Capítulo 7 — Antes del último acorde #4
—Ahora creo que alguien quiso que esa pregunta pareciera inevitable.
No esperó su respuesta. Siguió hacia el pasillo del patio. Allí encontró a Violeta de pie junto a una palangana, lavándose las manos.
El gesto era común. Después de manejar telas, flores, polvo, maquillaje, cualquiera podía lavarse las manos. Precisamente por eso era inquietante.
La vestuarista levantó la mirada hacia él.
—¿También eso está prohibido? —preguntó.
Delacroix observó el agua de la palangana. No vio sangre. No esperaba verla. Las manos de Violeta estaban húmedas, limpias, enrojecidas por el roce. Sobre una silla cercana descansaba su caja de costura cerrada.
—Ramiro Acuña está muerto —dijo.
—Lo sé.
—¿No quiso verlo?
—Ya lo vi suficiente vivo.
La respuesta fue cruel. O sincera. O ambas cosas.
Montero apareció detrás de Delacroix, respirando con fuerza por la carrera corta.
—Señora Cárdenas, necesito que vuelva al salón.
—Soy vestuarista, comisario. Si el muerto ya no necesita chaqueta y la bailarina no necesita que la ayude a quitársela, no veo qué utilidad tengo.
—La utilidad la decido yo.
Violeta secó sus manos con un paño. Delacroix miró la caja de costura.
—¿La abrió después de la caída? —preguntó.
—No.
—¿Puedo verla?
—Puede verla. Parece ser la única función que continúa esta noche.
Montero tomó la caja antes de que Delacroix pudiera hacerlo.
La abrió sobre una mesa estrecha del pasillo.
Hilos, tijeras, alfileres, agujas, dedal, tiza, botones, una pequeña lima, pegamento, trozos de cuero, hebillas.
Todo parecía estar en orden. Demasiado en orden quizá, aunque esa impresión podía deberse a que Violeta era una mujer ordenada incluso bajo una acusación implícita.
Delacroix no tocó nada de inmediato. Se inclinó y observó los compartimentos.
El espacio que había notado por la mañana seguía pareciendo vacío, aunque no podía jurar que antes no lo estuviera.
—¿Falta algo? —preguntó.
Violeta se acercó un paso. Miró la caja con calma.
—Faltan muchas cosas en esta casa, monsieur. En la caja, no.
Montero cerró la tapa.
—Volvamos.
Al regresar al salón, el público seguía retenido.
Algunas personas protestaban. Otras lloraban.
Otras contaban en voz baja versiones distintas de lo que habían visto, y cada versión ya tenía más seguridad que el recuerdo original.
Delacroix escuchó fragmentos al pasar: “la pierna”, “el zapato”, “ella lo miró antes”, “él ya venía mal”, “Violeta dijo algo”, “la nota lo decía”.
La verdad empezaba a perder terreno frente al relato.
En el escenario, Ramiro Acuña permanecía cubierto con la tela.
La lámpara cercana iluminaba el borde de su mano, inmóvil, hermosa todavía en su inutilidad.
Mercedes estaba sentada cerca del piano, rígida, custodiada por su propio orgullo.
Matilde hablaba con Sosa en voz baja. Anselmo no se había movido.
Lisandro, junto a la columna, parecía más pálido que antes.
Villalba observaba todo con los ojos de un hombre que ya tenía título para la tragedia.
Delacroix subió otra vez al escenario y se detuvo en el centro, a pocos pasos del lugar donde Ramiro había caído.
Miró hacia el público. Desde allí, comprendió algo esencial: todos habían tenido una vista perfecta de Mora.
Casi nadie había tenido una vista perfecta de la pierna de Ramiro.
El gesto del zapato había sido visible como danza, no como contacto preciso.
El supuesto crimen, para los ojos de la sala, era una imagen completa; para la razón, una serie de ángulos incompletos.
Esa diferencia podía ser la grieta por donde entrar.
Montero se acercó a su lado.
—Tengo que retener a Mora.
—Sí.
—Y a Violeta.
—También.
—¿A quién más?
Delacroix miró a los presentes.
—A todos los que crean haber entendido demasiado pronto.
El comisario soltó una risa amarga.
—Entonces necesito un edificio más grande.
Delacroix bajó la vista hacia el suelo del escenario.
En la madera, cerca de donde el pie de Mora había ejecutado el roce, había una marca leve, reciente quizá, un pequeño trazo oscuro que podía ser del tacón, de una suela, de cualquier cosa.
Más allá, casi junto al sitio donde Ramiro había cedido, brillaba algo mínimo.
Se inclinó. Era un fragmento diminuto de hilo negro, tan breve que cualquiera lo habría confundido con suciedad.
No lo tocó con los dedos. Pidió a Montero un papel. El comisario se lo dio. Delacroix recogió el hilo con cuidado.
—Otro hilo —dijo Montero.
—Sí.
—¿Del zapato?
—Quizá.
—¿Eso es bueno o malo?
Delacroix miró hacia el pasillo donde Mora esperaba con los zapatos puestos, hacia Violeta con las manos recién lavadas, hacia el cuerpo de Ramiro y hacia el público que ya había condenado a la mujer que todos habían visto bailar.
—Es peor —dijo—. Es útil.
Guardó el hilo. El bandoneón de Anselmo, abandonado sobre la silla, dejó escapar un sonido mínimo cuando el viejo movió la pierna. Una nota involuntaria, casi un suspiro.
Esta vez nadie la confundió con música.