Muerte en Buenos Aires (Los misterios de Armand Delacroix 23) Capítulo 6 — Humo sobre el escenario #3
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Capítulo 6 — Humo sobre el escenario #3

Ramiro se movía entre bastidores con calma aparente.

Aceptaba saludos, devolvía sonrisas, dejaba que algunas mujeres mayores tocaran su brazo como si comprobaran que la leyenda seguía hecha de carne.

Mora permanecía más retirada. Cada tanto ajustaba la hebilla del zapato derecho, no con alarma, sino con la repetición de un pensamiento que no conseguía abandonar.

Violeta iba de un lado a otro, resolviendo pequeñas urgencias: un botón, una flor torcida, una cinta que se soltaba, una copa derramada cerca de la entrada del escenario.

Nadie la miraba demasiado. Delacroix sí.

Y cuanto más la miraba, más entendía el poder de una vida invisible: una persona así podía tocar todo sin que nadie recordara haberla visto.

En un intervalo, Mercedes se acercó a él. No pidió permiso para sentarse. Se dejó caer en la silla opuesta con una compostura que no lograba ocultar el cansancio.

—Si ha venido a salvar a alguien, monsieur, le sugiero que empiece por el negocio. Las personas son menos recuperables.

—¿Teme perderlo todo esta noche?

—Lo temo todos los días. Esta noche solo hay más público.

—¿Ramiro firmará con el Teatro Esmeralda?

Mercedes miró hacia el escenario, donde su hermano reía con un hombre de bigote canoso.

—Ramiro firmará lo que yo le diga cuando haya terminado de fingir que decide solo.

—¿Y si no lo hace?

—Lo hará.

—Esa confianza parece más deseo que certeza.

Mercedes volvió a mirarlo. Tenía ojos oscuros, inteligentes, cansados de negociar con deudas ajenas.

—Mi hermano puede ser cruel, vanidoso, irresponsable y estúpido en todos los asuntos que no involucren su talento. Pero sabe una cosa: sin mí, los demás hombres lo convertirán en una firma sobre un papel. Conmigo, al menos, conserva la ilusión de ser una persona.

—Habla como si lo protegiera.

—Lo protejo. Eso no impide que a veces desee golpearlo con un candelabro.

—Una familia muy unida.

—No se burle de la familia, monsieur. Es la forma más antigua de cautiverio respetable.

Delacroix aceptó la frase. Mercedes era demasiado lúcida para resultar cómoda. Eso no la absolvía de nada; al contrario, la volvía capaz de entender con precisión qué ganaba y qué perdía con cada movimiento de Ramiro.

—¿Conoció bien a Elena? —preguntó.

La mujer cerró el rostro.

—No.

—Pero recuerda lo ocurrido.

—Todos recuerdan lo ocurrido porque todos han decidido recordarlo de un modo que los favorezca. Elena era talentosa. Ramiro fue imprudente. Violeta nunca perdonó. Matilde nunca admitió. Anselmo nunca calló del todo. Esa es la versión breve. La larga no devuelve nada.

—¿Y la suya?

Mercedes tardó en contestar.

—Mi versión es que Ramiro no fue el único culpable, pero sí el único que siguió brillando. Eso, para la gente, equivale a una confesión. A veces también para mí.

La conversación se interrumpió porque Anselmo atacó los primeros compases de una pieza más viva y el público respondió con aplausos.

Mercedes se levantó de inmediato, como si hubiera dicho demasiado.

Al irse, rozó con la mano la mesa de Ramiro, quizá por hábito, quizá para comprobar que seguía allí. Ramiro no la vio. O fingió no verla.

Delacroix volvió la atención hacia el pasillo.

Violeta había desaparecido. El detalle le molestó.

No porque todos debieran permanecer siempre a la vista, sino porque la ausencia de una persona invisible es más difícil de medir.

Se levantó con discreción y avanzó hacia los camerinos. El agente junto al pasillo lo saludó.

—¿La señora Cárdenas? —preguntó Delacroix.

—Subió al altillo hace un momento.

—¿Sola?

—Creo que sí.

—Creer es una actividad religiosa. Intente evitarla durante la función.

El agente se irguió, avergonzado. Delacroix subió la escalera estrecha.

El ruido del salón quedó abajo, amortiguado por la madera.

En el altillo, la luz era más débil. Las cajas, los baúles y los vestidos envueltos en telas parecían dormir con un sueño poco confiable.

Violeta estaba junto a la caja de cinta blanca, de espaldas a la escalera.

La tapa estaba abierta. Dentro, Delacroix alcanzó a ver papel de seda amarillento y algo blanco.

Ella no se volvió.

—Le dije que eso era mío.

—No lo estoy tocando.

—Está mirando.

—Mirar suele ser mi defecto menos invasivo.

Violeta cerró la caja despacio. No de golpe. No con culpa. Con una dignidad que hacía más violento cualquier intento de avanzar.

—Son los zapatos de Elena —dijo.

Delacroix no fingió sorpresa.

—Los blancos.

—Los blancos.

El salón aplaudió abajo. La madera vibró suavemente bajo los pies de ambos. Violeta apoyó las manos sobre la tapa de la caja, no para protegerla de él, sino quizá para impedir que el pasado saliera.

—¿Por qué los sacó esta noche? —preguntó Delacroix.

—Porque alguien puso su nombre entre flores.

—Eso no responde.

—Responde lo suficiente.

—¿Quería comprobar que seguían aquí?

Violeta levantó la cabeza. Desde donde estaba, su rostro quedaba dividido por la sombra.

—Siempre siguen aquí. Ese es el problema con ciertas cosas.

—¿Ramiro sabe que los conserva?