Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 10 — El camerino de Mora #3
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Capítulo 10 — El camerino de Mora #3

—Mora, no.

La bailarina se volvió hacia ella.

—Si no lo hago, seguirán diciendo que lo hice.

—Lo dirán igual.

—Entonces al menos que se cansen trabajando.

La frase tenía algo de Mora antes de la muerte.

Una dureza superviviente. Delacroix agradeció esa chispa, aunque no lo mostró.

Lisandro llegó poco después, pálido, con una expresión de miedo y deseo que le deformaba el rostro.

Ocupar el lugar de Ramiro en aquella reconstrucción era, para él, una profanación y una tentación.

El cuerpo humano es capaz de sentir ambición incluso delante de un cadáver reciente; Delacroix lo sabía y no lo juzgó más de lo necesario.

Anselmo se negó a tocar al principio.

—No voy a convertir esto en sainete.

—No necesito música completa —dijo Delacroix—. Solo el tempo del cierre.

—Eso es música.

—Entonces necesito música.

El viejo lo miró con odio breve. Luego tomó el bandoneón. No lo hizo por obediencia, sino porque entendió, como entendían los buenos músicos y los buenos testigos, que el ritmo podía contener una parte de la verdad que las palabras deformaban.

Montero despejó el centro del salón. El público fue obligado a retroceder.

Villalba intentó quedarse cerca y fue apartado sin ceremonia.

Mercedes exigió presenciarlo desde una mesa lateral.

Montero se lo permitió bajo advertencia de silencio.

Matilde permaneció junto al piano, más vieja a cada minuto.

Violeta se quedó en el pasillo, vigilada, con los ojos fijos en Mora.

Delacroix colocó a Lisandro en el punto aproximado donde Ramiro había iniciado la figura.

Mora, descalza primero, marcó el desplazamiento sin tocarlo.

Luego pidió un zapato alternativo, uno de ensayo, sin hebilla reparada.

Violeta quiso buscarlo. Montero mandó a un agente bajo indicaciones de Mora.

La espera fue incómoda. Nadie habló. Cuando trajeron el zapato, Mora se lo calzó con manos firmes.

No era el par exacto. No importaba. Servía para medir el gesto sin el objeto sospechoso.

—No bailen —dijo Delacroix—. Caminen el movimiento.

Mora y Lisandro se colocaron. El abrazo fue extraño.

Ella estaba tensa. Él, demasiado consciente del privilegio terrible de ocupar ese lugar.

Anselmo marcó apenas el compás, no con plenitud sino con una respiración de fuelle.

Mora inició el desplazamiento. Lisandro siguió las indicaciones de ella, no sin torpeza.

Llegó el momento del roce. El zapato de Mora subió junto a la pierna derecha de Lisandro, pero quedó más bajo que la herida de Ramiro.

—No coincide —dijo Montero.

—Porque él no es Ramiro —respondió Mora, sin soltar el abrazo.

—¿Qué falta? —preguntó Delacroix.

Mora miró a Lisandro.

—Ego.

Anselmo soltó una risa amarga desde la silla.

—Eso no lo ensayó nunca.

—Explique —dijo Delacroix.

Mora se separó de Lisandro.

—Ramiro alargaba el giro aquí. Levantaba el torso, abría la línea, me obligaba a subir el adorno un poco más para que se viera desde las mesas del fondo. Lisandro está haciendo el paso correcto. Ramiro hacía el paso útil para que lo miraran.

—Hágalo como Ramiro la obligaba a hacerlo.

Lisandro tragó saliva.

—No sé si puedo.

—Inténtelo —dijo Montero.

El joven volvió a colocarse. Esta vez exageró el gesto de Ramiro, quizá demasiado al principio.

Mora lo corrigió con una frase seca. Anselmo marcó el tempo otra vez, un poco más largo.

Lisandro alzó el torso, abrió la línea y sostuvo el giro.

Mora deslizó el pie. El zapato subió más.

El borde lateral tocó exactamente el punto que Delacroix había calculado sobre la pierna de Ramiro, a la altura de la pequeña punción.

Nadie habló.

La coincidencia fue demasiado limpia para necesitar énfasis. Montero se acercó. Sosa, que observaba desde un costado, pidió a Lisandro que no se moviera y midió con la mirada la altura del contacto. Luego comparó mentalmente con la herida de Ramiro.

—Coincide —dijo.

Mora se separó de Lisandro como si el contacto la quemara. Se quitó el zapato de ensayo con un gesto casi violento y se quedó descalza sobre el escenario.

—Yo no sabía.

La frase no fue dirigida a nadie y a todos.

—Eso decía la nota —murmuró Villalba desde el fondo, incapaz de contenerse—. Sin saberlo.

Montero giró.

—Una palabra más y lo encierro en la despensa.

—La despensa tiene mala luz.

—Mejor.

Delacroix no se movió. Miraba el punto exacto del contacto.

El crimen había dependido de tres cosas: un movimiento fijo, la vanidad de Ramiro para alargarlo y un objeto alterado en el zapato de Mora.

Eso era ya mucho. Pero faltaba el momento de la alteración, la sustancia, la pieza desaparecida y, sobre todo, la razón por la cual el asesino había elegido un método que parecía absolver y condenar a Mora al mismo tiempo.

—Una vez más —dijo.

Mora lo miró con furia.

—No.

—Una vez más, sin música. Solo el final.

—No.

Esta vez la negativa era absoluta. Delacroix no insistió. Ya tenía la altura. Forzar más habría sido crueldad sin utilidad.

Lisandro bajó del escenario con el rostro cambiado.

Había sentido, quizá por primera vez, la estructura íntima de la muerte de Ramiro desde dentro del abrazo.

Ya no parecía solo ambicioso. Parecía asustado por lo cerca que había estado siempre de desear una ausencia sin comprender la forma que podía adoptar.

Mora se quedó en el centro de la tarima, descalza, mirando el lugar donde Ramiro había caído. Violeta dio otro paso desde el pasillo. Esta vez Montero no la detuvo de inmediato. La vestuarista llegó hasta el borde del escenario, pero no subió.

—Baja —dijo.

Mora la miró.

—No puedo.

—Sí puedes.

—Todos me vieron.

—Entonces que te vean bajar viva.

La frase atravesó el salón con una fuerza inesperada.

Mora respiró, recogió sus zapatos de ensayo y bajó del escenario.

No fue hacia Violeta. Pasó junto a ella, rozándole apenas la manga, un contacto mínimo, pero Delacroix lo vio.

Violeta cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, miró al detective.

No había gratitud.

Había advertencia.

Delacroix comprendió que, para Violeta, cada paso hacia la verdad podía ser también una nueva forma de profanar a las mujeres que Ramiro había dejado atrás.

Y quizá por eso el asesino, fuera quien fuese, había elegido un método tan perverso: obligar a la verdad a caminar sobre los mismos zapatos que la culpa.

Montero se acercó al escenario y habló en voz baja.

—Acabamos de demostrar que Mora pudo hacerlo.

—No —dijo Delacroix—. Acabamos de demostrar que alguien pudo hacer que Mora lo hiciera.

—Eso no la libera.

—No. Pero cambia la pregunta.

—¿A cuál?

Delacroix miró hacia el despacho, donde el zapato derecho esperaba bajo una lámpara. Luego miró al altillo, a la caja de Elena, al pasillo de Violeta, al público retenido, a la mesa de Mercedes, a Lisandro pálido, a Anselmo con el bandoneón y a Matilde sostenida por la ruina de su propio escenario.

—Ya no preguntamos quién mató a Ramiro durante el baile —dijo—. Preguntamos quién sabía, antes del baile, que Ramiro iba a ofrecerle a la muerte exactamente la altura que necesitaba.

El comisario siguió la dirección de su mirada.

—Eso lo sabían pocos.

—No, comisario.

Delacroix dejó que el silencio revelara la gravedad de la respuesta.

—Eso lo sabían todos los que lo conocían demasiado.