Capítulo 8 — La mujer que todos miraron #5
—No. Tenía razón. Mírelos. Ya están convirtiéndolo en víctima.
—Está muerto. Eso ayuda.
—También Elena murió. Tardaron años en recordarla.
La comparación no buscaba compasión. Era una constatación amarga.
Delacroix pensó en los zapatos blancos guardados arriba, en la madre que los conservaba, en la mujer viva obligada a llevar unos zapatos negros que quizá habían sido convertidos en arma.
El caso parecía construir una simetría demasiado hermosa.
Y las simetrías hermosas, en los crímenes, siempre le producían desconfianza.
Sosa llegó con Montero. Traía una bandeja pequeña, paños, una lupa y un gesto de fastidio profesional.
—Muy bien —dijo—. Vamos a quitar un zapato como si desactiváramos una bomba. Confieso que mi carrera ha tenido noches menos ridículas.
—Empiece por el izquierdo —dijo Delacroix.
Mora obedeció. El zapato izquierdo salió sin dificultad.
Sosa lo tomó con un paño y lo colocó sobre la bandeja.
Nada. Luego llegó el derecho. Mora cerró los ojos.
Delacroix se inclinó. El médico desabrochó la hebilla con extremo cuidado, deslizó la tira, sostuvo el talón, pidió a Mora que relajara el pie.
El zapato resistió apenas, como suelen resistir los zapatos ajustados al sudor y al miedo. Salió al fin.
Mora dejó escapar un aire que no sabía que estaba reteniendo.
Sosa colocó el zapato derecho junto al izquierdo, pero separado.
Delacroix observó el interior, la hebilla, la costura reforzada.
Sin el pie dentro, la forma cambiaba. La tira cedía un poco y dejaba ver mejor el remate.
Allí, en la cara interior de la hebilla, había una marca minúscula, un orificio casi imperceptible o quizá el punto dejado por una aguja de costura. Delacroix no lo tocó.
—Doctor —dijo.
Sosa acercó la lámpara. Montero se inclinó sobre ambos.
—¿Qué es? —preguntó el comisario.
—Un agujero —dijo Sosa.
—Eso lo veo.
—Entonces no me apure.
El médico tomó una aguja limpia de su propio estuche, no de la caja de Violeta, y la acercó al orificio sin introducirla.
La medida parecía coincidir con una pieza muy fina.
Demasiado fina para una hebilla normal, quizá no imposible en un arreglo apresurado, pero sí extraña.
Delacroix miró a Mora. Ella observaba el zapato como si le hubieran sacado del cuerpo una mentira ajena.
—Yo no sabía que estaba ahí —dijo.
—Todavía no sabemos qué es —respondió Delacroix.
—Pero sí lo sabe.
No pudo negarlo del todo. El orificio estaba donde podía haberse fijado una punta desmontable, una aguja corta, algo que sobresaliera durante el roce y luego se desprendiera o fuera retirado. Pero no había punta. No había veneno. No había mecanismo visible. Solo un agujero y un hombre muerto.
—Montero —dijo Delacroix—, nadie toca este zapato salvo el doctor. Nadie.
—Entendido.
Sosa levantó el zapato con el paño y lo acercó más a la luz. Frunció el ceño.
—Hay algo en el borde.
—¿Qué?
—No sé. Un residuo. Oscuro. Pegamento quizá. O barniz. O una sustancia que no debería estar donde está.
Montero maldijo en voz baja.
Mora se sentó de nuevo, ya descalza, pero no parecía aliviada. Parecía más sola.
—Me usaron —dijo.
Delacroix la miró. La palabra era prematura, pero probablemente exacta.
—Eso intentaremos averiguar.
—No. Me usaron. No sé quién. No sé cómo. Pero lo sé.
Desde el salón llegó un ruido repentino: una silla arrastrada, voces, un agente dando una orden. Montero salió al pasillo de inmediato. Delacroix lo siguió después de pedir a Sosa que custodiara los zapatos.
En la sala, Violeta Cárdenas estaba de pie.
Uno de los agentes intentaba impedirle subir al altillo.
Ella no forcejeaba, pero se mantenía con una determinación que hacía innecesario el movimiento.
Matilde estaba frente a ella, pálida. Mercedes observaba desde su mesa.
Lisandro se había levantado. Villalba, por supuesto, estaba a medio camino de todos.
—¿Qué ocurre? —preguntó Montero.
El agente respondió:
—Quería subir, comisario.
—¿A qué? —preguntó Delacroix.
Violeta lo miró.
—A guardar lo que es mío.
—¿La caja de Elena?
—Sí.
Delacroix sostuvo su mirada durante un segundo. Luego miró hacia el camerino, donde el zapato de Mora acababa de revelar un orificio imposible de ignorar.
—No —dijo—. Ahora la caja también pertenece al caso.
Violeta no cambió de expresión, pero algo en sus manos se cerró.
—No se atreva.
—Ya me he atrevido a cosas menos necesarias.
—Mi hija no es una prueba.
—Esta noche, madame, todos los muertos lo son.
La frase la golpeó. Por primera vez, Violeta pareció a punto de perder el control, no con un grito sino con una quietud más dura, casi mineral. Matilde dio un paso hacia ella, quizá para contenerla, quizá para pedirle perdón por adelantado. Delacroix no apartó los ojos de la vestuarista.
El público entero los miraba.
Y en ese instante, Delacroix comprendió con desagradable claridad que la noche había conseguido lo que prometían las notas: todos miraban a una mujer.
Solo que quizá todavía no sabían cuál.