Capítulo 7 — Antes del último acorde #2
La tela del pantalón no mostraba nada, desde luego.
Un pantalón no confiesa heridas pequeñas.
Ramiro siguió. Un paso más. Otro. La música entró en una zona más baja, más arrastrada.
Anselmo alargó el fuelle y cerró los ojos.
Mora intentó recuperar la estructura. Ramiro la acompañó, aunque ahora su brazo parecía ejercer una presión distinta. No más fuerte. Más incierta.
—Algo no va bien —dijo Montero en voz casi inaudible.
Delacroix no respondió.
Ramiro condujo un giro. Lo terminó. El público, que creyó ver una pausa deliberada, contuvo el aliento.
Mora miró a su compañero a los ojos. Esta vez sí hubo comunicación fuera de la coreografía.
No amor, no odio, no desafío: una pregunta muda, urgente.
Ramiro no respondió. O no pudo. Su rostro conservaba la máscara del intérprete, pero bajo la piel había aparecido un cambio.
Una palidez leve, primero. Después un brillo de sudor en la frente.
Muy poco. Nada que el humo y el calor del salón no pudieran justificar.
Pero Delacroix vio que el bailarín tragaba saliva con dificultad.
La música avanzaba hacia el cierre.
Ramiro intentó sonreír otra vez. La sonrisa salió torcida durante una fracción de segundo y luego se corrigió.
Aquello, más que cualquier tropiezo, alarmó a Delacroix.
Un hombre como Ramiro podía permitirse fallar un paso si lograba convertirlo en estilo; no podía permitirse fallar una sonrisa.
Mora lo sostuvo con más firmeza. Su mano en la espalda de él se desplazó apenas, buscando apoyo.
Ramiro respondió tarde. El público suspiró, creyendo asistir a una tensión dramática magníficamente interpretada.
Delacroix se levantó despacio.
No quería interrumpir la función sin certeza. Pero la certeza, en ocasiones, llegaba tarde por definición. Miró a Montero. El comisario ya estaba de pie.
En el escenario, Ramiro dio un paso hacia adelante, pero el pie no cayó donde debía.
Mora lo corrigió con una habilidad impresionante, casi invisible.
El aplauso habría sido inevitable si la pieza hubiera terminado allí.
No terminó. Anselmo sostuvo el último tramo.
El bandoneón parecía empujar a los cuerpos hacia una conclusión que ninguno de ellos podía abandonar sin romper el hechizo.
Ramiro alzó la cabeza, quizás por orgullo, quizá porque necesitaba aire.
Sus ojos buscaron algo entre el público.
No a Mercedes. No a Matilde. Durante un instante, Delacroix creyó que miraba hacia la sombra del pasillo.
Hacia Violeta.
Pero el gesto fue tan breve que podía haber sido casualidad.
Mora dijo algo entre dientes. Delacroix no oyó la frase.
Ramiro intentó responder y no pudo. La boca se le abrió apenas.
El brazo derecho perdió tensión. Mora lo sintió antes que todos.
Intentó cerrar el abrazo, sostenerlo, llevarlo hacia un final digno o al menos hacia una caída controlada.
Ramiro se resistió, no por fuerza sino por orgullo.
Quiso continuar. Ese fue su último gesto verdaderamente suyo: la negativa a permitir que el cuerpo lo desmintiera en público.
Anselmo atacó la frase final.
Ramiro giró a medias.
Entonces el cuerpo decidió por él.
La rodilla derecha cedió primero. Mora lo sostuvo por instinto.
Durante un segundo imposible, la escena pareció formar parte de la danza: él inclinado hacia ella, ella recibiéndolo, los dos unidos en una figura de abandono tan perfecta que varias personas del público tardaron en comprender.
El bandoneón continuó una nota más, quizá porque Anselmo no había visto todavía, quizá porque la mano del músico obedeció a la costumbre antes que a los ojos.
Luego la música se quebró. No terminó. Se quebró.
Un sonido respirado, incompleto, como si el instrumento hubiera tragado aire y ya no supiera qué hacer con él.
Ramiro Acuña cayó en brazos de Mora Ledesma antes del último acorde.
El silencio que siguió fue más terrible que un grito.
Hubo una fracción de tiempo en la que todos, absolutamente todos, intentaron decidir si debían aplaudir.
Esa indecisión reveló más del público que cualquier confesión.
Las personas habían visto belleza durante tanto rato que no sabían reconocer la muerte cuando adoptaba una postura elegante.
Mora fue la primera en comprenderlo del todo.
—Ramiro —dijo.
No fue un grito. Fue peor. Una palabra desnuda, sin teatro, pronunciada desde un lugar donde el odio ya no servía.
El cuerpo de Ramiro pesaba contra ella. La cabeza se le había inclinado hacia un lado.
Los ojos estaban abiertos, pero sin enfoque.
La boca conservaba una sombra de la sonrisa anterior, deformada ahora en algo casi obsceno.
Mora intentó sostenerlo, pero él resbaló hasta el suelo de madera.
La bailarina cayó de rodillas junto a él.
Un murmullo atravesó el salón. Luego una mujer gritó.
Después todos empezaron a hablar a la vez.
—¡Atrás! —ordenó Montero.
La voz del comisario cortó parte del caos.
No todo. Las mesas se movieron. Una copa cayó y se rompió.
Villalba se levantó tan rápido que tiró su silla.
Mercedes Acuña corrió hacia el escenario, pero uno de los agentes la detuvo antes de que pudiera subir.
Matilde permaneció inmóvil junto al piano, blanca como si la muerte hubiera pasado primero por ella.
Lisandro dio un paso hacia Mora y luego se detuvo, quizá por miedo, quizá porque comprendió que cualquier movimiento lo pondría dentro de la escena.
Violeta seguía en la sombra del pasillo.
No había avanzado. Delacroix la vio antes de subir al escenario.
Esa inmovilidad también era una forma de aparición.
—¡Doctor Sosa! —gritó Montero.
El médico, que estaba en una mesa cerca de la barra, se abrió paso entre sillas y cuerpos.
Delacroix ya había subido al escenario. No tocó a Ramiro de inmediato.
Miró primero. El cuerpo yacía de lado, parcialmente sostenido aún por Mora, que parecía incapaz de soltarlo.
El zapato derecho de ella estaba junto a la pierna del bailarín.
La hebilla brillaba bajo la luz. La pierna derecha de Ramiro quedaba doblada de manera incómoda. Delacroix se arrodilló con cuidado.
—No lo toque más —dijo a Mora.
Ella lo miró sin comprender.
—Yo no hice nada.
—No he dicho que lo haya hecho.
—Yo no hice nada.
La repetición empezó a sonar como una defensa antes de que nadie la acusara. Eso era peligroso. Montero subió al escenario y ordenó a sus agentes que mantuvieran al público lejos. Mercedes forcejeaba abajo, furiosa.
—¡Es mi hermano!
—Y por eso no sube —dijo Montero.
Doctor Sosa llegó junto a Delacroix, dejó el maletín en el suelo y se inclinó sobre Ramiro.
Le tomó el pulso, abrió un párpado, acercó el oído a la boca.
El salón entero pareció contenerse otra vez, aunque el murmullo seguía corriendo por los bordes como una filtración.
Mora permanecía de rodillas, las manos manchadas no de sangre sino de la presión de haber sostenido un cuerpo que ya no se sostenía a sí mismo.
Miraba al médico con una esperanza absurda, casi ofensiva para ella misma.
Un minuto antes odiaba a Ramiro. Ahora necesitaba que respirara para no quedar encerrada en una imagen que todo el mundo ya estaba empezando a interpretar.
Sosa levantó la vista.
No tuvo que decir nada, pero lo dijo.
—Está muerto.
La frase no cayó. Se extendió. Tocó primero a Mora, que retrocedió como si la hubieran empujado.
Tocó a Mercedes, que dejó de luchar contra el agente y se quedó rígida.
Tocó a Matilde, que cerró los ojos. Tocó a Lisandro, que miró al suelo.
Tocó a Villalba, cuya mano buscó instintivamente la pluma antes de recordar que todos podían verlo.
Tocó a Violeta, o quizá no. Delacroix no consiguió advertir en ella ningún cambio visible.
El público empezó a hablar más fuerte. Algunos se levantaron.
Otros querían acercarse. Una señora lloraba de pie junto a su mesa.
Un hombre preguntaba si había sido el corazón.
Otro decía que había visto a Mora clavarle algo.
La frase se propagó con la velocidad de las mentiras útiles.
“Ella le hizo algo.” “Con el zapato.” “Yo lo vi.” “Lo tocó antes de caer.” “Fue durante el paso.” “Lo mató bailando.” En menos de un minuto, el salón había encontrado una explicación y la repetía con alivio.
La incertidumbre es pesada; la culpa ajena la vuelve soportable.
—Silencio —rugió Montero—. Nadie sale.
El efecto fue parcial, pero suficiente para imponer miedo. Los agentes cerraron la puerta principal. Un camarero, pálido, dejó caer una bandeja sin hacer ruido porque las copas ya habían caído antes. Matilde abrió los ojos.
—Horacio...
—Nadie sale —repitió el comisario—. Nadie toca nada. Nadie habla con la prensa.
Villalba levantó la cabeza.
—Comisario, eso último es casi una agresión personal.
—Considérelo un privilegio preventivo.
Delacroix no participó en el intercambio.
Estaba mirando la pierna derecha de Ramiro.
Con cuidado, pidió a Sosa que no moviera el cuerpo aún.
El médico asintió. Delacroix acercó la lámpara más próxima, que Montero le alcanzó sin preguntar.
La tela del pantalón no mostraba desgarros evidentes.
El detective levantó apenas el borde, lo suficiente para ver la piel sobre la pantorrilla.
Allí, entre el vello y la sombra, había una marca diminuta.
Nada espectacular. Un punto rojizo, quizás un rasguño.
Algo que un médico apresurado habría podido atribuir al roce, a una astilla, a cualquier cosa.
Delacroix lo vio y sintió una incomodidad fría en el estómago.
No satisfacción. Jamás satisfacción.