Capítulo 7 — Antes del último acorde
El primer compás no produjo movimiento inmediato.
Ramiro Acuña y Mora Ledesma permanecieron unidos en el centro del escenario con esa quietud exacta que no pertenece al descanso sino a la tensión previa al salto.
El bandoneón de Anselmo Quiroga respiró una vez, luego otra, y la música empezó a desplegarse con lentitud, como si no saliera del instrumento sino de la madera misma del bar, de las fotografías antiguas, del humo suspendido, de los vasos apoyados sobre las mesas, de los nombres que nadie pronunciaba y que, sin embargo, parecían ocupar asiento entre el público.
Delacroix observó el salón sin perder de vista los pies de Mora.
En torno a él, todos miraban la pareja. Algunos con admiración, otros con nostalgia, otros con esa forma de envidia que se permite cuando la belleza parece suceder lejos de la vida cotidiana.
Nadie hablaba. Incluso los cigarrillos parecían consumirse con una discreción nueva.
Ramiro condujo el primer desplazamiento con una seguridad serena.
Su rostro había cambiado al empezar la música.
Ya no era el hombre de las frases crueles, de las sonrisas calculadas, de la vanidad ofensiva; o, mejor dicho, todo eso seguía allí, pero transformado en una especie de autoridad física.
En el escenario, Ramiro no pedía permiso para existir.
Existía de tal modo que durante unos minutos el mundo debía reorganizarse alrededor de su cuerpo.
Delacroix, a pesar de lo poco que le agradaba el hombre, comprendió por qué tantos lo habían tolerado durante tanto tiempo.
El talento no absuelve nada, pero a veces explica la paciencia de los demás con una precisión desagradable.
Mora, en cambio, no parecía brillar. Esa fue la primera impresión, y era falsa.
No brillaba porque no necesitaba hacerlo.
Si Ramiro convocaba la mirada, Mora la sostenía.
Si él dibujaba el gesto visible, ella corregía el equilibrio invisible que permitía que ese gesto no se desplomara en ridículo.
Delacroix no sabía de tango, pero sabía leer las relaciones de fuerza.
En aquel abrazo no había sumisión. Había una guerra educada por años de oficio.
Ramiro proponía, Mora resistía; Ramiro alargaba, Mora contenía; Ramiro parecía dominar, Mora evitaba que la dominación se convirtiera en torpeza.
El público veía pasión. Delacroix veía negociación.
Y, debajo de ella, una costumbre tan antigua que ya podía confundirse con destino.
La música avanzó. Anselmo, sentado con el bandoneón sobre las rodillas, mantenía los ojos bajos, aunque Delacroix dudaba que necesitara mirar para saber dónde estaba cada cuerpo.
Los otros músicos lo seguían con respeto, casi con miedo.
El viejo no tocaba para adornar a los bailarines; los obligaba a entrar en una memoria que tal vez ninguno de ellos controlaba por completo.
Cada pausa abría un espacio de expectativa, cada arrastre dejaba una sombra, cada nota más larga parecía decir que la noche todavía no había decidido a quién perdonar.
La pieza, La que no perdona, hacía honor a su nombre sin necesitar dramatismos evidentes.
No era una música triste. Era algo más duro: una música que parecía haber renunciado a pedir explicaciones.
Delacroix miró a Matilde Alzaga. La dueña de El Último Farol estaba de pie cerca del piano, con un cigarrillo apagado entre los dedos.
No fumaba. Eso la volvía más inquietante que cuando lo hacía.
Sus ojos seguían a Ramiro y Mora con una mezcla de orgullo, temor y culpa, como si el escenario le perteneciera y al mismo tiempo la acusara.
Mercedes Acuña, sentada en una mesa lateral, observaba a su hermano con los dedos entrelazados sobre la libreta cerrada.
No parecía emocionada; parecía calcular el riesgo de cada segundo.
Lisandro Varela estaba junto a la columna, inmóvil, con el rostro tenso de quien mira una puerta cerrada desde el lado equivocado.
Tomás Villalba tenía el cuerpo inclinado hacia adelante, la pluma quieta en la mano, demasiado inteligente para escribir mientras ocurría algo que aún no sabía nombrar.
Violeta Cárdenas permanecía en la sombra del pasillo, con los brazos cruzados y el rostro vuelto hacia el escenario. No miraba a Mora. Miraba a Ramiro.
El primer giro amplio arrancó un murmullo contenido del público.
Ramiro sostuvo a Mora apenas más de lo necesario, la hizo retroceder con una suavidad cargada de dominio y luego la recuperó en un movimiento que, para cualquiera sentado en las mesas, debió parecer una forma de ternura.
Mora no sonrió. Su pie derecho tocó el suelo con precisión.
Delacroix escuchó el golpe del tacón, luego el del izquierdo, luego otra vez el derecho.
Si había una diferencia, era tan sutil que quizá solo existía porque él la esperaba.
Se obligó a no convertir la sospecha en prueba.
Esa era una de las trampas más vulgares de la inteligencia: empezar a ver confirmaciones en todos los sitios donde antes solo había objetos.
Ramiro inclinó la cabeza hacia Mora y le murmuró algo.
Nadie oyó la frase. Delacroix vio la reacción de ella: ninguna.
O ninguna visible. El cuerpo siguió en la música, pero la mandíbula se tensó apenas, y la mano que descansaba en el hombro de Ramiro presionó una fracción más.
Él sonrió. Lo hizo de un modo casi imperceptible, una sonrisa privada, cruel, escondida dentro del gesto público.
Había hombres que no podían evitar humillar incluso en mitad de la belleza.
Tal vez, pensó Delacroix, para ellos la belleza solo tenía sentido si alguien más pagaba su precio.
La pareja se desplazó hacia el borde izquierdo del escenario.
El público siguió el movimiento con la respiración contenida.
El humo de los cigarrillos, iluminado por las lámparas bajas, formaba una especie de nube dorada en torno a sus cuerpos.
Ramiro alargó un paso, hizo que Mora girara con una lentitud imposible y luego la detuvo tan cerca de él que por un instante sus rostros parecieron estar a punto de tocarse.
Hubo un suspiro en alguna mesa. Mora bajó la mirada, no con pudor sino con concentración.
El zapato derecho se deslizó hacia atrás.
La hebilla recogió un destello mínimo de luz.
Delacroix sintió que algo dentro de la música se preparaba.
No era conocimiento. Era atención acumulada.
Anselmo modificó el tempo. La variación fue casi indetectable para un profano, pero no para quienes esperaban el cierre.
Delacroix vio que Ramiro la percibía y la aceptaba con una leve presión del cuerpo.
Mora también. El abrazo se volvió más compacto.
Lisandro, junto a la columna, dejó de respirar durante un segundo.
Matilde cerró los dedos en torno al cigarrillo apagado. Violeta no se movió.
Llegaba el paso.
Ramiro condujo a Mora hacia el centro exacto del escenario.
Ella giró, retrocedió, volvió a entrar en el abrazo con una precisión que hizo que varias personas se inclinaran hacia adelante.
El bandoneón sostuvo una frase grave, casi ronca.
Ramiro alzó apenas el mentón. Mora deslizó el pie derecho hacia la pierna de él, no como una patada ni como un ataque, sino como una línea dibujada con cuero sobre tela.
El zapato rozó la pantorrilla derecha de Ramiro.
Subió una fracción más de lo que Delacroix recordaba del ensayo, o tal vez la luz lo hizo parecer así.
La hebilla pasó junto al pantalón oscuro, limpia, fugaz, elegante.
El público vio un adorno. Ramiro sonrió. Mora retiró el pie y siguió bailando.
Nada ocurrió.
Precisamente por eso Delacroix no apartó la mirada.
Los movimientos siguientes parecieron normales.
Ramiro continuó con su seguridad habitual, incluso con un brillo mayor, como si el roce hubiera marcado el punto a partir del cual la pieza empezaba a pertenecerle del todo.
Mora, por su parte, pareció liberarse de la incomodidad inicial.
El zapato derecho respondió mejor. O ella logró dominarlo.
Hubo un giro, una pausa, un avance breve.
La música creció sin volverse más rápida.
Anselmo mantenía el cierre suspendido, dando a Ramiro el espacio que este deseaba.
El público, ya ganado, no parecía mirar una función sino una herida abierta con modales.
Delacroix dejó que sus ojos recorrieran las mesas.
Una mujer mayor lloraba en silencio. Un hombre con bigote asentía como si la pieza confirmara una desgracia personal que jamás contaría.
Villalba ya no fingía indiferencia; tenía el rostro iluminado por una avidez casi infantil.
Mercedes miraba a Ramiro con una concentración furiosa.
Lisandro miraba a Mora. Matilde miraba el escenario como quien espera que una grieta atraviese el suelo de un momento a otro.
Violeta seguía mirando a Ramiro, y en su rostro había una quietud que Delacroix no consiguió interpretar.
No era satisfacción. No era miedo. No era tampoco sorpresa. Era una espera sin gesto.
Ramiro ejecutó un nuevo desplazamiento y, por primera vez, algo falló.
No fue una caída. Ni siquiera un tropiezo.
Fue apenas una demora, un retraso mínimo entre la intención del cuerpo y su cumplimiento.
La clase de vacilación que un espectador vulgar atribuiría al dramatismo de la pieza y que un bailarín advertiría como un error.
Mora lo sintió. Delacroix lo vio en su rostro antes de verlo en los pies.
Ella ajustó el peso y sostuvo a Ramiro sin que el público lo percibiera.
Él sonrió, quizá para convertir el fallo en gesto.
La sonrisa fue buena. Demasiado buena. Pero Delacroix ya no miraba la sonrisa.
Miraba la pierna derecha.