Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 7 — Antes del último acorde #3
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Capítulo 7 — Antes del último acorde #3

Solo la confirmación de que el horror, como tantas veces, había elegido una puerta pequeña.

—Doctor —dijo en voz baja.

Sosa miró la marca. Su expresión cambió. No mucho. Lo suficiente.

—Eso puede no ser nada.

—Lo sé.

—También puede ser algo.

—También lo sé.

Montero se inclinó.

—¿Qué encontraron?

Delacroix no respondió enseguida. Miró hacia Mora.

La bailarina seguía de rodillas, aunque ya no tocaba el cuerpo.

Sus ojos se habían fijado en su propio zapato derecho, como si acabara de descubrir que llevaba en el pie un animal desconocido.

La hebilla estaba intacta. O parecía intacta.

El hilo negro estaba en su sitio. El cuero brillaba bajo la luz.

—Señorita Ledesma —dijo Delacroix—, no se quite los zapatos.

Mora levantó la vista lentamente.

—¿Qué?

—No se los quite.

La orden, o el ruego, llegó tarde para evitar la interpretación. Varias personas la oyeron. Mercedes también.

—¡Fue ella! —gritó alguien desde una mesa.

Mora se puso de pie de golpe.

—¡No!

El grito rompió por fin su control. Fue un no limpio, desesperado, desprovisto de orgullo.

Ramiro yacía a sus pies, muerto. El público la miraba.

La nota lo había anunciado. Una mujer podía bailar con un muerto sin saberlo.

Todos la habían visto rozarlo con el zapato.

Todos habían visto la caída. La escena era perfecta. Demasiado perfecta.

Montero subió al escenario por completo y se colocó entre Mora y el público.

—Señorita Ledesma, venga conmigo.

—No lo maté.

—No he dicho que lo haya hecho.

—Todos lo están diciendo.

—Entonces no les dé más frases.

Mora miró a Delacroix. En sus ojos había rabia, miedo y una súplica que ella habría despreciado en cualquier otra circunstancia.

—Usted lo vio.

—Sí —dijo Delacroix—. Vi muchas cosas.

—Entonces diga que no fui yo.

El silencio se volvió afilado.

Delacroix habría querido decírselo. No por compasión, sino porque su inteligencia ya desconfiaba de aquella culpabilidad demasiado servida. Pero aún no podía. La verdad necesitaba más que intuición, y una palabra prematura podía destruir tanto como una acusación falsa.

—Digo que nadie entiende todavía lo que vio —respondió.

Mora pareció recibir la frase como una bofetada.

Tal vez lo era. Montero hizo un gesto a uno de sus hombres para que la acompañara hacia el camerino sin permitir que se cambiara, se quitara los zapatos ni tocara nada.

Ella obedeció con rigidez, casi tambaleándose, pero antes de bajar del escenario se volvió hacia Ramiro.

La mirada duró menos de un segundo. No hubo amor en ella.

Tampoco odio. Solo una especie de incredulidad ofendida, como si incluso muerto hubiera encontrado la forma de arruinarle la vida.

Mercedes logró por fin subir cuando Montero se lo permitió.

Se arrodilló junto a su hermano, pero no lo abrazó.

Le tomó la mano. La sostuvo unos segundos y luego la dejó con cuidado, quizá al comprender que ya no podía administrarlo.

Su rostro no se quebró. Era una mujer demasiado entrenada para derrumbarse delante de testigos.

Pero al levantarse miró a Mora, que desaparecía por el pasillo, y en esa mirada hubo una acusación tan feroz que no necesitó palabras.

—Comisario —dijo—, espero que sepa hacer su trabajo.

—En noches como esta, señora, todo el mundo espera lo mismo y nadie ayuda.

Matilde se acercó al borde del escenario, pero no subió.

Parecía incapaz de pisar la madera donde Ramiro había caído.

Anselmo seguía sentado con el bandoneón entre las manos.

No había cambiado de postura desde la interrupción, salvo por la cabeza, inclinada ahora hacia el instrumento como si escuchara una nota que nadie más oía.

Delacroix se acercó a él durante un instante.

—¿Vio el momento? —preguntó.

El viejo tardó en responder.

—Lo oí.

—¿Qué oyó?

Anselmo miró hacia el cuerpo.

—Que la música llegó antes que él.

Delacroix no entendió por completo. No todavía.

—Necesitaré que me explique eso.

—Cuando pueda odiarme menos por haber seguido tocando.

—¿Por qué siguió?

Anselmo cerró los ojos.

—Porque durante medio segundo creí que era Ramiro siendo Ramiro. Haciendo sufrir al cierre para que todos sufriéramos con él. Después ya no era música. Era caída.

Delacroix aceptó la respuesta. No era una excusa; era una culpa.

Villalba intentó acercarse al escenario y fue detenido por un agente. Desde su lugar, estiró el cuello con una indignidad casi cómica.

—Monsieur Delacroix, ¿una declaración?

Montero giró hacia él.

—Villalba, si escribe una sola palabra antes de que yo se lo permita, haré que su próxima crónica sea sobre la humedad de un calabozo.

—La censura tiene mala sintaxis, comisario.

—Y buena memoria.

Delacroix regresó junto al cuerpo. Sosa había cubierto parcialmente a Ramiro con una tela, aunque dejó libre la pierna para una revisión más detenida. El médico hablaba en voz baja con Montero.

—No puedo determinar causa aquí —decía—.

Necesito examinarlo con calma. No hay sangre, no hay herida evidente salvo ese punto, no hay señales de asfixia clara.

Pudo ser colapso. Pudo ser veneno. Pudo ser una reacción fulminante.

Pudo ser muchas cosas que no conviene anunciar delante de treinta imbéciles con copas.

—¿Y ese punto? —preguntó Montero.

—Puede ser una picadura, un rasguño, una marca vieja.

—¿Y puede ser una punción?

Sosa miró a Delacroix antes de responder.

—Sí.

Montero murmuró una maldición. Delacroix se puso de pie. El humo seguía flotando sobre el escenario, como si la sala no aceptara todavía que la función había terminado. Miró hacia el pasillo por donde se habían llevado a Mora. Miró luego a Violeta. La vestuarista ya no estaba en la sombra.

Había desaparecido.

—¿Dónde está Violeta Cárdenas? —preguntó.

Matilde giró de inmediato.

—Estaba ahí.

—Ya no.

Montero hizo una señal a uno de sus agentes.

—Que nadie salga por el patio.

El agente corrió hacia el pasillo. Delacroix bajó del escenario y lo siguió, pero no con prisa teatral.

La prisa, en una escena así, contagiaba estupidez.

En el camerino de mujeres, Mora estaba sentada en una silla con un agente junto a la puerta.

No lloraba. Tenía los zapatos todavía puestos y las manos apretadas sobre las rodillas. Levantó la vista al verlo.

—¿Ahora sí cree que fui yo? —preguntó.