Capítulo 9 — Un crimen visto por todos #3
Delacroix dejó pasar la respuesta. Era fuerte, quizá demasiado. Si decía la verdad, alguien había manipulado el zapato después de su reparación. Si mentía, acababa de comprometerse a una versión verificable solo por indicios. En ambos casos, el crimen se estrechaba.
—Después de su arreglo, ¿quién tuvo acceso al zapato? —preguntó Montero.
Violeta enumeró sin dudar:
—Mora, porque era suyo. Ramiro, porque lo tomó para burlarse en el camerino.
Monsieur Delacroix, porque lo examinó. El comisario, si quiere contarse por proximidad.
Yo, cuando ajusté la hebilla antes de la función.
Cualquiera que entrara al camerino mientras la bolsa estaba sola.
El agente no vigilaba todavía en ese momento.
—¿Ramiro pudo colocar algo en el zapato cuando lo tomó? —preguntó Delacroix.
Violeta miró hacia el lugar donde ya no estaba el cuerpo.
—Ramiro podía hacer muchas cosas con las manos mientras todos miraban su cara.
—¿Se habría arriesgado a matarse?
—Ramiro no creía que las consecuencias fueran para él.
La frase era exacta, pero no suficiente.
Delacroix imaginó al bailarín levantando el zapato en el camerino, burlándose de Mora, mostrando la pieza como objeto de chiste.
¿Pudo insertar allí una aguja, una hebilla alterada, un mecanismo?
Delacroix estaba presente. No había visto nada.
Pero Ramiro había estado de espaldas a algunos, de lado respecto de otros.
Aun así, ¿para qué? ¿Un truco para culpar a Mora que salió mal?
¿Una amenaza fabricada que se volvió real?
No encajaba con Elena, salvo que Ramiro hubiera querido burlarse también de ese fantasma.
Era posible. Los crueles no siempre respetan la lógica de la prudencia.
—¿Y Mora? —preguntó Montero.
Violeta giró hacia él con una mirada que por primera vez tuvo fuego visible.
—No.
—No he terminado la pregunta.
—No hace falta.
—Eso no ayuda.
—Mora no habría usado el nombre de Elena. No habría tocado esa caja. No habría convertido sus propios zapatos en una trampa para caer ella también.
Delacroix intervino:
—¿Y Lisandro?
Violeta no respondió con la misma rapidez.
—Lisandro quiere ser Ramiro sin admitir que lo detesta por eso.
—¿Pudo hacerlo?
—Pudo tocar la caja. Pudo tocar el zapato. Pudo hacer muchas cosas. Pero Lisandro tiene rabia joven. Este crimen huele a algo más viejo.
Montero levantó la vista. La palabra “huele” pareció interesarle.
—¿Más viejo como usted?
Violeta lo miró sin pestañear.
—Más viejo como esta casa, comisario. Si va a arrestar a todos los que han aprendido a odiar aquí dentro, tendrá que pedir refuerzos.
La puerta del despacho se abrió antes de que Montero pudiera responder. Era uno de los agentes, incómodo.
—Comisario, el periodista insiste en que tiene información sobre la hebilla.
Montero cerró los ojos con paciencia agotada.
—Por supuesto que insiste.
—Dice que sabe quién la vio esta tarde.
Delacroix y Montero intercambiaron una mirada. Violeta no se movió. Matilde se irguió como si la frase la hubiera golpeado en la espalda.
—Que entre —dijo Montero.
Tomás Villalba entró con su habitual mezcla de obediencia falsa y satisfacción genuina.
Se quitó el sombrero con una cortesía que nadie había pedido y miró la escena: la caja sobre el escritorio, el zapato de Mora en la bandeja, Violeta de pie, Matilde junto a la puerta, Delacroix observándolo sin agrado.
—Prometo ser útil —dijo.
—Empiece por ser breve —respondió Montero.
Villalba señaló la caja.
—Esta tarde, antes del ensayo final, vi a Lisandro Varela salir del depósito del patio. No le di importancia. Creí que buscaba un sitio para ensayar sin que Ramiro lo humillara. Pero llevaba algo en la mano. Algo pequeño. Metálico. Lo guardó en el bolsillo al verme.
Montero tomó nota de inmediato.
—¿Por qué no lo dijo antes?
—Porque antes no sabía que faltaba una hebilla.
—¿Y ahora lo sabe cómo?
Villalba sonrió apenas.
—Este bar tiene paredes muy finas, comisario. Y ustedes tienen voces muy dramáticas cuando creen hablar bajo.
Montero pareció a punto de insultarlo. Delacroix se adelantó.
—¿Está seguro de que era Lisandro?
—Sí.
—¿Y seguro de que el objeto era metálico?
—Brilló.
—Eso no es lo mismo.
—En periodismo, a menudo alcanza.
—En asesinato, no.
Villalba aceptó la corrección con una inclinación de cabeza que no tenía nada de humildad.
Delacroix no podía saber aún si acababa de ofrecer una pista verdadera, una manipulación o una forma elegante de mantenerse dentro del caso.
Pero el nombre de Lisandro encajaba con demasiadas cosas visibles: ambición, acceso, resentimiento, deseo de ocupar el lugar de Ramiro, posible afecto por Mora.
También encajaba demasiado pronto. Esa era la parte que le desagradaba.
Montero ordenó traer a Lisandro. Mientras esperaban, Violeta miró a Villalba con un desprecio absoluto.
—Usted siempre llega a tiempo para ensuciar a alguien.
—Querida Violeta, yo solo ilumino manchas que otros dejaron.
—No. Usted las agranda para que parezcan mapas.
Villalba sonrió, pero la frase lo tocó. Delacroix lo notó y lo guardó. En una noche donde todos acusaban para salvarse, las ofensas revelaban viejas jerarquías de desprecio.
Lisandro entró acompañado por un agente. Al ver la caja de Elena sobre el escritorio y el zapato de Mora en la bandeja, perdió parte del color que le quedaba. Miró a Violeta, luego a Matilde, luego a Delacroix. Por último, vio a Villalba y entendió antes de que hablaran.
—¿Qué dijo? —preguntó.
—Que lo vio salir del depósito esta tarde con algo metálico —dijo Montero.
Lisandro se volvió hacia el periodista.
—Mentira.
—Una palabra muy cómoda —dijo Villalba.
—Más cómoda que su oficio, seguro.
—Conteste —ordenó Montero—. ¿Entró al depósito?
Lisandro dudó. Demasiado.
—Sí.
—¿Para qué?
—Para estar solo.
—¿Con algo metálico?
—No.
—¿Qué llevaba en la mano?
—Nada.
Villalba soltó una risita.