Capítulo 10 — El camerino de Mora #2
Delacroix pidió a Montero que llamara a Sosa. El médico llegó unos minutos después, irritado por tener que abandonar los zapatos del despacho para observar una mancha que, según advirtió, probablemente no justificaría ni una mala noche. Sin embargo, cuando la vio, se inclinó con atención.
—Pegamento o barniz —dijo—. Puede contener alguna sustancia resinosa. No lo sabré oliéndolo como un perro.
—No se lo pedí.
—Me lo pidió con la cara otra vez.
Sosa raspó una cantidad ínfima con una espátula y la guardó en un papel limpio. Luego miró la bolsa y los hilos. Su gesto no se volvió más optimista.
—El problema —dijo— es que un vestuario está lleno de sustancias capaces de parecer sospechosas cuando uno ya tiene un muerto.
Pegamentos, tintes, grasas, alcoholes, polvos, metales, flores tratadas, perfumes.
Si quiere demostrar veneno, necesitaré algo más que el olor de una hebilla y la mala reputación del teatro.
—Estamos intentando conseguirle algo más —dijo Montero.
—Me alegra que intenten cosas.
El médico se marchó con las muestras. Mora lo siguió con la mirada, como si cada objeto retirado del camerino le quitara una capa de sí misma y la entregara a la sospecha.
—¿Puedo cambiarme? —preguntó.
—Todavía no —dijo Montero.
—¿También el vestido mató a alguien?
—No lo sabemos.
Mora abrió la boca para protestar, pero no lo hizo.
Esa rendición momentánea fue más dolorosa que su ira.
Delacroix decidió no prolongar el interrogatorio inútilmente.
Salió al pasillo con Montero, dejando al agente en la puerta y a la bailarina bajo la luz amarillenta del espejo, descalza, vestida para una función que ya no existía.
—No me gusta —dijo Montero en voz baja.
—¿Mora?
—Me gusta menos que antes y más de lo que debería para arrestarla.
—Eso es progreso.
—No en un informe.
Avanzaron hacia el despacho. En el salón, el público seguía dividido en pequeños grupos vigilados.
Algunas personas habían empezado a hablar menos, no por obediencia sino por cansancio.
El humo se había vuelto rancio. La muerte, privada de música, empezaba a oler a noche demasiado larga.
Matilde discutía con un camarero sobre agua, café y la conveniencia de mantener a los invitados alimentados para evitar un motín respetable.
Villalba seguía escribiendo, aunque Montero le había prohibido publicar; para un periodista como él, escribir sin publicar debía de ser una forma de abstinencia negociada.
Anselmo permanecía junto al escenario, ahora sin el bandoneón en las rodillas.
Lo había dejado en la silla de al lado, cerrado, como si ya no quisiera tocarlo ni que lo tocara.
Delacroix se detuvo ante él.
—Dijo que la música llegó antes que Ramiro.
Anselmo levantó los ojos.
—Dije muchas cosas. La edad da coartadas para hablar de más.
—Explíqueme esa.
El viejo miró el escenario vacío. No parecía tener prisa. O quizá sabía que la prisa era inútil después de haber tocado un muerto hasta el borde de su caída.
—En el cierre, Ramiro siempre iba un poco delante de la música.
No mucho. Lo suficiente para parecer que la obligaba a seguirlo.
Era su manera de bailar, y también de vivir, si quiere una frase para su colección.
Esta noche, después del roce, empezó a quedar atrás.
Primero una nada. Después otra. Mora lo corrigió.
Yo también. Alargué la frase para darle espacio.
—¿Por eso continuó tocando?
—Sí. Creí que se había cansado, o que estaba jugando con una pausa excesiva. Ramiro hacía esas cosas. Uno no llama a un médico cada vez que un vanidoso decide parecer profundo.
—¿Cuándo supo que era otra cosa?
Anselmo apoyó las manos sobre las rodillas.
—Cuando dejó de pelear con la música.
—¿Qué significa eso?
—Que ya no intentó recuperarla. Ramiro podía equivocarse, pero no aceptaba ser llevado. Durante un instante, Mora lo llevó a él. Entonces supe que algo se había roto.
Delacroix pensó en la muerte como pérdida de dominio antes que como caída.
En Ramiro, eso habría sido visible para quienes conocían su cuerpo mejor que su rostro.
Anselmo lo había oído. Mora lo había sentido.
El público lo había confundido con interpretación.
La trampa funcionaba porque se apoyaba en un defecto real de la víctima: su costumbre de exagerar el drama para ser admirado.
—¿Vio el zapato rozar más alto que en el ensayo? —preguntó.
Anselmo cerró los ojos.
—No vi. Oí.
—Necesito que, por una vez, mire en la memoria.
El viejo lo hizo. Tardó. Luego dijo:
—Más alto, tal vez. Ramiro alargó el giro. Mora tuvo que seguirlo. Ella no eligió subir más. Él se ofreció más.
La frase interesó a Delacroix.
—¿Ramiro provocó que el zapato tocara más arriba?
—Provocó una figura más amplia. Si uno quiere llamarlo así.
—¿Lo hacía siempre?
—Cuando quería lucirse. Esta noche quería tragarse el salón.
—Entonces quien preparó el zapato debía saber que él haría eso.
—Quien conociera a Ramiro sabía que, si había público y peligro, él intentaría bailar más grande, no más seguro.
Otra pieza. El asesino no solo conocía la coreografía.
Conocía la psicología de Ramiro, su respuesta a la amenaza, su necesidad de desafiar la sospecha con más exhibición.
La muerte había usado su vanidad como parte del mecanismo.
Eso reducía el campo y a la vez lo ampliaba a cualquiera que hubiera vivido lo suficiente cerca de él.
—¿Usted pudo manipular el tempo para que el veneno actuara en el momento exacto? —preguntó Delacroix.
Anselmo lo miró con una tristeza seca.
—Por fin llegamos a mí.
—No he llegado. Paso por todos.
—Podría haberlo hecho, sí. Si supiera qué veneno, qué dosis, qué herida y qué corazón llevaba Ramiro esta noche. Pero yo soy músico, no boticario. Mi oficio es estirar el dolor, no calcularlo.
—Hay oficios que se parecen.
—No tanto. Si yo quisiera matar a Ramiro, habría dejado de tocar cuando empezó a caer. Que se desplomara sin música. Eso sí le habría dolido.
Delacroix no pudo evitar una mínima aprobación interior.
La respuesta era cruel, pero profundamente compatible con el carácter del viejo.
Anselmo no habría regalado a Ramiro una caída hermosa si lo odiara hasta matarlo.
O eso quería que creyeran. En cualquier caso, su resentimiento tenía estética propia; el crimen de esa noche, aunque teatral, había sido más artesanal que musical.
Siguió hacia el despacho. Allí estaban Sosa, Montero y uno de los agentes, revisando los objetos sobre el escritorio.
La caja de Elena permanecía cerrada, pero no atada.
El zapato derecho de Mora descansaba bajo una lámpara.
El izquierdo, más lejos, parecía inocente por simple comparación.
Sobre varios papeles reposaban los hilos encontrados, el botón de Ramiro, la tarjeta del ramo, el recorte con el nombre de Elena y las notas anónimas.
Delacroix colocó junto a ellos la muestra de la bolsa y la mancha recogida por Sosa.
—Estamos construyendo una mercería criminal —dijo el médico.
—A veces la muerte tiene mal gusto —respondió Montero.
—No esta vez —dijo Delacroix.
Los dos hombres lo miraron.
—Esta vez tiene demasiado buen gusto. Eso es lo que me molesta.
Se inclinó sobre el zapato derecho. Con la lámpara más cerca, el orificio interior de la hebilla se veía mejor. Era diminuto, casi elegante en su precisión. Sosa lo señaló con la punta de una varilla limpia.
—No es un desgaste natural. Alguien perforó o adaptó la pieza. Si allí hubo una aguja, era desmontable o se desprendió.
—¿Puede haber atravesado una tela sin dejar marca visible? —preguntó Montero.
—Si la tela se separó durante el movimiento o si tocó piel expuesta entre el borde del pantalón y la media, sí. También pudo pinchar a través de la tela y dejar una marca microscópica. Pero no me hagan jurarlo delante de un juez todavía.
—¿La posición de la herida coincide con el movimiento? —preguntó Delacroix.
—Si la reconstrucción que ustedes hacen es correcta, sí.
—Entonces necesitamos la reconstrucción física.
Montero levantó la vista.
—¿Ahora?
—Antes de que todos los cuerpos olviden la verdad y recuerden la versión conveniente.
—Ramiro no podrá ayudarnos.
—Lisandro puede ocupar su lugar. Mora puede repetir el movimiento sin el zapato derecho, o con otro. Anselmo puede marcar el tempo. Necesitamos ver alturas, ángulos, distancia. No para hacer teatro. Para desmontarlo.
Sosa soltó una exhalación.
—Hacer bailar a la mujer acusada junto al suplente, al lado del escenario donde acaba de caer el muerto. Qué noche tan delicada.
—No será un baile —dijo Delacroix—. Será una medición.
—Eso lo empeora para cualquiera con alma.
Montero, sin embargo, entendió la necesidad. Mandó llamar a Lisandro, a Mora, a Anselmo y a Matilde. También pidió que el público permaneciera en el salón, pero lejos del escenario, aunque Delacroix prefería reducir los testigos. Matilde, cuando oyó la propuesta, se negó de inmediato.
—No. De ninguna manera. Mora no puede volver a ese escenario ahora.
—Precisamente ahora —dijo Delacroix.
—Esa mujer acaba de sostener un cadáver.
—Y por eso recuerda el peso, el paso, la altura y el momento.
Matilde lo miró con una mezcla de repulsión y comprensión. La comprensión ganó, lo cual no hizo la situación menos cruel.
Mora apareció descalza, con una bata oscura sobre el vestido. Al enterarse de lo que se le pedía, no gritó. Eso fue peor.
—¿Quiere que vuelva a bailar? —preguntó.
—No. Quiero que repita un movimiento.
—En ese escenario.
—Sí.
—Con todos mirando.
—No todos. Solo quienes deben.
Mora miró hacia el salón, donde el público ya intentaba averiguar por qué se movían de nuevo hacia la tarima.
La humillación la atravesó con una claridad visible.
Durante un instante, Delacroix creyó que se negaría.
Habría sido comprensible. Quizá incluso justo.
Pero la justicia, esa noche, estaba lejos de ser un lujo disponible.
—Lo haré —dijo.
Violeta, desde el pasillo, dio un paso.