Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 6 — Humo sobre el escenario #4
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Capítulo 6 — Humo sobre el escenario #4

—Ramiro no sabe lo que no le sirve.

—Eso es distinto de no saber.

La vestuarista respiró hondo. No parecía al borde del llanto. Delacroix sospechó que aquella mujer había agotado las lágrimas mucho antes de que él naciera como figura en su vida.

—Cuando Elena cayó —dijo ella—, llevaba otros zapatos.

Unos de ensayo. Estos eran para la noche que nunca llegó.

Durante años pensé que era una crueldad guardarlos.

Después entendí que tirarlos habría sido otra.

¿Sabe qué hace una madre cuando no puede salvar a su hija, monsieur?

Conserva estupideces. Un lazo, un peine, una entrada, un zapato.

Cosas que no sirven para nada salvo para impedir que el mundo termine de salirse con la suya.

Delacroix no respondió. Había momentos en que una pregunta más habría sido una vulgaridad. Violeta pasó los dedos por la cinta blanca de la caja.

—No maté a Ramiro —dijo.

La frase llegó antes que la acusación. Eso la volvía importante.

—Ramiro está vivo.

—Pero usted ya está preguntando por su muerte.

—Alguien lo está haciendo antes que yo.

—Alguien siempre debió hacerlo.

El silencio posterior fue más claro que una confesión, aunque no confesaba lo suficiente.

Delacroix estudió su rostro. Si Violeta era la asesina, estaba demasiado cerca de su propio dolor para permitirse errores visibles; si no lo era, era una mujer condenada a parecer culpable por haber sufrido de manera correcta y durante demasiado tiempo.

—Esta noche no se aparte de la vista del comisario —dijo.

—¿Es una orden?

—Un consejo.

—Los consejos de los hombres llegan siempre después de la desgracia.

—Entonces tómelo como una rareza: uno que intenta llegar antes.

Violeta sonrió apenas. Fue una sonrisa mínima, sin alegría.

—Antes del último acorde —murmuró.

Delacroix la miró con atención.

—¿Por qué dice eso?

—Porque todos lo están pensando.

Abajo, el público volvió a aplaudir. La función avanzaba. Violeta tomó la caja de los zapatos blancos y la empujó hacia el rincón, lejos de la luz. Luego recogió un pañuelo negro y una flor roja de tela.

—Mora me necesita.

—¿Para qué?

—Para salir perfecta.

Bajó la escalera sin esperar respuesta. Delacroix permaneció unos segundos en el altillo, mirando la caja cerrada. No la tocó. El respeto, en ocasiones, era también una forma de vigilancia. Luego bajó detrás de ella.

En el salón, el humo era más espeso. Las lámparas parecían ahora estrellas enfermas dentro de una niebla de tabaco.

El público bebía, murmuraba, se inclinaba hacia adelante.

La función había ganado intensidad y empezaba a adquirir esa temperatura peligrosa en que las personas dejan de ser asistentes y se vuelven testigos sin saberlo.

Delacroix volvió a su mesa. Montero se inclinó hacia él.

—¿Algo?

—Los zapatos de Elena están arriba.

—¿Y?

—Nada todavía.

—Usted usa mucho esa palabra.

—Es una de las pocas que nos quedan antes del crimen.

Montero no respondió. En el escenario, Matilde volvía a aparecer. Esta vez no hubo discurso largo. Solo una presentación. Su voz sonó firme, aunque Delacroix advirtió que sostenía el borde de la cortina con demasiada fuerza.

—Señoras y señores —dijo—, El Último Farol tiene el honor de presentar a Ramiro Acuña y Mora Ledesma, acompañados por Anselmo Quiroga y su conjunto, en La que no perdona.

El aplauso fue inmediato. Más que aplauso, expectativa liberada.

Ramiro salió primero. La chaqueta negra le sentaba de manera impecable.

La luz le favorecía con una obediencia casi indecente.

Sonrió al público, inclinó la cabeza hacia una mesa, luego hacia otra, saludó a Mercedes, ignoró a Lisandro, rozó con la mirada a Violeta y terminó mirando a Mora cuando ella apareció desde el lado opuesto.

Mora entró sin sonreír. El vestido oscuro se movía con ella como una sombra educada.

Los zapatos negros golpearon la madera del escenario con dos sonidos breves.

Delacroix escuchó el derecho. Quiso creer que sonaba normal.

No estaba seguro. Anselmo abrió el bandoneón.

El salón se calló por completo, salvo por el roce de un fósforo encendiéndose en alguna mesa y una tos apagada cerca de la puerta.

Ramiro ofreció la mano.

Mora la aceptó.

El abrazo se formó lentamente, como si ninguno de los dos quisiera admitir que lo conocía demasiado bien.

El público vio elegancia, tensión, quizá deseo.

Delacroix vio un mecanismo humano ajustándose sobre un escenario, un conjunto de hábitos repetidos tantas veces que ya podían ser usados contra quienes los ejecutaban.

Miró a Mora, al zapato derecho, a la pierna de Ramiro, a Violeta en la sombra, a Mercedes con los dedos clavados en su libreta, a Lisandro inmóvil junto a la columna, a Matilde de pie cerca del piano, a Villalba inclinado hacia la escena con hambre de frase, a Montero observando no la belleza sino el peligro.

Anselmo dejó caer la primera nota.

La música entró en el salón como una respiración antigua.

Y Ramiro Acuña empezó a bailar.