Capítulo 6 — Humo sobre el escenario #2
—El ramo la afectó —dijo.
—El ramo era para eso.
—No necesariamente para usted.
Mora lo miró en el reflejo.
—¿Para Violeta?
—Para todos. Pero el nombre de Elena no fue elegido por casualidad.
—Nada en esta casa lo es. Ni siquiera los accidentes.
La frase tenía un filo demasiado parecido a las palabras de Anselmo. Delacroix la dejó pasar unos segundos.
—¿Cree que Elena fue víctima de Ramiro?
—Sí.
—¿Víctima de qué exactamente?
Mora bajó la mirada hacia sus manos.
—De su promesa. De su abandono. De su manera de apartarse medio segundo antes de que una mujer necesite creer que sigue ahí. No sé si eso alcanza para su libreta.
—Mi libreta no dicta condenas.
—Entonces es más prudente que la ciudad.
Delacroix iba a responder cuando la puerta se abrió.
Ramiro Acuña apareció sin llamar, vestido con pantalón oscuro, camisa blanca y la chaqueta negra aún abierta.
Violeta, detrás de él, sostenía un pañuelo y un par de guantes.
La presencia del bailarín llenó el cuarto de inmediato, no por tamaño sino por costumbre. Mora se volvió lentamente.
—Hay puertas, Ramiro.
—También hay horarios. Anselmo quiere probar el arranque.
—Anselmo puede esperar.
—El público no.
—El público todavía está bebiendo.
Ramiro miró a Delacroix y sonrió.
—Monsieur, ¿también supervisa el calzado femenino en privado? Buenos Aires le dejará una educación completa.
—Intento compensar lo que su cortesía no enseña.
—Mi cortesía es excelente cuando la ocasión la merece.
—Qué pocas ocasiones habrá tenido.
Mora bajó la cabeza, no para ocultar una sonrisa sino para no participar. Ramiro, en cambio, parecía complacido. Había hombres que confundían cualquier resistencia con homenaje. Se acercó a la mesa y tomó el zapato derecho de Mora entre dos dedos.
—El famoso culpable —dijo—. Mírenlo. Pequeño, negro, obstinado. Como ella.
Mora se levantó de golpe.
—Déjalo.
Ramiro levantó las manos, todavía con el zapato suspendido.
—Tranquila, querida. No pienso robártelo. No sabría qué hacer con algo que solo sirve cuando alguien más lleva el peso.
Violeta dio un paso hacia él.
—Ramiro.
Fue una sola palabra. No una súplica. No una orden completa.
Pero bastó para que el bailarín la mirara.
Durante un instante, la habitación se redujo a esos dos rostros: el hombre que había aprendido a brillar incluso en la crueldad y la mujer que llevaba años arreglando la tela alrededor de ese brillo.
Ramiro dejó el zapato sobre la mesa con una delicadeza ofensiva.
—No se preocupe, Violeta. Esta noche todos sus arreglos recibirán aplausos que nadie le atribuirá. Como siempre.
—Estoy acostumbrada.
—Eso es lo triste.
—No —dijo ella—. Lo triste es que usted también.
La frase quedó allí, sin levantar la voz. Ramiro la sostuvo con una sonrisa que tardó una fracción de segundo más de lo habitual en aparecer. Delacroix lo vio. Mora también. Violeta recogió los guantes y se los ofreció al bailarín. Él no los tomó de inmediato.
—Cuidado, Violeta —dijo—. La nostalgia arruina el pulso.
—El pulso se arruina por miedo.
—Entonces el mío está a salvo.
—Eso veremos.
No hubo amenaza visible en la frase. Esa fue su fuerza. Ramiro tomó los guantes, se volvió hacia Mora y recuperó su tono ligero.
—Vamos. No hagamos esperar a la muerte del arte.
—Quizá deberías cambiar de frase —dijo Delacroix.
Ramiro lo miró.
—¿Por superstición?
—Por prudencia estética.
El bailarín rio y salió. Mora se calzó los zapatos en silencio.
Delacroix observó el derecho al entrar en el pie, la manera en que ella ajustó la hebilla, la breve tensión de los dedos contra el cuero, el apoyo inicial sobre el suelo.
No hubo mueca. Solo concentración. Violeta permaneció junto a la puerta, mirando no el zapato sino el rostro de Mora.
—Está bien —dijo la bailarina, quizá para ambas.
—Sí —respondió Violeta—. Está bien.
Delacroix no creyó que ninguna de las dos hablara solo del zapato.
Regresaron al salón. La transformación ya era casi completa.
Las mesas estaban ocupadas, el aire más denso, los ceniceros empezaban a recibir las primeras colillas, las copas brillaban bajo las lámparas y las conversaciones se superponían con esa mezcla de expectación y vanidad que precede a los espectáculos donde el público también desea ser visto.
El humo subía desde distintos puntos y se reunía sobre el escenario como una cortina que nadie había pedido pero todos aceptaban.
Desde la barra, los camareros servían con movimientos rápidos; en la puerta, un agente de Montero revisaba invitaciones con una discreción aceptable; cerca del patio, otro fingía interesarse por una mancha en la pared mientras controlaba el pasillo.
Villalba ocupaba finalmente una mesa lateral que le permitía ver el escenario, la entrada y a Matilde; se notaba que estaba satisfecho con la ubicación porque fingía no estarlo.
Mercedes Acuña interceptó a Ramiro antes de que subiera al escenario.
Le habló al oído con una intensidad breve.
Él respondió con una sonrisa cansada. Ella insistió.
Él se inclinó y besó su mejilla como se tranquiliza a una institutriz que ya no tiene autoridad pero conserva la llave de la despensa.
Mercedes se quedó quieta, humillada quizá por el gesto y más aún por la necesidad de aceptarlo.
Delacroix observó ese intercambio y pensó que la dependencia económica tiene una crueldad particular cuando se disfraza de familia.
Montero se acercó.
—Mis hombres no han visto movimientos extraños.
—Eso significa que han visto movimientos habituales.
—En este lugar no estoy seguro de distinguirlos.
—Nadie lo está.
El comisario señaló con la cabeza hacia los camerinos.
—Revisamos el ramo otra vez. Nada más. Flores, tarjeta, el papel con el nombre de Elena. El mensajero sostiene su historia. Un hombre en la esquina, sombrero bajo, pago adelantado. Demasiado cómodo.
—La comodidad también puede ser una pista.
—¿Hacia quién?
—Hacia alguien que no necesitaba entregar el ramo personalmente porque sabía que su efecto no dependía del mensajero.
Montero miró a Violeta, que acababa de cruzar el salón con una bandeja de pañuelos limpios.
—Sigue pensando en ella.
—Pienso alrededor de ella.
—Una distinción muy suya.
—No conviene caminar de frente hacia una persona que lleva años esperando que alguien lo haga.
El comisario no respondió. En el escenario, Anselmo Quiroga se sentó con el bandoneón.
El público empezó a bajar la voz antes de que nadie lo pidiera.
Había en aquel anciano una autoridad seca, distinta de la de Ramiro.
Ramiro reclamaba atención; Anselmo la recibía como se recibe una deuda antigua.
Probó dos notas. El salón aceptó callarse un poco más. Luego Matilde subió al escenario.
El aplauso fue discreto, respetuoso, teñido de esa piedad que se concede a las instituciones que siguen de pie aunque nadie pueda explicar del todo cómo. Matilde esperó a que terminara. No sonrió. Bajo la luz amarilla, el humo le cruzaba el rostro y le suavizaba la dureza sin volverla amable.
—Señoras, señores, amigos de esta casa —dijo—. El Último Farol les agradece su presencia esta noche.
Su voz se proyectó sin esfuerzo. No necesitaba gritar.
Era la voz de una mujer acostumbrada a ser obedecida en habitaciones pequeñas y escuchada en salones llenos.
Delacroix, sentado ahora en la mesa lateral junto a Montero, observó las reacciones.
Mercedes miraba a su hermano, no a Matilde.
Villalba miraba a todos. Violeta estaba junto al pasillo, casi en sombra.
Mora esperaba detrás de una cortina lateral.
Ramiro permanecía de pie junto al piano, visible, hermoso, impaciente.
—Quienes conocen esta casa saben que no somos dados a las celebraciones fáciles —continuó Matilde—.
Aquí hemos visto triunfos, despedidas, regresos improbables y fracasos que, con los años, aprendieron a sentarse a la mesa como clientes habituales.
Esta noche no venimos a negar el paso del tiempo.
Venimos a recordarle que aún no ha conseguido echarnos.
Hubo una risa suave, luego aplausos. La frase era buena y Matilde lo sabía, aunque no parecía disfrutarlo. Delacroix tuvo la impresión de que no hablaba solo al público. Hablaba al bar, a sus deudas, a Ramiro, a Elena, quizá a sí misma.
—La función de esta noche —dijo— está dedicada a todos aquellos que hicieron de este lugar algo más que un escenario. A los que siguen aquí, a los que se marcharon y a los que, de una manera u otra, nunca terminaron de irse.
Esta vez el silencio fue más pesado. Delacroix vio que Violeta bajaba los ojos.
Ramiro giró apenas la cabeza hacia Matilde con una expresión indescifrable.
Mercedes apretó los dedos sobre la libreta.
Anselmo no movió un músculo. El nombre de Elena no fue pronunciado, pero volvió a ocupar su sitio entre las mesas.
Matilde se apartó. El primer número empezó con una pareja secundaria, correcta, elegante, casi inocua.
Sirvió para que el público respirara, bebiera, recordara que había ido a ver tango y no solo a asistir a una amenaza.
Luego cantó una mujer de voz gastada y hermosa, acompañada por Anselmo y otros dos músicos.
Después hubo una breve pieza instrumental.
La noche avanzaba con una normalidad apenas demasiado cuidada.
Delacroix observaba más que escuchaba. El espectáculo, como toda buena máscara, le interesaba menos por lo que mostraba que por las costuras.