Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 9 — Un crimen visto por todos #2
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Capítulo 9 — Un crimen visto por todos #2

Delacroix desplegó el papel. Era un programa antiguo de El Último Farol, con la fecha casi borrada por el tiempo.

La función anunciaba una noche especial con varios números y, hacia el final, una pieza: La que no perdona.

El nombre de Ramiro Acuña figuraba impreso con claridad.

Junto al suyo, donde debería leerse el nombre de su pareja, alguien había tachado con tinta y escrito a mano: Elena Cárdenas.

No era una corrección profesional; era una ilusión añadida después, quizá por la propia Elena, quizá por Violeta.

El papel tenía en el margen inferior una frase escrita con letra juvenil, inclinada y entusiasta:

Esta noche me van a mirar.

El silencio del altillo se volvió intolerable.

Violeta no lloró. Delacroix empezó a preguntarse si, para esa mujer, llorar habría sido una forma de traición: diluir en agua una memoria que había elegido conservar seca y punzante.

—¿Lo escribió Elena? —preguntó.

—Sí.

—¿La función en que cayó era esta?

—Iba a ser esta.

Montero miró el programa.

—Pero su nombre no estaba impreso.

—Porque Ramiro dijo que lo arreglaría. Dijo que Matilde lo arreglaría. Dijo muchas cosas.

—¿Matilde lo sabía?

Violeta volvió hacia ellos una mirada cansada.

—Matilde sabía todo lo que le convenía saber tarde.

La frase era injusta quizá, pero Delacroix no la descartó.

Guardó el programa con cuidado y volvió a mirar la caja.

Faltaba una hebilla. Una pieza pequeña, sentimental, metálica.

Quien la hubiera tomado conocía el contenido o había registrado la caja con un propósito muy concreto.

No parecía un robo casual. Nadie arriesgaba subir a un altillo durante una noche vigilada para llevarse una reliquia sin valor, salvo que esa reliquia sirviera para algo o significara algo.

El agente enviado al depósito regresó poco después.

Confirmó que existía una escalera de servicio detrás de los baúles, estrecha, sucia, practicable.

En el suelo había polvo removido, aunque no podía precisar si de esa noche o de meses anteriores.

Montero le ordenó custodiarla y no tocar nada más.

Luego cerró la caja de Elena sin volver a atar la cinta.

—La caja baja con nosotros —dijo.

Violeta dio un paso adelante.

—No.

—Sí.

—No permitiré que la pongan junto al cuerpo de Ramiro.

—No se lo estoy pidiendo.

—Comisario, si le queda algo de decencia...

—Me queda trabajo. A veces se parecen menos de lo que quisiera.

Delacroix tomó la caja antes de que Montero la entregara al agente. No lo hizo para apropiársela, sino porque comprendió que el modo importaba. La sostuvo con ambas manos, con cuidado visible. Violeta lo miró. No se lo agradeció. Tal vez nunca se lo agradecería. Pero no volvió a impedirlo.

Bajaron al salón.

El descenso produjo un silencio inmediato.

Todos vieron la caja. La mayoría no sabía qué contenía, pero eso no les impidió comprender que algo del pasado acababa de ser traído al presente con carácter oficial.

Matilde se puso de pie al verla. Su rostro se tensó.

Mercedes miró primero la caja y después a Violeta.

Lisandro bajó la cabeza. Anselmo cerró los ojos.

Villalba, que quizá había conseguido adivinar más que otros, dejó la pluma quieta sobre el papel.

—Matilde —dijo Violeta desde la escalera—. Dígales que esa caja no tiene nada que ver.

La dueña de El Último Farol no respondió. Esa falta de respuesta fue peor que cualquier acusación. Violeta la miró durante un segundo largo y luego apartó la vista. En esa mirada rota, Delacroix vio una vieja lealtad terminar de enfermarse.

Montero ordenó llevar la caja al despacho, no al escenario ni al camerino. Delacroix estuvo de acuerdo. La prueba, si lo era, debía quedar bajo llave, pero no expuesta como trofeo. Antes de entrar al despacho, Matilde se acercó.

—¿Qué encontraron?

—Falta una hebilla —dijo Delacroix.

La mujer palideció.

—¿De Elena?

—Sí.

Matilde miró a Violeta, que seguía al pie de la escalera bajo la vigilancia de un agente. Luego miró hacia el pasillo donde estaba Mora y, por último, hacia el lugar por donde habían retirado el cuerpo de Ramiro. La secuencia de sus ojos fue reveladora: pasado, instrumento, víctima.

—Dios mío —murmuró.

—No lo invoque todavía. No parece haber intervenido mucho en esta casa.

La frase fue dura, pero Matilde no la rechazó.

Entraron al despacho. Montero cerró la puerta detrás de ellos, dejando fuera el murmullo del salón.

Sobre el escritorio colocaron la caja de Elena, los zapatos de Mora ya examinados parcialmente por Sosa y los papeles recogidos: la tarjeta del ramo, el trozo impreso con el nombre de Elena, los hilos negros, las notas anónimas.

Delacroix miró aquella reunión de objetos y sintió la forma del crimen acercarse, aunque todavía faltaran piezas.

No era una línea recta. Era una coreografía.

Un objeto viejo, un zapato nuevo, una frase escrita, una pieza metálica desaparecida, un movimiento repetido, una herida mínima.

—La hebilla de Elena pudo usarse en el zapato de Mora —dijo Montero.

—Pudo —respondió Delacroix.

—La punción en la pierna de Ramiro pudo venir de esa hebilla.

—Pudo.

—Está usando esa palabra para no decir lo evidente.

—Lo evidente acaba de matar a un hombre delante de treinta testigos y casi consigue que todos arresten a la mujer equivocada antes de examinar un zapato. Permítame cierta cautela.

Montero aceptó el golpe con un gesto. El comisario estaba cansado, pero no cerrado. Eso era una bendición en una noche así.

Sosa, que había entrado con ellos, examinó otra vez el zapato derecho de Mora. Con una lupa y una aguja limpia, estudió el orificio de la hebilla reparada. No introdujo nada profundamente, solo comprobó la orientación del pequeño hueco.

—Aquí hubo algo —dijo al fin.

Matilde se llevó una mano a la boca.

—¿Qué?

—No sé. Una pieza, un remache, una punta, un adorno. Algo delgado. No necesariamente un arma. Pero algo que ya no está.

—¿Pudo desprenderse durante el baile? —preguntó Montero.

—Sí. O pudo ser retirado después.

—¿Por quién?

Sosa lo miró con impaciencia.

—Soy médico, comisario. No mago de feria.

Delacroix tomó uno de los hilos negros. El primero había aparecido en el ensayo, el segundo sobre el escenario después de la muerte.

Ambos parecían similares al hilo usado para reforzar la hebilla del zapato de Mora.

Pero el hilo no acusaba por sí solo a Violeta.

Cualquiera que hubiese manipulado el zapato podía haber usado hilo de su caja.

O haber tomado hilo antes. O haber preparado una imitación.

El peligro era demasiado claro: el caso parecía inclinarse hacia la vestuarista con la misma facilidad con que antes se había inclinado hacia Mora.

—Quien haya tomado la hebilla de Elena sabía que su desaparición nos llevaría a Violeta —dijo.

Montero frunció el ceño.

—O fue Violeta.

—O fue Violeta.

—No hace falta parecer decepcionado por la opción sencilla.

—Las opciones sencillas rara vez necesitan tanta puesta en escena.

Matilde, que hasta entonces había permanecido junto a la puerta, habló con voz baja.

—Violeta no habría usado a Mora.

—Mercedes dijo lo mismo.

—Mercedes no conoce el cariño. Lo administra como los contratos. Yo sí sé lo que Violeta siente por Mora.

—¿Y qué siente?

Matilde tardó. No por falta de palabras, sino porque la palabra correcta tal vez era demasiado íntima.

—Una forma de reparación. No maternal del todo. No amistosa. Violeta mira a Mora y ve una mujer que sobrevivió al escenario. Eso le importa.

—Entonces ¿por qué el zapato de Mora?

—No lo sé.

La respuesta fue honesta y, por eso, más inquietante.

Si Violeta quería vengar a Elena, usar a Mora como arma implicaba dañar a alguien que quizá protegía.

Eso podía excluirla, o revelar una crueldad más profunda, o indicar que el mecanismo había sido diseñado por otra persona que conocía exactamente ese vínculo.

Montero abrió la puerta del despacho y llamó a uno de sus agentes.

—Traiga a Violeta Cárdenas. Y que nadie la toque.

La vestuarista entró poco después. No miró la caja. Miró directamente a Matilde. La dueña no sostuvo sus ojos. Aquello fue una confesión menor de muchas cosas antiguas.

—Falta la hebilla de Elena —dijo Delacroix.

—Lo sé.

—¿Cuándo la vio esta tarde?

—Después de que trajeron el ramo. Subí. Abrí la caja. La vi. Cerré.

—¿Por qué subió?

—Porque alguien había escrito el nombre de mi hija en un papel sucio. Quise verla donde debía estar, no en la boca de todos.

—¿Encontró la caja intacta entonces?

—Sí.

—¿Ató la cinta como siempre?

—Sí.

—Cuando subimos después, la cinta estaba distinta.

—Porque alguien más la abrió.

—¿Quién sabía de la escalera del depósito?

—Todos los que han trabajado aquí. Matilde. Anselmo. Los camareros viejos. Ramiro. Mercedes, probablemente. Lisandro si se dedicó a husmear lo suficiente. Mora también. Yo no escondía la escalera; escondía lo que me importaba de la gente que no merecía verlo.

Montero anotó los nombres. Delacroix observó que Violeta no intentaba reducir la lista. Eso podía ser valentía o inteligencia.

—¿Ha usado la hebilla de Elena en algún arreglo reciente? —preguntó.

El rostro de Violeta se endureció.

—No.

—¿En el zapato de Mora?

—No.

—¿La hebilla del zapato derecho de Mora fue reemplazada o modificada?

—Reforzada. No reemplazada.

—¿Con qué?

—Hilo encerado. Un pequeño apoyo interior de cuero. Nada más.

Sosa intervino:

—En la cara interna hay un orificio que no corresponde al simple refuerzo.

Violeta lo miró.

—Entonces no lo hice yo.

—¿No lo vio?

—No.

—Usted revisa todo —dijo Delacroix—. Lo bastante para notar un botón flojo en la chaqueta de Ramiro antes de que se caiga. ¿Y no vio un orificio en una hebilla que acababa de reparar?

La acusación no fue directa, pero la habitación la oyó como tal. Violeta se quedó quieta. Matilde cerró los ojos. Montero sostuvo el lápiz sobre la libreta.

—No —dijo Violeta.

—¿Por qué?

—Porque cuando arreglé ese zapato, ese orificio no estaba.