Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 8 — La mujer que todos miraron #4
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Capítulo 8 — La mujer que todos miraron #4

—Si Mora no sabía, entonces la frase la absuelve antes de acusarla. O al menos juega a eso. Quien la escribió no quería solo que todos la miraran. Quería que algunos dudaran de lo que miraban.

—¿Y usted es uno de esos algunos?

Villalba sonrió.

—Yo dudo por oficio.

—Creí que por temperamento.

—Una cosa me llevó a la otra.

Delacroix observó al periodista. Había avidez en él, pero también inteligencia.

Quizá demasiada. Un hombre así podía enviar un ramo, amplificar un rumor, explotar una tragedia o incluso diseñar una escena para obtener la crónica de su vida.

Pero ¿matar a Ramiro? El motivo aún era débil.

A menos que Villalba supiera algo del pasado, algo que quisiera convertir en leyenda.

—¿Por qué tocó esta mañana la fotografía de Elena Cárdenas? —preguntó Delacroix.

La sonrisa del periodista se mantuvo, pero perdió naturalidad.

—Porque la reconocí.

—¿La conoció?

—No personalmente. Conocí su historia.

—¿Y pensó escribir sobre ella?

—Todos hemos pensado escribir sobre Elena alguna vez.

—¿Quiénes son todos?

—Los que sabemos que Buenos Aires prefiere una bailarina destruida a una viva. Las vivas exigen contratos. Las destruidas exigen metáforas.

—Responde como si quisiera que lo recuerde.

—Respondo como si quisiera que no me confunda con un camarero asustado.

—Créame, monsieur Villalba, lo estoy confundiendo con algo mucho más peligroso.

El periodista pareció complacido. Delacroix lo dejó antes de darle más alimento.

Al volver hacia Montero, vio que Matilde Alzaga se había sentado por fin.

No en su mesa habitual, sino en una silla junto a la pared de fotografías.

Tenía los ojos fijos en la imagen de Elena.

La copia grande seguía allí, con Ramiro joven en el centro y la muchacha de zapatos blancos a su lado.

Delacroix se acercó. Matilde no apartó la mirada.

—Nunca debí permitir que esa fotografía siguiera colgada —dijo ella.

—¿Por qué lo hizo?

—Porque quitarla habría sido admitir algo.

—¿Qué?

—Que todos sabíamos que no era solo una fotografía.

Delacroix se sentó a su lado. No demasiado cerca.

—Cuénteme qué ocurrió después de la caída de Elena.

Matilde dejó escapar una risa sin humor.

—Ramiro bailó esa misma noche.

La frase bastó para explicar más que muchas páginas. Delacroix esperó.

—No la pieza prevista —continuó Matilde—. Otra. Con otra muchacha. Dijo que el público no tenía la culpa de un accidente. Dijo que Elena querría que la función siguiera. Dijo muchas cosas admirables. Siempre encontraba frases nobles cuando la nobleza le costaba a otro.

—¿Violeta estaba allí?

—Sí.

—¿Lo vio bailar?

—Desde el pasillo. Con los zapatos blancos de Elena en la mano.

Delacroix miró la fotografía. La muchacha sonreía con esa confianza antigua que vuelve cruel cualquier futuro conocido por quien mira.

—¿Por qué no me lo dijo antes?

Matilde cerró los ojos.

—Porque hay vergüenzas que una conserva tanto tiempo que terminan pareciendo propiedades.

—Eso no las vuelve menos útiles para un asesino.

—No me hable como si yo hubiera matado a Ramiro.

—No lo hago.

—Me habla como si hubiera ayudado a que alguien quisiera hacerlo.

Delacroix no respondió. Matilde abrió los ojos. Había en ellos una humedad que no llegaba a lágrima, quizá por orgullo, quizá por falta de práctica.

—Tenía un teatro que salvar —dijo—. Una casa. Empleados. Músicos. Deudas. Una función vendida. Elena cayó. El médico dijo accidente. Ramiro dijo imprudencia. Violeta no tenía pruebas. ¿Qué quería que hiciera?

—No lo sé.

—Eso es lo peor de usted. No me absuelve ni me condena.

—No tengo autoridad para absolverla.

—Pero sí para mirar como si la condena ya estuviera escrita.

Delacroix aceptó el reproche sin defenderse.

Matilde no era la asesina por haber callado años atrás.

Pero el silencio de los decentes suele ser el terreno más fértil para la paciencia de los ofendidos.

El crimen de esa noche, si se confirmaba como tal, no había nacido solo de una mano.

Había nacido de una casa entera que había decidido seguir abriendo al día siguiente.

Un agente se acercó a Montero y le susurró algo. El comisario miró hacia el pasillo y luego llamó a Delacroix con un gesto. El detective se levantó. Montero lo esperó junto a la entrada del camerino.

—Tenemos un problema —dijo.

—Solo uno sería una mejora.

—Mora quiere quitarse los zapatos. Dice que no puede más.

Delacroix miró hacia el interior. Mora estaba de pie, pálida, con una mano apoyada en la pared. El zapato derecho, todavía puesto, parecía haberse convertido en un tormento físico, aunque tal vez el tormento estaba en llevar una acusación adherida al pie.

—No puede quitárselos todavía —dijo.

—Lo sé. Pero si la mantenemos así mucho más, va a arrancárselos delante del agente.

Delacroix entró. Mora respiraba con dificultad. No era histeria. Era algo más peligroso: control al borde de volverse inútil.

—Señorita Ledesma.

—Sáquemelo usted entonces.

—Aún no.

—Está muerto. Todos creen que lo maté. Tengo los pies ardiendo y cada vez que miro hacia abajo veo el momento en que lo toqué. ¿Qué más necesita de mí?

Delacroix no contestó de inmediato. Se acercó a una distancia prudente y miró el zapato. Si había un mecanismo oculto, podía perderse al quitarlo mal. Si no lo había, estaban torturando a una inocente por una prudencia abstracta. El equilibrio era repugnante.

—Doctor Sosa debe estar presente —dijo.

—Que venga.

—Y Violeta no debe tocarlo.

Mora lo miró.

—¿Cree que ella...?

—Creo que demasiadas manos han sido útiles en este caso.

La bailarina tragó saliva. Luego asintió, derrotada por algo que no era obediencia sino cansancio.

Montero fue a buscar al médico. Delacroix permaneció en el camerino con ella y el agente.

No hablaron durante unos segundos. Desde el salón llegaban voces más bajas, el rumor de una multitud contenida contra su voluntad, el roce de sillas, la tos de alguien, una frase aislada de Villalba que Montero cortó con una amenaza inaudible pero eficaz.

—Ramiro me dijo una vez que el público perdona cualquier cosa si uno cae con elegancia —dijo Mora de pronto.

—Se equivocaba.