucha cortesía falsa.

Darío Ezcurra, del Esmeralda, pretendía adelantar una suma a cambio de exclusividad.

Y algunos proveedores que no matarían a nadie, pero serían capaces de desearlo con admirable constancia.

—Nombres de los prestamistas —dijo Montero.

Mercedes dudó.

—Octavio Lastra y Fabián Rivas.

El comisario anotó.

—¿Están aquí esta noche?

—Lastra sí. Mesa del fondo, junto al espejo. Rivas no.

—¿Lastra amenazó a Ramiro?

—Lastra amenaza como otros respiran. Pero no es un hombre teatral. Si hubiera querido matar a Ramiro, lo habría mandado golpear en una calle oscura y después habría enviado flores a la familia por compromiso social.

—No descarte a los hombres prácticos —dijo Delacroix—. A veces fingen no apreciar el teatro hasta que descubren que les sirve.

Mercedes aceptó la advertencia sin mucho convencimiento.

—Lastra quería cobrar. Ramiro muerto no le sirve.

—Depende de si alguien más hereda la deuda.

—Yo no la heredaría sin pelear.

—Eso no es lo mismo que no heredarla.

Por primera vez, Mercedes mostró una fatiga más profunda.

—Si ha venido a explicarme que mi hermano muerto puede seguir arruinándome, ahórrese la delicadeza. Lo sé desde que cayó.

Montero levantó la vista de la libreta. Delacroix dejó que la frase respirara. Mercedes no era sentimental, pero tampoco inhumana. Había sufrido a Ramiro como se sufre una enfermedad de familia: con odio, cansancio y cierta imposibilidad de imaginar la vida sin ella.

—Hábleme de Darío Ezcurra —dijo.

—Empresario del Teatro Esmeralda. Inteligente, ambicioso, con modales demasiado suaves.

Quería a Ramiro para una temporada grande.

No por amor al tango, sino porque Ramiro vendía la idea de que el tango todavía podía pertenecer a gente con palco y apellido.

Ezcurra quería renovar su teatro sin parecer vulgar. Ramiro era perfecto para eso.

—¿Y Mora?

Mercedes sonrió sin alegría.

—Mora era un problema. Excelente bailarina, sí, pero asociada a El Último Farol, a Matilde, a esa melancolía de barrio que Ezcurra considera pintoresca siempre que no manche sus alfombras. Él prefería una pareja nueva. Más joven. Más flexible. Más fácil de escribir en un contrato.

—Lucía Ferreyra.

La mujer lo miró con rapidez.

—Ya se la mencioné.

—Ahora quiero que no la mencione de paso.

Mercedes se acomodó en la silla.

—Lucía Ferreyra tiene veinte años, tal vez veintiuno.

Baila bien. No como Mora, todavía no, pero con esa frescura que algunos hombres confunden con talento superior porque les permite imaginar que la están descubriendo.

Ramiro la probó en ensayos privados. Ezcurra la vio. Hubo conversaciones. Nada firmado.

—¿Mora lo sabía?

—Mora sabía lo suficiente para sufrir y no lo bastante para defenderse.

—¿Y Lucía vino esta noche?

—No la vi.

—¿Pudo enviar el ramo?

Mercedes frunció el ceño.

—¿Con el nombre de Elena? Lo dudo. Lucía no conoce esa historia en profundidad. Al menos no por mí.

—¿Por Ramiro?

—Ramiro no hablaba de Elena salvo para defenderse de una acusación que nadie había formulado en voz alta. Eso era lo curioso: durante años parecía dispuesto a olvidar a esa muchacha, pero cada tanto decía algo que demostraba que la tenía muy bien guardada en el bolsillo correcto.

Delacroix se inclinó apenas.

—¿Qué decía?

—Que Elena había sido imprudente. Que Violeta había convertido un accidente en religión. Que Matilde había alimentado demasiados fantasmas porque los fantasmas no pedían aumento. Frases así. Elegantes, crueles, útiles para convencerse.

—¿Se sentía culpable?

Mercedes tardó en responder.

—Ramiro no se sentía culpable. Se sentía perseguido por la culpa de los demás.

La definición era magnífica. Delacroix la guardó sin elogiarla. Había personas que entendían a los suyos con demasiada precisión para poder amarlos sin resentimiento.

—¿Alguien amenazó a Ramiro por Elena recientemente? —preguntó Montero.

—No directamente. Pero el ramo cambia eso.

—Antes del ramo.

Mercedes pensó.

—Anselmo le dijo algo hace una semana. Discutieron por la pieza final.

Ramiro quería La que no perdona. Anselmo se negó al principio.

Dijo que esa música ya había hecho suficiente daño en esta casa.

Ramiro se rio y le respondió que las canciones no tienen culpa de los tobillos débiles. Violeta estaba cerca. Mora también.

—¿Qué hizo Violeta?

—Nada. Violeta hace “nada” de una manera que a veces asusta.

—¿Y Anselmo?

—Le dijo que algún día iba a necesitar una música que nadie quisiera tocarle.

Montero anotó la frase. Delacroix la recordaría después, lo sabía. Los músicos viejos suelen maldecir con más precisión de la que pretenden.

—¿Ramiro tenía miedo esta noche? —preguntó.

Mercedes bajó los ojos hacia sus guantes.

—Después del ramo, sí.

—No lo parecía.

—Mi hermano podía parecer valiente ante un espejo vacío. La apariencia era su patria.

—¿Qué hizo?