Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 8 — La mujer que todos miraron
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Capítulo 8 — La mujer que todos miraron

Durante los primeros minutos después de una muerte pública, la verdad suele quedar en peores manos que el cadáver.

El cadáver, al menos, ya no se mueve, no improvisa, no se contradice ni intenta acomodar sus recuerdos al miedo, la vergüenza o la conveniencia.

Los vivos, en cambio, empiezan a trabajar de inmediato.

No siempre con mala intención. A veces lo hacen por puro instinto, para protegerse del desorden.

Una mujer que no está segura de haber visto algo decide que lo vio.

Un hombre que se distrajo justo antes del momento crucial reconstruye su ausencia con seguridad retrospectiva.

Otro repite la frase que escuchó a su vecino y, al cabo de tres minutos, la considera memoria propia.

Delacroix lo sabía bien. Por eso, mientras el salón de El Último Farol se llenaba de voces, protestas, sollozos y acusaciones susurradas con la energía de un descubrimiento, su primera preocupación no fue escuchar lo que decían, sino impedir que todos siguieran inventándolo juntos.

El comisario Horacio Montero comprendió el problema con rapidez.

No era un hombre refinado en sus métodos, pero tenía esa inteligencia práctica de los policías que han visto demasiadas multitudes convencidas de ayudar.

Ordenó cerrar la puerta principal, apostó un agente junto al patio, otro al pie de la escalera del altillo y separó al público por mesas antes de que la sala se convirtiera en una sola versión compartida.

Aquello provocó quejas inmediatas. Un concejal invocó su cargo con una indignación más temerosa que autoritaria; una señora mayor afirmó que su corazón no toleraba semejante encierro, aunque acababa de pedir otra copa con admirable firmeza; un empresario dijo que tenía una cita inaplazable y Villalba, naturalmente, declaró que retener a la prensa era una forma primitiva de admitir culpa institucional.

Montero los escuchó a todos con la paciencia de un hombre que ya había decidido no conceder nada.

—Nadie sale hasta que yo lo diga —repitió.

—Comisario, esto es inadmisible —protestó el concejal.

—Lo inadmisible está tapado con una tela sobre el escenario. Lo suyo es una incomodidad.

Aquella respuesta, seca y visible, tuvo el efecto de un portazo.

El público dejó de discutir con tanta energía y empezó a murmurar con peor intención.

Delacroix, desde el borde del escenario, observaba la distribución de los cuerpos: quién buscaba alejarse, quién quería acercarse, quién miraba al muerto, quién miraba a Mora, quién miraba a la puerta, quién miraba a los demás para saber qué expresión debía adoptar.

El salón entero era ahora un segundo escenario, menos hermoso y bastante más revelador.

Mercedes Acuña se mantenía sentada cerca del piano, rígida, con la espalda muy recta y las manos cruzadas sobre el regazo.

Había pedido acercarse otra vez a su hermano, pero Montero se lo había negado con una cortesía que no admitía negociación.

Lisandro Varela permanecía junto a la columna, pálido, como si alguien hubiese apagado de golpe la ambición que lo había sostenido durante toda la tarde.

Anselmo Quiroga seguía en su silla, el bandoneón cerrado contra el pecho, más viejo ahora que antes de empezar la pieza.

Matilde Alzaga no se sentaba ni caminaba; se mantenía de pie junto a una mesa, con un cigarrillo consumiéndose entre los dedos sin que pareciera recordar que lo sostenía.

Violeta Cárdenas había regresado del pasillo y estaba bajo vigilancia discreta de uno de los agentes.

No protestaba. No preguntaba. No lloraba.

Esa ausencia de gestos ya empezaba a convertirse, para algunos, en una forma de culpa.

Mora Ledesma estaba en el camerino de mujeres, con la puerta abierta y un agente al lado.

Delacroix había insistido en que la puerta permaneciera abierta no para humillarla, sino para que nadie pudiera acusarla después de haber tocado algo, ocultado algo o arrancado de sus zapatos una prueba que quizá ni ella sabía que llevaba.

La bailarina seguía sentada en la misma silla, con los pies juntos, los zapatos negros puestos y las manos sobre las rodillas.

No lloraba. El llanto, pensó Delacroix, habría sido más útil para ella.

El público habría encontrado allí una emoción que clasificar.

Su quietud, en cambio, resultaba insoportable porque no pedía absolución.

Las personas inocentes que se defienden con dignidad suelen parecer soberbias; las culpables que se derrumban a tiempo suelen recibir más compasión.

Mora, por desgracia, tenía el temperamento menos conveniente para la escena en que alguien acababa de ser asesinado en sus brazos.

Montero entró en el camerino después de dar instrucciones en el salón.

Delacroix lo siguió. La habitación parecía aún más pequeña que antes, quizá porque la muerte había dejado de ser una posibilidad abstracta y ahora ocupaba todos los objetos.

Sobre el tocador estaban las horquillas, los polvos, una flor de tela, un peine, un pañuelo doblado y una copa de agua que nadie había bebido.

En una esquina, la bolsa de tela donde Mora había guardado sus zapatos antes de calzárselos yacía abierta, vacía, como una prueba que todavía no sabía si debía declararse inocente.

El espejo devolvía el rostro de la bailarina con una palidez que no pertenecía al maquillaje.

Mora miraba a los dos hombres desde la silla, pero sus ojos no se detenían en ellos; cada pocos segundos bajaban hacia sus propios pies.

—Señorita Ledesma —dijo Montero—, necesito que responda con claridad.

—No lo maté.

—Eso no fue una respuesta a ninguna pregunta.

—Va a ser la respuesta a todas.

Delacroix se colocó junto al tocador. No quiso sentarse.

Una persona acusada en una silla y tres hombres de pie podía convertir una entrevista en un tribunal antes de tiempo.

Por eso se apoyó apenas contra la mesa, no demasiado cerca, con los brazos sueltos, y dejó que Montero llevara el primer tramo. El comisario sacó su libreta.

—Durante el baile, usted rozó la pierna derecha de Ramiro Acuña con el zapato derecho.

Mora soltó una risa breve, sin alegría.

—Durante el baile hice lo que hago siempre en ese paso. Si quiere arrestar todos los movimientos de una coreografía, necesitará más agentes.

—Conteste.

—Sí. Lo rocé. Como en el ensayo. Como anoche. Como siempre que bailamos esa pieza.

—¿Sintió algo distinto?

Mora abrió la boca para responder de inmediato, pero se detuvo. Delacroix agradeció esa pausa. Las respuestas demasiado rápidas suelen estar preparadas; las pausas, cuando no son cálculo, pueden contener verdad.

—No en el roce —dijo al fin—. Antes sí. Al principio. El zapato estaba rígido. Después dejó de molestar o yo dejé de notarlo. No sé cuál de las dos cosas.

—¿Sintió que se enganchara en el pantalón de Acuña?

—No.

—¿Un pinchazo? ¿Una resistencia?

—No.

—¿Vio que él reaccionara justo después?

Mora cerró los ojos, no para recordar mejor sino para no ver el cuarto.

—No justo después. Siguió bailando. Incluso mejor. Siempre hacía eso cuando creía que alguien dudaba de él. Bailaba mejor para castigar al mundo por haberlo preocupado.

—¿Cuándo notó que algo iba mal?

—En el giro posterior. El brazo llegó tarde. Ramiro nunca llegaba tarde. Podía ser cruel, podía estar borracho, podía estar furioso, pero el cuerpo le obedecía. Esa vez no. Primero pensé que estaba actuando. Después me miró.

—¿Cómo?

Mora abrió los ojos.

—Como alguien que no entiende por qué nadie lo ayuda.

La frase tuvo una desnudez inesperada. Montero dejó de escribir durante un instante.

Delacroix vio que Mora apretaba las rodillas con los dedos.

Debía de estar reviviendo el peso del cuerpo de Ramiro contra el suyo, la forma en que la sala tardó en comprender, ese segundo terrible en el que quizás ella misma no supo si estaba sosteniendo a un actor soberbio o a un muerto.

—¿Dijo algo? —preguntó Delacroix.

Mora giró hacia él.

—¿Ramiro?

—Sí.

—No. Intentó. Pero no.

—Usted sí le dijo algo.

La bailarina lo miró con una mezcla de sorpresa y sospecha.

—Le pregunté qué estaba haciendo.

—¿Nada más?

—Le dije que terminara. No porque quisiera que siguiera si estaba mal, sino porque todavía creí que estaba jugando. Ramiro era capaz de convertir una función en una humillación privada y llamar a eso arte.

—¿Le dijo algo antes del roce? Durante el baile.

Mora bajó la mirada. Allí había algo. No necesariamente culpa. Quizá vergüenza. Quizá una frase que no deseaba repetir porque Ramiro, incluso muerto, conservaba poder sobre quien lo había oído.

—Sí.

—¿Qué?

—Me dijo que esa noche me estaba regalando mi último recuerdo decente.

Montero levantó la vista de la libreta.

—¿Su último recuerdo decente?

—Eso dijo.

—¿Y qué quiso decir?

—Que después de esta noche me reemplazaría. Que si el público volvía a aplaudirme alguna vez, sería por nostalgia o por lástima. Ramiro tenía talento para decir cosas imperdonables sin que se le moviera el cuello.

El comisario anotó la frase. Delacroix observó el rostro de Mora. No parecía esconder un impulso homicida; parecía ofendida por la vulgaridad de que una frase así quedara ahora junto al cadáver, como si todo lo que Ramiro había dicho en vida se convirtiera automáticamente en motivo para matarlo.

—¿Eso la enfureció? —preguntó Montero.

—Sí.

—¿Lo suficiente para hacerle daño?

—En ese momento lo habría dejado caer si hubiese sabido que no iba a morir.

La honestidad fue brutal y, paradójicamente, útil.

Montero la miró con severidad. Delacroix no.

Las declaraciones demasiado prudentes construyen culpables más elegantes.

Mora no estaba intentando gustar. Quizá porque no podía, quizá porque no sabía, quizá porque la humillación de defenderse ante lo obvio la irritaba más que la posibilidad de una condena.

—Necesitamos examinar sus zapatos —dijo Delacroix.

—Ya lo sabía.