Capítulo 8 — La mujer que todos miraron #3
—Pero no me gusta esa punción. No me gusta la rapidez. No me gusta que la muerte haya tenido mejor sentido dramático que la naturaleza.
—La naturaleza también es cruel —dijo Montero.
—Sí, pero rara vez escribe notas anónimas.
Delacroix miró al público. Montero había pedido a cada mesa que no hablara entre sí antes de declarar, una orden tan necesaria como imposible.
Aun así, había logrado contener la contaminación mayor.
Algunos invitados insistían en que habían visto el zapato de Mora “clavarse” en la pierna de Ramiro.
Cuando se les preguntaba qué querían decir con clavarse, la seguridad disminuía.
Uno decía que había sido un roce fuerte.
Otro, un gesto brusco. Una mujer afirmaba haber visto a Ramiro estremecerse justo después, aunque Delacroix estaba casi seguro de que el estremecimiento había llegado más tarde.
La escena ya se estaba reescribiendo a favor de la acusación más sencilla.
Mercedes Acuña pidió hablar con él antes de ser interrogada formalmente.
Montero se negó, pero Delacroix aceptó escucharla en presencia del comisario.
La mujer se levantó con dificultad. No por debilidad, sino porque parecía haber envejecido varios años desde el final de la pieza.
Aun así, conservaba la espalda recta y el mentón alto.
Se acercó al borde del escenario sin mirar el cuerpo de su hermano.
—Mora lo mató —dijo.
—Qué rápido trabaja el duelo en su familia —respondió Delacroix.
Mercedes lo miró con una furia fría.
—No se atreva.
—Entonces no me entregue conclusiones como si fueran cadáveres certificados.
Montero intervino antes de que ella pudiera responder.
—Señora Acuña, diga lo que vio.
—Vi lo que todos vieron.
—Eso nunca ocurre —dijo Delacroix.
Mercedes respiró hondo. Le costaba obedecer el procedimiento porque el procedimiento la reducía a testigo cuando ella necesitaba ser hermana, administradora y acusadora al mismo tiempo.
—Vi a Mora rozarle la pierna con el zapato. Después Ramiro empezó a fallar. Ella lo sostuvo. Él cayó. ¿Qué más necesitan?
—El vínculo entre una cosa y otra —dijo Delacroix.
—El vínculo está muerto sobre el escenario.
—Eso es una frase, no una prueba.
Mercedes apretó los labios. Sus ojos brillaban, pero no lloró. Delacroix sospechó que para ella llorar habría sido concederle a Ramiro una victoria póstuma: obligarla a desordenarse en público.
—Mora lo odiaba —dijo.
—Usted también.
—Yo era su hermana.
—Una condición que rara vez impide el odio.
Montero carraspeó con incomodidad. Mercedes no apartó la vista de Delacroix.
—Yo necesitaba a Ramiro vivo.
—Eso es más preciso.
—Es la verdad. Vivo era difícil, pero útil.
Muerto es una ruina. Para mí, para su nombre, para nuestros contratos.
El Teatro Esmeralda retirará la oferta antes del entierro.
Matilde perderá su estrella. Mora se convertirá en leyenda o en asesina.
Lisandro querrá ocupar un lugar que ya no vale lo mismo.
Todos perderemos algo. Salvo quien lo mató por una razón más vieja que el dinero.
—¿Violeta?
Mercedes miró hacia el pasillo, donde la vestuarista seguía sentada bajo vigilancia.
—Violeta lleva años esperando que el mundo admita que Ramiro debía pagar por Elena. Quizá se cansó de esperar.
—¿Y por qué culpar a Mora?
—Porque Violeta la quiere.
La frase sorprendió a Montero. A Delacroix, menos. Había visto algo parecido entre ambas.
—Explíquese —dijo el comisario.
Mercedes bajó la voz.
—Violeta mira a Mora como habría mirado a Elena si Elena hubiera sobrevivido al escenario. Le arregla los vestidos con una paciencia que no tiene para nadie. Le soporta el orgullo, los silencios, las quejas. Si quisiera castigar a Ramiro, no usaría a Mora. No de esa manera.
—Entonces su acusación se contradice.
—No. Mora pudo hacerlo sola.
—Hace un instante hablaba de Violeta.
—Hablo de cualquiera que no sea yo.
Aquella confesión de egoísmo, involuntaria o no, fue más honesta que sus certezas anteriores.
Delacroix la observó con atención. Mercedes estaba desesperada por alejar el crimen de sus manos, pero no necesariamente porque estuviera culpable.
En familias como la suya, la muerte de un hermano podía convertirse al instante en un asunto de deudas, reputación, futuro y supervivencia.
El dolor quedaba obligado a esperar turno detrás de la contabilidad.
—¿Ramiro tenía enemigos fuera de esta casa? —preguntó.
Mercedes soltó una risa amarga.
—Ramiro tenía admiradores. Es peor. Los enemigos se cansan. Los admiradores ofendidos no.
—Nombres.
—Mañana se los daré.
—Esta noche.
La mujer lo miró con agotamiento.
—Esta noche mi hermano acaba de morir delante de mí.
—Y delante de todos los sospechosos. Comprenderá la urgencia.
Mercedes cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, había recuperado algo de su eficacia.
—Un empresario del Esmeralda, Darío Ezcurra, quería firmarlo sin mí.
Ramiro lo consideraba tentador porque lo halagaba.
Una bailarina joven, Lucía Ferreyra, esperaba reemplazar a Mora.
No vino esta noche, que yo sepa. Dos acreedores habrían preferido romperle las piernas antes que verlo irse sin pagar.
Y media docena de mujeres podrían haberle enviado flores fúnebres por razones que no pienso enumerar en un salón lleno de chismosos.
—Lo hará después.
—Lo haré si el comisario me obliga.
—La obligaré —dijo Montero.
Mercedes inclinó la cabeza, vencida por el procedimiento. Luego miró hacia el cuerpo cubierto.
—Era un monstruo —dijo, tan bajo que casi no fue una declaración—. Pero era mi monstruo.
Por primera vez, Delacroix sintió algo cercano a la compasión por ella. No la suficiente para confiar, desde luego. La compasión era una mala investigadora.
Cuando Mercedes volvió a su asiento, Montero permitió que Sosa preparara el traslado del cuerpo a una habitación trasera antes de llevarlo para un examen más formal.
Matilde protestó al principio; no quería que Ramiro atravesara el salón como una pieza de utilería retirada después de una función fallida.
Pero no había otra manera. Dos hombres llevaron una camilla improvisada.
El público se levantó casi al mismo tiempo, no por respeto sino por deseo de ver.
Montero tuvo que ordenarles que se sentaran.
La tela cubrió el rostro de Ramiro. Al pasar junto al piano, Anselmo bajó la cabeza.
Mercedes no. Matilde se llevó un cigarrillo a la boca y descubrió que lo tenía apagado desde hacía varios minutos.
Violeta miró la camilla solo cuando el cuerpo pasó frente a ella.
No hizo ningún gesto. Mora, desde el camerino, no pudo verlo, pero quizá oyó el movimiento, porque Delacroix escuchó que la silla crujía bajo ella.
El escenario quedó vacío.
Y, de algún modo, eso fue peor. Mientras el cuerpo había estado allí, la muerte ocupaba un lugar. Al retirarlo, el salón entero se convirtió en escena del crimen.
Delacroix pidió que nadie pisara el centro de la tarima.
Montero obedeció y añadió una amenaza suficientemente concreta para que los curiosos se contuvieran.
El detective volvió al punto del roce. Reconstruyó mentalmente la posición de Mora, la pierna derecha de Ramiro, el giro, el contacto, la caída posterior.
El fragmento de hilo negro ya estaba guardado.
La marca en la madera seguía allí. Se inclinó para verla mejor.
No era una incisión ni una señal de arrastre importante.
Solo un trazo oscuro, quizá del tacón, quizá de la suela.
Lo interesante no era la marca en sí, sino su ubicación: coincidía con el punto donde Mora había retirado el pie después del roce.
Si algo se había desprendido del zapato, pudo caer allí o un poco más allá.
Pero no había aguja. No había punta. No había objeto metálico visible.
—Si hubo algo en el zapato —dijo Montero, que se había agachado junto a él—, ya no está.
—O no debía quedarse.
—¿Quiere decir que se desprendió en la pierna?
—Eso dejaría algo en la herida, quizá. Sosa lo verá.
—¿O alguien lo retiró?
Delacroix miró hacia el pasillo. Mora no se había quitado los zapatos.
Violeta había sido vista lavándose las manos, no tocando el zapato.
Ramiro había caído en público. Nadie, en apariencia, había tenido tiempo de retirar una aguja sin ser visto.
En apariencia. Esa expresión, en un caso como aquel, era poco más que una invitación al ridículo.
—Durante el caos —dijo—, todos miraron a Mora, al cuerpo o a Mercedes intentando subir. El mejor momento para retirar algo no es cuando nadie mira. Es cuando todos creen mirar lo importante.
—¿Usted vio a alguien acercarse?
—No.
—Eso me habría gustado más si no lo dijera usted.
Delacroix aceptó la crítica. Él también se la hacía. Había observado a Violeta, a Mora, al público, al cuerpo, a la herida. No podía estar seguro de haber visto todo. Nadie podía. Precisamente por eso el crimen era bueno.
Villalba, retenido en su mesa, no soportó más el silencio y llamó a Delacroix con una cortesía insoportable. El detective dudó, pero se acercó. El periodista tenía sus papeles apilados bajo una mano, como si temiera que Montero se los confiscara otra vez.
—Monsieur, antes de que me reduzcan al papel de mueble pensante, permítame una observación.
—Solo si promete que no será literaria.
—No puedo prometer milagros.
—Entonces sea breve.
Villalba se inclinó hacia él.
—Todos miran a Mora porque la nota hablaba de una mujer. Pero la frase decía que una mujer podía bailar con un muerto sin saberlo. Sin saberlo, monsieur. ¿No le parece una formulación curiosa si el objetivo era acusarla?
Delacroix no mostró reacción. La observación era correcta. Le molestó que Villalba la hiciera, pero el orgullo no debía impedir la gratitud hacia una idea útil, aunque viniera envuelta en vanidad.
—Continúe.