Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 10 — El camerino de Mora
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Capítulo 10 — El camerino de Mora

El camerino de Mora Ledesma quedó convertido, poco después, en una habitación mucho más importante de lo que su tamaño permitía suponer.

Hasta esa noche había sido un espacio de preparación, cansancio, vanidad contenida y pequeñas miserias teatrales; ahora, bajo la vigilancia del comisario Montero y la atención desagradablemente minuciosa de Delacroix, parecía el lugar donde el crimen había terminado de vestirse antes de salir a escena.

Nada en él era espectacular. No había manchas de sangre, ni frascos rotos, ni cartas acusadoras ocultas en un cajón.

Había, como casi siempre, objetos comunes: una silla, un espejo, una mesa de tocador, una bolsa de tela, un peine con cabellos oscuros atrapados entre los dientes, horquillas, polvo de arroz, un pañuelo usado, un frasco de perfume, una flor artificial, un par de guantes, una caja pequeña de colorete y el vacío reciente dejado por los zapatos que el doctor Sosa había llevado al despacho.

Delacroix confiaba más en esa vulgaridad que en cualquier decoración siniestra.

Los crímenes elegantes rara vez se preparan en habitaciones elegantes.

Prefieren los rincones donde todo parece tener una razón práctica para estar fuera de lugar.

Mora estaba sentada en la misma silla, ahora descalza, con los pies juntos sobre una alfombra gastada que alguien había acercado para que no pisara la madera fría.

El gesto de consideración había sido de Violeta, aunque Montero había permitido que lo ejecutara un camarero para evitar que la vestuarista se acercara de nuevo a la bailarina.

Mora no había agradecido nada. No por ingratitud, pensó Delacroix, sino porque en aquel momento cualquier amabilidad podía parecer una nueva forma de vigilancia.

Tenía el vestido oscuro todavía puesto y el maquillaje apenas corrido en los ojos, no por lágrimas sino por sudor y por el roce involuntario de una mano nerviosa.

La obligaba a permanecer en escena incluso después de haber bajado del escenario; aquello debía de ser una tortura particular para alguien acostumbrado a controlar la propia imagen con una precisión casi física.

Montero se colocó junto a la puerta, libreta en mano.

Delacroix permaneció cerca del tocador. No quería convertir la habitación en un interrogatorio policial, aunque era exactamente eso.

Sosa había dejado, antes de volver al despacho, una instrucción clara: los zapatos quedarían bajo su custodia, separados, envueltos en paños limpios y examinados con más luz cuando el salón estuviera despejado.

El zapato derecho seguía siendo el centro material de la noche, pero Delacroix necesitaba reconstruir el tiempo alrededor de él.

Un objeto no se convierte en arma por sí solo; alguien lo elige, lo toca, lo prepara, lo devuelve a la normalidad.

Si conseguía ordenar esos actos, quizá el asesino dejaría de ser una sombra y pasaría a ser una mano.

—Vamos a empezar desde esta tarde —dijo.

Mora no levantó la vista.

—Ya lo hice.

—Lo hizo en fragmentos. Ahora necesito continuidad.

—La continuidad es un lujo que esta noche no tengo.

—Precisamente por eso voy a pedírsela.

La bailarina cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, parecía un poco más lejos de la desesperación inmediata y un poco más cerca del agotamiento. Era una mejora relativa, pero suficiente.

—Después del ensayo de la mañana —dijo—, guardé los zapatos en la bolsa de tela. La dejé aquí, sobre la silla.

Delacroix miró la silla, luego la bolsa vacía.

—¿Cerró la bolsa?

—La até.

—¿Con nudo?

—Sí. Un nudo simple.

—¿Fácil de desatar y volver a atar?

—Si alguien no tiene dos piedras en lugar de manos, sí.

Montero anotó la respuesta con una mirada rápida de desaprobación que Mora ignoró.

—¿Quién estuvo en el camerino después? —preguntó Delacroix.

—Violeta entró varias veces. Me trajo el vestido, ajustó el bajo, revisó la espalda.

Una camarera dejó agua. Matilde asomó para decirme que no hiciera caso al ramo.

Como si uno pudiera no hacer caso a unas flores con el nombre de una muerta dentro.

Mercedes entró sin permiso para preguntarme si pensaba arruinar la función con mis nervios.

Ramiro entró después, también sin permiso.

Usted lo vio. Tocó el zapato. Se burló. Violeta estaba allí. Luego me calcé. Después salí.

—¿Lisandro?

Mora dudó.

—No entró.

—¿Está segura?

—No lo vi entrar.

—No es lo mismo.

—Nadie está seguro de nada en este lugar, monsieur. Esa parece ser la enseñanza de la noche.

La irritación no ocultaba del todo la honestidad.

Delacroix aceptó la corrección en silencio y se acercó a la puerta.

Desde allí se veía el pasillo, la entrada al camerino de hombres, la escalera hacia el altillo y, si uno se inclinaba un poco, parte del salón.

En una noche de función, con gente cruzando, ropas colgadas, camareros y músicos moviéndose, la vigilancia real habría sido casi imposible antes de que Montero ordenara controlar los accesos.

Cualquier persona con aspecto de estar trabajando podía entrar y salir sin dejar memoria en nadie.

Violeta era la más evidente, pero justamente por eso también la más fácil de usar como pantalla.

—Cuando Ramiro tocó el zapato —dijo Delacroix—, ¿qué hizo exactamente?

Mora apretó los labios, reconstruyendo.

—Lo levantó de la mesa. Con dos dedos, como si fuera algo sucio o gracioso. Dijo alguna estupidez. No recuerdo cuál.

—Yo sí —dijo Delacroix—. “El famoso culpable.”

Mora lo miró.

—Sí. Eso.

—¿Lo sostuvo por la hebilla?

—No lo sé. Creo que por la tira.

—¿Por cuánto tiempo?

—Unos segundos.

—¿Pudo haber insertado algo en la hebilla?

Mora soltó una risa corta.

—Ramiro no habría tenido paciencia para un alfiler si no podía verse en él.

—No le pregunto por su carácter, sino por sus manos.

—Sus manos eran rápidas. Como todo en él cuando quería salirse con la suya.

—¿Se lo devolvió a usted?

—Lo dejó sobre la mesa.

—¿Quién lo tocó después?

—Yo. Para calzármelo. Violeta ajustó la hebilla.

—¿Antes o después de que usted lo tuviera puesto?

—Después. Ya en mi pie.

—¿Pudo notar algo en la hebilla?

—Si lo notó, no lo dijo.

—Eso no responde.

Mora se inclinó hacia adelante, con el rostro repentinamente duro.

—¿Quiere que acuse a Violeta? No lo haré para ayudarle a llenar un hueco. Si ella me hubiera visto salir con una trampa en el zapato, me lo habría arrancado aunque tuviera que romperme el pie.

La vehemencia llegó más rápido de lo esperado.

Montero levantó la vista. Delacroix no reaccionó de inmediato.

Esa defensa podía ser afecto verdadero, miedo a perder la única alianza que le quedaba o incapacidad de aceptar que alguien cercano hubiera usado su cuerpo para matar.

Cualquiera de las tres posibilidades era humana. Ninguna era prueba.

—¿Confía en ella? —preguntó.

Mora respiró con dificultad.

—Confío en lo que hizo por mí cuando nadie tenía obligación de hacerlo.

—Eso no es lo mismo.

—Es más que lo mismo. En esta casa, la confianza no se declara.

Se cose. Se ajusta. Se queda después de que los demás se van.

Violeta me ha visto rota, furiosa, ridícula, mediocre.

Me ha apretado un vestido para que no se notara que estaba temblando.

Me ha aflojado un zapato cuando Ramiro me obligó a bailar lesionada.

Me ha dicho verdades que nadie más se atrevía a decirme.

Si ella quisiera castigar a Ramiro, no me convertiría en esto.

—¿En qué?

Mora miró hacia sus pies desnudos.

—En el zapato.

La frase, quizá involuntaria, fue exacta hasta la crueldad.

No “en asesina”. No “en culpable”. En el zapato.

Delacroix la dejó asentarse. Luego tomó la bolsa de tela con un pañuelo y la examinó.

Era sencilla, de color oscuro, con un cordón para cerrarla.

No tenía marcas visibles. La dio vuelta sobre la mesa.

Cayó una mota de polvo, un hilo negro muy pequeño y algo que pudo ser una escama seca de barniz. Montero se acercó.

—Otro hilo.

—Sí.

—Empiezo a detestar los hilos.

—Eso significa que les está prestando atención.

El comisario pidió papel. Delacroix recogió el hilo y la pequeña escama oscura.

La escama podía venir del zapato, del suelo, de cualquier objeto de cuero.

Pero la bolsa había contenido el par durante las horas cruciales.

Si alguien manipuló el zapato antes de la función, quizá dejó algo allí.

O quizá aquella pequeña basura llevaba semanas en el fondo.

Los objetos, por desgracia, no se limpian a sí mismos antes de volverse pruebas.

—¿Quién lavó o revisó esta bolsa antes de hoy? —preguntó.

—Nadie. Es una bolsa para zapatos, no un altar.

—En esta casa la diferencia parece variable.

Mora no contestó. La fatiga empezaba a vencer incluso su capacidad de desprecio.

Delacroix inspeccionó después el tocador.

El lugar donde habían estado los zapatos mostraba una zona limpia entre el polvo de maquillaje y los pequeños restos de tela.

No había marcas de veneno evidente, desde luego; la idea misma era absurda.

Pero había un punto oscuro, una mancha minúscula cerca de una horquilla.

La tocó apenas con la punta de un papel.

Era pegajosa. Sosa tendría que verla. Podía ser perfume, barniz, maquillaje, tinta o cualquier sustancia del mundo teatral.

Aun así, estaba cerca del sitio donde Ramiro había apoyado el zapato después de tomarlo.

O donde Violeta lo había examinado. O donde Mora lo había colocado. Demasiadas manos, de nuevo.

—¿Alguien derramó algo aquí? —preguntó.

Mora miró la mesa.

—No que recuerde.

—¿Usa barniz, pegamento, tintura para los zapatos?

—Yo no. Violeta a veces.

—¿Ramiro?

Mora sonrió con cansancio.

—Ramiro no usaba nada que no pudiera convertir en vanidad.