Capítulo 8 — La mujer que todos miraron #2
—Sin que usted se los quite.
—¿También me van a desnudar los pies como si fueran sospechosos?
—Sus pies no. Los zapatos quizá.
Mora sostuvo su mirada. Luego levantó apenas el pie derecho, con una lentitud cargada de desprecio y miedo.
Delacroix no tocó todavía. Se arrodilló junto a ella, pero no demasiado cerca.
Montero se inclinó. El agente de la puerta miraba con incomodidad, consciente de estar presenciando algo que no sabía clasificar.
El zapato derecho tenía la hebilla en el lateral exterior, el cuero tenso sobre el empeine, una costura reforzada junto a la tira.
No había sangre visible. Tampoco tendría por qué haberla si la herida de Ramiro era tan pequeña como parecía.
Delacroix examinó el borde de la hebilla, la unión con la tira, el hilo.
Había una zona ligeramente más oscura en el remate, un punto que podía ser barniz, pegamento o simple sombra.
—¿Puede mover el pie hacia afuera? —preguntó.
Mora obedeció. El gesto hizo que la hebilla captara la luz de la lámpara. Delacroix acercó la cara lo justo. Nada sobresalía. Nada pinchaba. Si había habido una aguja o una pieza punzante, ya no estaba allí, o estaba tan bien escondida que no se revelaría sin desmontar el zapato.
—No veo nada —dijo Montero.
—Eso es lo primero que un buen asesino espera de nosotros.
—¿Y lo segundo?
—Que nos sintamos aliviados.
Mora bajó el pie.
—Entonces no hay nada.
—No he dicho eso.
—Nunca dice lo que necesito.
Delacroix se levantó. La frase lo alcanzó con más fuerza de la esperada.
Era cierto, al menos desde el punto de vista de ella.
Mora necesitaba una absolución inmediata, una explicación que la separara de la imagen pública que acababa de nacer.
Él no podía dársela. Su oficio rara vez ofrecía consuelo a tiempo.
A veces, cuando llegaba a la verdad, los vivos ya habían empezado a pagar por la mentira.
—¿Quién tocó sus zapatos desde esta mañana? —preguntó Montero.
—Yo. Violeta. Monsieur Delacroix. No sé si alguien más.
—Piense.
—Estoy pensando.
—Piense mejor.
Mora levantó la vista con ira.
—¿Quiere una lista larga para sentirse útil?
Ramiro lo tocó en este mismo camerino, antes de la función.
Violeta lo ajustó. Yo me lo calcé. Antes de eso estuvo en mi bolsa.
La bolsa estuvo sobre la silla, sobre la mesa, en el camerino, junto a mis cosas.
En este lugar todo el mundo puede entrar donde no debe si parece lo bastante ocupado.
—¿Ramiro tocó el zapato derecho? —preguntó Delacroix.
—Sí. Lo levantó para burlarse.
—¿Cuánto tiempo lo tuvo?
—Unos segundos. Frente a todos ustedes.
—Frente a mí, sí. No frente a todos.
Mora frunció el ceño.
—¿Cree que él mismo...?
—No creo nada todavía.
—Ramiro no se habría matado por accidente. Era vanidoso, no estúpido.
—La vanidad ha matado a muchos hombres inteligentes.
—No así.
La seguridad de la respuesta le interesó.
Mora conocía a Ramiro lo bastante para negar ciertas posibilidades incluso odiándolo.
Delacroix no descartó del todo la hipótesis de una manipulación hecha por la propia víctima, un truco teatral salido mal, una amenaza fabricada para aumentar su leyenda.
Pero la marca en la pierna, el nombre de Elena, la caja de Violeta y la elección del zapato derecho apuntaban hacia una voluntad más paciente.
Montero cerró la libreta.
—Señorita Ledesma, por ahora permanecerá aquí. No está arrestada formalmente, pero tampoco puede marcharse. Y no se quitará los zapatos hasta que el doctor o monsieur Delacroix indiquen cómo proceder.
—¿Voy a quedarme con ellos toda la noche?
—Si es necesario.
Mora bajó la vista hacia sus pies.
—Qué apropiado.
Delacroix entendió el comentario. Si todos la habían convertido en culpable por lo que llevaba puesto, obligarla a conservar esos zapatos era también una condena simbólica. Pero no había alternativa. La prueba, si existía, estaba allí, o había estado allí.
Al salir del camerino, Delacroix encontró a Violeta Cárdenas en el pasillo.
Estaba sentada en una silla baja, con la caja de costura sobre las rodillas y un agente a poca distancia.
No parecía detenida. Parecía esperando que alguien terminara de equivocarse.
La luz del pasillo le caía sobre las manos, limpias, enrojecidas por el agua de la palangana. Delacroix se detuvo frente a ella.
—¿Por qué se lavó las manos después de la caída? —preguntó.
Violeta levantó la mirada.
—Porque las tenía sucias.
—¿De qué?
—De trabajo.
—¿Qué trabajo hizo exactamente después de que empezó la pieza final?
—Ninguno.
—Entonces, ¿por qué lavarlas después?
La vestuarista sostuvo la caja con más fuerza. No era miedo; era irritación, tal vez por la insistencia, tal vez porque la pregunta tocaba una intimidad que ella consideraba más suya que el crimen.
—Porque había tocado las flores.
Delacroix recordó el ramo arrojado al cubo de agua. Violeta había estado cerca, pero no la había visto tocarlo. Eso no significaba que no lo hubiera hecho.
—¿Cuándo?
—Después de que Mora las tiró. Las saqué del cubo para que no mancharan el suelo. Algunos tallos tenían tinta o suciedad. Me ensucié los dedos.
—¿Alguien la vio?
—La gente no me ve cuando limpio lo que otros tiran.
La respuesta era buena, y por eso mismo inútil como defensa. Violeta era la clase de persona cuyas coartadas siempre parecían incompletas porque su trabajo consistía en moverse por los intersticios de la atención ajena.
—Necesito saber dónde estuvo durante la pieza final —dijo Delacroix.
—En el pasillo. Ya me vio.
—La vi al principio. Después, durante algunos segundos, no.
—Entonces parpadeó.
—Lo hago menos de lo recomendable.
Violeta lo miró con una sombra de cansancio.
—Estuve junto a la cortina. Luego fui al pasillo porque uno de los broches del vestido de Mora me preocupaba. Después volví. No toqué a Ramiro. No toqué a Mora. No toqué sus zapatos durante el baile, si esa es la pregunta que realmente quiere hacer.
—No podría haberlo hecho.
—Entonces pregunta para escucharme decirlo.
—A veces las personas oyen su propia mentira antes que yo.
—¿Y qué oyó?
Delacroix no respondió de inmediato. Violeta no parecía haber mentido, pero la verdad completa rara vez suena completa.
Detrás de ella, en el salón, se escuchaban voces cada vez más tensas.
Montero estaba empezando a interrogar por mesas.
El público retenido se volvía inquieto. El humo, al no circular con la misma naturalidad de la función, se había vuelto más denso, más bajo, como una niebla interior que ensuciaba las lámparas.
—Oí que usted ya sabía que todos mirarían a Mora —dijo Delacroix.
Violeta parpadeó una sola vez.
—Todos siempre miran a la mujer que sostiene al hombre cuando el hombre cae.
—También dijo que algunos muertos han estado aquí más tiempo que Ramiro.
—Eso no era una amenaza. Era una verdad.
—Las verdades pueden afilarse.
—Pregúntele a Ramiro.
—Ramiro ya no responde.
—Entonces, por una vez, el salón descansará.
La frase fue cruel, de nuevo. Pero la crueldad verbal, como el odio de Mora, era demasiado visible.
Delacroix se preguntó si Violeta no estaría haciendo exactamente lo que su dolor le permitía: parecer culpable por despreciar al muerto, mientras el mecanismo real permanecía en otra parte.
O quizá esa misma apariencia era la protección perfecta, porque nadie esperaba que alguien tan vigilado por su propio resentimiento pudiera cometer un crimen tan delicado.
—¿Dónde está la caja de los zapatos blancos? —preguntó.
Violeta no se movió.
—Arriba.
—¿Alguien la tocó esta noche?
—Yo.
—¿Alguien más?
—No.
—¿Está segura?
—La caja de mi hija no es un perchero del salón, monsieur. La gente no la toca.
—La gente toca muchas cosas cuando cree que nadie debería.
Violeta bajó los ojos hacia sus manos.
—Si quiere subir a revisarla, suba. Si espera encontrar allí a Ramiro muerto por anticipado, le advierto que llegó tarde. Hace años que está allí.
Delacroix la dejó con el agente y volvió al salón.
Montero había organizado los primeros testimonios con rapidez.
Había separado a los músicos, había sentado a Mercedes lejos de Matilde, había ordenado que Villalba entregara sus notas de la noche y había provocado en el periodista una herida narcisista que probablemente tardaría más en cerrar que el caso.
El doctor Sosa seguía junto al cuerpo, ahora con más lámparas alrededor, examinando con cuidado la pequeña marca en la pierna.
Ramiro yacía con una dignidad prestada por la tela que lo cubría; muerto, parecía menos ofensivo, lo cual quizá era la última injusticia que cometía con los vivos.
Delacroix se acercó al médico.
—¿Algo nuevo?
Sosa no levantó la cabeza.
—La marca es reciente. Muy pequeña. Compatible con una punción fina, aunque no puedo afirmarlo aquí. No hay desgarro de la tela visible a simple vista. Eso me molesta.
—A mí también.
—Si una aguja atravesó el pantalón, tendría que haber dejado algo.
—Quizá pasó por debajo del borde.
Sosa miró la posición de la herida.
—En un roce de zapato, sí. Si el pie subió lo suficiente, la hebilla o alguna pieza lateral pudo tocar donde la tela se mueve o se separa. Pero tendría que ser una punta muy fina.
—¿Veneno?
—Posible. No demostrable todavía. Por la rapidez, si fue veneno, tendría que ser una sustancia potente o introducida en un punto favorable. Pero no me pida nombres con medio salón escuchando y el muerto todavía caliente.
—No se los pido.
—Me los está pidiendo con la cara.
Delacroix aceptó la reprimenda. Sosa podía ser irritante, pero era cuidadoso.
Eso valía más que una erudición teatral sobre venenos.
El médico cubrió de nuevo la pierna y se lavó las manos en una palangana que un camarero había llevado al escenario con expresión de estar colaborando en un sacrilegio.
—¿Ataque cardíaco? —preguntó Montero, que había llegado junto a ellos.
—No lo descarto.
—¿Pero?