Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 9 — Un crimen visto por todos #4
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Capítulo 9 — Un crimen visto por todos #4

—Qué curioso. La nada brillaba.

Lisandro avanzó un paso hacia él, pero el agente lo detuvo. Montero golpeó el escritorio con la palma, no con violencia excesiva, pero sí con suficiente autoridad.

—Señor Varela, Ramiro Acuña está muerto. Mora Ledesma está bajo sospecha. Falta una hebilla de la caja de Elena Cárdenas. En el zapato de Mora hay un orificio que no debería estar. Si usted tocó algo, ahora es el momento de decirlo antes de que empiece a parecer mucho peor.

Lisandro respiró con dificultad. Delacroix vio que sus ojos iban hacia el zapato, no hacia la caja. Miedo por Mora, quizá. O miedo por sí mismo.

—No tomé la hebilla —dijo.

—¿Entonces qué tomó?

El joven cerró los ojos un segundo, derrotado por la estupidez de una mentira menor atrapada dentro de una tragedia mayor.

—Un botón.

—¿Un botón? —repitió Montero.

—De la chaqueta de Ramiro. Se había caído en el depósito. Lo recogí.

—¿Por qué lo guardó?

—Porque pensé... pensé en no devolverlo. Quería que saliera imperfecto. Que Violeta tuviera que arreglarlo a último momento. Que Mercedes se enfureciera. Que Ramiro se sintiera ridículo por una vez.

Villalba abrió la boca para comentar, pero Montero lo silenció con una mirada.

—¿Dónde está el botón? —preguntó Delacroix.

Lisandro metió la mano en el bolsillo del chaleco y sacó un botón negro. Lo dejó sobre el escritorio. Violeta lo reconoció al instante.

—Es de la chaqueta negra —dijo—. Lo repuse antes de la función. Tenía otro igual.

—¿Vio que faltaba? —preguntó Delacroix.

—Sí.

—¿Y no lo dijo?

—En esta casa faltan botones todo el tiempo. Si avisara cada pequeña mezquindad, no cosería nada.

Lisandro bajó la mirada. La explicación era humillante y verosímil. Un acto infantil, miserable, pero no necesariamente criminal. Aun así, el depósito, la escalera de servicio y el objeto brillante lo colocaban cerca de la caja de Elena.

—¿Vio la caja? —preguntó Delacroix.

—Sí.

—¿La abrió?

—No.

—¿Por qué entró al depósito justo hoy?

—Porque necesitaba respirar lejos de Ramiro.

—Hay una ciudad entera afuera.

—Pero no podía irme.

La respuesta fue sencilla y probablemente verdadera.

Delacroix miró el botón sobre el escritorio.

Un botón robado por resentimiento, una hebilla desaparecida para matar o incriminar, un zapato alterado, una mujer usada como arma.

El caso estaba lleno de objetos pequeños.

La muerte, esa noche, había renunciado a la grandeza visible para esconderse en la costura de las cosas.

Montero permitió que se llevaran a Lisandro a una mesa vigilada. Villalba, satisfecho a medias, salió también después de recibir una advertencia. Violeta permaneció. Matilde no se movía. Sosa volvió a cubrir el zapato derecho con un paño.

—Tenemos demasiadas manos —dijo el médico.

—Y muy pocos dedos limpios —añadió Montero.

Delacroix se acercó a la ventana del despacho.

Del otro lado, el patio interior estaba oscuro, salvo por una lámpara junto al depósito.

La escalera de servicio comunicaba con el altillo.

El depósito comunicaba con el patio. El patio, vigilado solo después del crimen, había sido durante horas un pasaje posible.

Cualquiera con conocimiento de la casa pudo subir, abrir la caja, tomar la hebilla y bajar sin ser visto por el salón.

Pero luego debía manipular el zapato de Mora.

¿Cuándo? ¿Antes de la función? ¿En el camerino, mientras todos discutían?

¿Durante el caos posterior, para retirar la pieza?

¿O la hebilla desaparecida no era el arma, sino una señal, una firma, una trampa contra Violeta?

Delacroix volvió hacia el escritorio.

—Necesito reconstruir el recorrido de los zapatos desde la tarde hasta la función —dijo.

Mora no estaba allí, pero todos entendieron que la investigación regresaba hacia ella.

—Otra vez Mora —murmuró Matilde.

—No —dijo Delacroix—. Otra vez los zapatos.

Violeta cerró los ojos. Montero abrió una página nueva en su libreta. Sosa, con la lupa aún en la mano, miró el zapato derecho como si aquel objeto hubiera empezado a ofenderlo personalmente.

En el salón, alguien protestó por el encierro.

Otro pidió agua. Una mujer volvió a llorar.

Buenos Aires seguía más allá de las paredes, ajena o fingiendo estarlo, con sus cafés abiertos, sus calles húmedas y sus conversaciones interminables.

Dentro de El Último Farol, en cambio, la noche se había reducido a una pregunta cada vez más precisa.

No quién odiaba a Ramiro Acuña.

Todos, de un modo u otro, habían demostrado alguna competencia en esa materia.

La pregunta era quién había conseguido convertir ese odio general en una escena que todos creyeron comprender.

Delacroix tomó la nota que decía “los zapatos recuerdan lo que la boca niega” y la colocó junto al zapato de Mora. La frase y el objeto parecieron reconocerse.

—La boca —dijo en voz baja— todavía está hablando demasiado.

Montero lo miró.

—¿Y los zapatos?

Delacroix no apartó los ojos de la hebilla vacía.

—Los zapatos aún no han empezado.